Capítulo 2
Ahora que recuerdo la palabra en una lengua dracónica, la recuerdo también en otras. Las traducciones me vienen a la boca mientras corro, con la cabeza dándome vueltas, en dirección al comedor.
Faitour. Slangrieger. Izmamnees.
En el vestíbulo hay dos Guardias de la Paz, con los fragmentos de cristal de la puerta de entrada tirados por el suelo. La luz de las lámparas se refleja en las viseras, que les tapan los ojos. Me freno de golpe y veo a papá saliendo a toda prisa del comedor.
—¿Cómo se atreven a entrar en mi casa...?
Aparecen otros más por la puerta, y el cristal del suelo cruje bajo sus botas. Agarran a papá por los brazos.
—¡Soltadlo!
Voy hacia mi padre, pero el tío Thomas llega antes que yo. Se lanza entre papá y los guardias y oigo un crujido asqueroso en el momento en que alcanza la rodilla de uno de ellos con el pie. Agarra a uno de los guardias y lo tira al suelo.
—¡Vivien!
Mamá me llama desde la puerta. Voy a su lado justo en el mismo momento en que llega otro guardia, este armado con una pistola. Ursa está chillando, intentando soltarse de Marquis para ir corriendo hacia papá. Marquis agita el brazo, colocándose delante de mamá y de mí, y mira al casco del guardia.
—¡No les hagan daño! —le ruega—. Por favor.
Me quedo helada, contemplando cómo el guardia apoya el cañón de la pistola en el hombro de Marquis. Ursa hunde la cara en la falda de mamá y el guardia baja el arma.
—Helina Featherswallow, John Featherswallow, Thomas Featherswallow —dice —, están detenidos como sospechosos de desobediencia civil.
«¿Desobediencia civil?».
Hay al menos diez guardias en el vestíbulo. Tienen a papá y al tío Thomas inmovilizados, tendidos en el suelo, con las manos esposadas a la espalda. Me quedo mirando a mamá, que llora en silencio mientras le acaricia la cabeza a Ursa. ¿Por qué no les dice que han cometido un terrible error?
—Díselo, mamá —le suplico—. Diles que se han equivocado de casa.
Los ojos azules de mamá tienen un brillo eléctrico.
—Coge a tu hermana y a tu primo y marchaos de Londres —me dice en búlgaro. Alguien le ata las muñecas por delante del cuerpo—. Idos lo más lejos que podáis.
El corazón se me encoge en el pecho.
—¡Mamá! —Ursa sigue a mamá, trastabillando, en el momento en que dos guardias la sacan a empujones y le registran los bolsillos. En la calle hay una fila de automóviles negros esperando.
Las cortinas de las casas vecinas tiemblan ligeramente.
El cielo está oscuro como el humo de dragón.
—¡Papá, por favor, dime qué está pasando!
Apenas me doy cuenta de que Marquis tiene al tío Thomas agarrado por el hombro, gritando mientras los guardias se lo llevan a rastras. Estoy demasiado ocupada viendo cómo meten a mi padre en uno de los coches. Me acerco hasta donde me permiten llegar.
—¿Papá? —digo, intentando controlar la voz.
Él traga saliva y me acerco a tocarle la cara. Se inclina hacia delante, con los ojos rojos. Huele a vino, pero la mirada que me lanza es la de alguien perfectamente sobrio.
—El pueblo no debería temer a sus primeros ministros, Vivien — dice—. Los primeros ministros deberían temer al pueblo.
Lo meten en el coche y cierran de un portazo. Yo retrocedo, sintiendo el latido de la sangre en las venas de las sienes. La calzada adoquinada de Fitzroy Square se agita ante mis ojos como el agua del mar. Oigo el impacto de sus puños contra el cristal. Un llanto agudo atraviesa el aire.
—Venga, cariño, suéltala.
Hollingsworth está arrodillada junto a la desconsolada Ursa, intentando convencerla de que suelte a mamá. Es la visión de mi hermana, con sus deditos agarrados a la tela de la falda de mamá, lo que me devuelve a la realidad.
—¡No se atreva a dirigirle la palabra! —le digo.
Agarro la manita de Ursa, abriéndole el puño, y la levanto del suelo. Está hecha un mar de lágrimas. Hollingsworth se pone en pie y frunce los labios.
—Recuerda lo que te he dicho —me susurra mamá en búlgaro.
Ahora tiene una mirada dura en los ojos.
Me acaricia la mano con el dorso de la suya, un gesto de ternura invisible que dice cien cosas a la vez.
Luego le da un beso en la mejilla a Ursa y se sube al automóvil, para desaparecer tras la ventanilla tintada.
Aún recuerdo su perfume. Suelto un sollozo ahogado y la veo alejarse con una sensación de náuseas.
Ursa se ha dejado caer entre mis brazos.
—Pase de clase —me grita un guardia—. Enséñamelo.
Busco el pase que llevo colgado del cuello y se lo doy.
—Segunda clase. Diecisiete años — le dice el guardia a su superior.
—¿Y este?
El oficial señala a Marquis, que se ha quedado mirando el lugar vacío donde estaba el coche con el que acaban de llevarse a su padre. El otro guardia tiene su pase de clase en la mano.
—Segunda clase. Dieciocho años.
El oficial asiente y el guardia agarra a Marquis del hombro. Luego lo esposa.
—¡No! —grito yo—. ¡Él no ha hecho nada! Es...
—Vivien Featherswallow, como menor, no estás detenida. Pero estás obligada a permanecer en tu domicilio hasta que tus padres vayan a juicio y pueda demostrarse tu inocencia.
Marquis nos mira a mí y a Ursa, y veo que le tiembla la mandíbula.
—La pena por desobedecer esta orden es la reclusión inmediata —añade el oficial—. ¿Lo entiendes?
—Sí, pero mi primo...
—Es adulto, y será juzgado como tal — responde el oficial.
Ursa solloza entre mis brazos y estira sus bracitos en dirección a Marquis, pero ya se lo están llevando a empujones hacia el último automóvil que queda.
—No te preocupes, Marquis —le digo, lanzándome hacia el coche antes de que me puedan detener—. Te soltarán en cuanto se den cuenta de que eres inocente, de que lo sois todos.
Me dedica una mirada de desolación justo antes de que le cierren la puerta en las narices, y alguien tira de mí, apartándome.
Al girarme me encuentro a otro guardia saliendo de la casa con una caja. Del cinturón le cuelga un cuchillo en una funda de cuero.
—La primera ministra querrá ver esto. Lo he encontrado en un armario secreto en el despacho.
«¿Un armario secreto? ¿En nuestra casa?».
El guardia apoya la caja.
—La llave estaba debajo del vestido de la madre.
Siento una rabia que me bulle dentro, como una fiebre. Él me mira y hace una mueca.
—Sonríe, guapa.
—Si le ponéis un dedo encima a mi madre...
El bofetón llega de la nada. Retrocedo, tambaleándome, viendo manchas ante los ojos. Marquis ruge dentro del coche cerrado y los chillidos histéricos de Ursa resuenan en la calle. El guardia levanta su visera y me mira como si le hiciera gracia.
—Venga, venga, guardia 707 — le dice el oficial—.
Ese no es modo de tratar a una ciudadana de segunda clase.
La señorita Featherswallow simplemente le está pidiendo que trate a su madre con el respeto que merece su posición social.
Aunque sea una sabandija búlgara —añade, y echa a reír bajo el casco. Yo me giro para no verlo.
—Tranquila, Ursa —le digo a mi hermana, intentando controlar mis propios sollozos.
—Enviad las pruebas directamente a la oficina de la primera ministra Wyvernmire —dice el oficial de los guardias—. Ella las examinará a su vuelta de los territorios dracónicos por la mañana.
—Que sea rápido —dice una voz, con total tranquilidad —. Es un asunto de máxima urgencia.
Es Rita Hollingsworth, que se mete en el bolsillo el papel que ha cogido de la mesa de papá. A través de las lágrimas consigo ver unas líneas garabateadas en tinta turquesa.
—No tenía ningún interés en la investigación de mi madre —le digo—. Ha sido todo un truco para meterse en nuestra casa. Los ha traicionado...
—No, Vivien —responde Hollingsworth—. Son ellos los que te han traicionado a ti. Y a tu hermana. Y a su país.
—¡Eso no es cierto! —grito—. ¡Han detenido a quienes no debían!
Tras el coche donde tienen a Marquis se para otro más.
—Hace meses que la primera ministra Wyvernmire tiene a agentes vigilando vuestra casa — dice Hollingsworth—.
A agentes vigilándoos a vosotros. Ya te he dicho antes, Vivien, que encontra rás tu futuro en lugares inesperados.
Cuando lo hagas, debes aferrarte a él y conservarlo, cueste lo que cueste.
—Me mira fijamente con sus brillantes ojos—.
Estoy segura de que volveremos a vernos muy pronto.
Se mete en el coche y cierra la puerta. Los automóviles se ale jan y veo la silueta de Marquis por el parabrisas trasero hasta que desaparece a lo lejos.
—Vamos —le susurro a Ursa, con la boca pegada a su cabello—. Entremos.
Me abro camino entre los fragmentos de cristal de la puerta delantera.
Han registrado el comedor, y todos los armarios y cajones están revueltos.
La mesa está de lado y por el suelo hay restos de comida y de la vajilla, hecha pedazos.
Uno de los cuadros está torcido, como si alguien hubiera mirado detrás.
Y Mina está agazapada tras la chaise longue, bufando.
Por un momento, un momento terrible, siento ganas de reír.
Dejo a Ursa en el suelo y ella contempla la escena con los hombros caídos. Ha perdido la cinta del cabello y tiene las pestañas mojadas de lágrimas.
—Limpiemos esto un poco —le digo, forzando un tono jovial.
Ursa me mira con esos ojos grandes y solemnes que tiene.
— Estoy segura de que mamá y papá volverán en unos días, y no queremos que la casa esté hecha un desastre cuando vengan, ¿no?
Enderezo la mesa y recojo los pierogi del suelo, haciendo un esfuerzo para que no me tiemblen las manos. Pongo el cuadro recto y me llevo las botellas de vino vacías. Mientras recojo el cristal del vestíbulo con la escoba, Ursa da de comer a la gata.
—Come con cuidado —oigo que le dice a Mina—. No queremos que cuando vuelvan papá y mamá la casa esté sucia, ¿verdad?
Después ayudo a Ursa a ponerse el pijama.
—No he recitado mis lecciones —dice ella, bostezando.
—Por esta vez no pasa nada —respondo.