Capítulo 1 #4
Es como si se me congelara el corazón. Por un segundo no consigo apartar la vista del rostro de papá. ¿Cómo hemos llegado a ese punto? Miro a Marquis, luego a mamá y luego a papá, que bebe otro sorbo de vino.
La doctora Hollingsworth sonríe.
—Es lo que hacen unos padres que se preocupan — dice, con voz suave.
—Pero eso no sería necesario, ¿verdad? Si...
Mamá le aparta la copa de vino a papá, que ya arrastra la lengua.
—... si mis hijas no vivieran con la amenaza de la tercera clase colgando sobre sus cabezas.
Mamá se levanta de un brinco, como si se hubiera quemado, y la copa se le cae de la mano, derramando su contenido por el suelo de madera. El vino se cuela por las grietas y fisuras, formando un charco carmesí. La doctora Hollingsworth se pone en pie. Contengo la respiración.
—Si me disculpan —dice, sacándose la boquilla del bolsillo—, creo que me retiraré a la sala de fumar.
Recoge su maletín y sale del comedor. Yo me giro hacia Marquis, pero él está mirando a papá entre atónito y admirado.
—Ya la has liado, John —murmura el tío Thomas.
Mamá está temblando, con la boca convertida en una rígida línea recta.
Papá se recuesta en su silla y me mira, con los labios manchados de púrpura a causa del vino.
Tiene lágrimas en los ojos. Yo nunca le he oído quejarse lo más mínimo sobre lo que ha hecho para educarme.
¿Por qué ha decidido hacerlo ahora, frente a una extraña, y sobre todo una tan importante?
Se mete la mano en el bolsillo y saca una petaca, pero mamá se la arranca de la mano antes de que pueda desenroscar el tapón siquiera.
—Mamá —dice Ursa—. ¿Por qué estás tan enfadada?
Mamá se pellizca el puente de la nariz y el tío Thomas se acerca a susurrarle algo al oído.
—¿Qué le ha dado a tu padre? — me pregunta Marquis, articulando las palabras sin voz.
«Dos botellas de vino», querría decir yo. La llama de la emoción que sentía antes se ha apagado, y su lugar lo ha ocupado una rabia candente. Miro a mi padre, furiosa. He perdido mi única oportunidad de enseñarle mis traducciones a la doctora Hollingsworth.
—¿Puedo ir a la sala de fumar? —pregunta Ursa.
Marquis y yo nos miramos. No tenemos sala de fumar.
Así pues, ¿dónde ha ido Rita Hollingsworth?
Papá intenta tirar de mamá y hacer que se siente sobre sus piernas, pero ella lo aparta de un empujón.
—Lo siento, Helina...
Agarro mi portafolio y me escabullo por la puerta.
El vestíbulo está en silencio salvo por el tictac del carillón. Al final del pasillo está el estudio de mis padres, y una salita. ¿Podrían considerarse alguna de las dos cosas como una sala de fumar? Avanzo en silencio hacia allí, con la mente aún en ebullición.
¿Qué le ha pasado a papá para que se pusiera a hablar casi como si estuviera en contra del sistema de clases? La puerta al estudio está entreabierta y la tenue luz de su interior se proyecta en el pasillo. Me recompongo, recupero la sonrisa y abro la puerta del todo.
—Siento que a mi padre se le haya soltado la lengua, doctora Hollingsworth.
Está sentada frente a la mesa de papá, con un cigarrillo humeando en el cenicero. Dos de los cajones están abiertos. Levanta la vista sin parpadear siquiera.
—El vino hace discutir a cualquiera, Vivien —dice, quitándole importancia. Me acerca una cajita plateada y la agita—. ¿Un cigarrillo?
—No fumo.
—Un día lo harás, si tienes una carrera como la mía.
Aprovecho la ocasión:
—Doctora Hollingsworth, ¿querría considerar la posibilidad de aceptarme en su programa de prácticas para el verano? — Le tiendo mi portafolio por encima de la mesa—. Estos son mis mejores trabajos, junto con una carta de recomendación de uno de mis profesores.
Me mira, pensativa, soltando humo por la boca y la nariz.
—¿Querrías dedicarte a la investigación, como tus padres?
—No —respondo—. Quiero ser traductora. Quiero descubrir nuevos idiomas dracónicos. Como usted.
A la brillante Rita Hollingsworth se le iluminan los ojos.
—He oído cosas positivas sobre ti —dijo—. Eres exactamente el tipo de estudiante que querría reclutar.
El corazón se me dispara en el pecho.
—Para mí sería un honor...
Se oye un golpetazo, y luego ruido de cristales rotos. Me doy la vuelta rápidamente. ¿Habrá tirado algo papá? Me acerco a la puerta, pero Hollingsworth me agarra por la manga.
—Veo un futuro brillante para ti, Vivien. Pero para alcanzarlo quizá tengas que buscar en lugares inesperados.
Me quedo mirándola, intentando entender qué quiere decir.
Entre las arrugas cubiertas de maquillaje y el pintalabios rojo veo un gesto seguro, decidido. La vista se me va al teléfono. Está descolgado.
Mamá está chillando.
—¡Guardias de la Paz! — grita una voz—. ¡Están detenidos!
El mundo se frena de golpe. Me quedo mirando a Rita Hollingsworth y el papel que acaba de sacar del cajón del escritorio de papá. De pronto me doy cuenta de lo que ha pasado en realidad.
—No ha venido a escuchar las teorías de mi madre, ¿verdad?
Me suelta la manga y sonríe. Y de pronto me vuelve a la mente la palabra de mi sueño y todas sus traducciones.
Mengkhenyass.
Serpiente.
Enemigo.
Impostor.