Capítulo 1 #3
—Estoy encantada de estar aquí —dice la doctora Hollingswor th, entregándole el abrigo a Marquis.
Él se gira a mirarme y levanta una ceja. Yo le devuelvo la mirada, instándole a que sea educado con la mujer que podría tener la llave de mi futuro.
—¿Han visto, doctor y doctora Featherswallow, la manifestación rebelde que ha habido esta tarde? —comenta la doctora Hollingsworth mientras papá la acompaña a su sitio—. Qué contratiempo, toda esa violencia justo frente a su casa.
—Hemos tenido suerte de que estábamos todos en casa —se apresura a responder mamá, lanzándome una mirada de advertencia—. Doctora Hollingsworth, ¿puedo ofrecerle una copa de vino?
Escucho a Rita Hollingsworth, que habla con mis padres mientras dan cuenta de sus cuencos de pierogi a la mantequilla, y en sus ojos veo un brillo que solo puedo describir como de genialidad.
Esta es la mujer que definió por sí sola la sintaxis de tres antiguas lenguas dracónicas, la rectora de una institución que le ha dado al dracónico una forma escrita.
Y ahí está, en mi casa, escuchando a mi madre.
— Tal como sabe, doctora Hollingsworth, los dragones han conversado en cientos de idiomas durante milenios —afirma mamá—.
Y mi investigación demuestra que sus capacidades lingüísticas se extienden aún más allá.
Yo creo que algunos grupos reducidos y densos hablan en dialectos derivados de los idiomas que conocen.
Esos dialectos se diferencian claramente entre sí, igual que el inglés de la Reina se diferencia, por ejemplo, del de Liverpool.
—Doctora Featherswallow, si los dragones hablaran en dialectos regionales, sin duda los habríamos oído.
—Podrían no ser dialectos regionales —responde mamá, con entusiasmo—. Podrían ser...
La doctora Hollingsworth levanta la palma de la mano indicándole que no siga. Yo casi me atraganto al verlo, y al otro lado de la mesa Marquis escupe el vino que tenía ya en la boca, devolviéndolo a la copa.
—Usted es de Bulgaria, doctora Featherswallow, ¿verdad?
—Yo... sí —responde mamá.
—¿Y cuándo vino a Inglaterra?
— En 1865, cuando era un bebé.
—Tras la Masacre de Bulgaria, pues —observa la doctora Hollingsworth, dejando el tenedor en la mesa—. ¿Perdió a muchos familiares en el ataque de los dragones búlgaros?
—Bastantes, incluida mi madre —responde mamá, con tranquilidad.
Eso es todo lo que me ha contado mamá sobre su familia.
Que huyeron de Bulgaria cuando se produjo el alzamiento de los dragones, y que solo sobrevivieron ella y su padre.
Mi abuela pereció junto a la mayor parte de la población humana de Bulgaria.
—Debo admitir que me sorprende que se convirtiera en antropóloga y que se haya dedicado al estudio de las criaturas que tanto sufrimiento le han causado a su familia —comenta la doctora Hollingsworth—.
Muchos de los búlgaros que he conocido llevan encima hierbas que creen que les protegerán de los dragones, y han jurado no volver a confiar nunca más en uno de ellos.
Mamá sonríe y papá le agarra la mano.
—Antes del cierre de fronteras, mi esposa viajó por el mundo para proseguir con su investigación, doctora Hollingsworth — dice él—. Por cada dragón sediento de sangre que encontró en Bulgaria, ha encontrado muchos más que solo buscaban la paz.
La doctora Hollingsworth se gira hacia papá:
—¿Y no tenemos suerte de contar con el Acuerdo de Paz, que nos da esa seguridad?
Papá se queda rígido, y veo que mamá le apoya una mano en la espalda. Él se sirve otra copa de vino.
—¡Alabadas sean la paz y la prosperidad! —dice mamá, recitando el lema nacional de Britania con la misma tonadilla que usa para ayudar a Ursa a memorizar cuando estudia, y la doctora Hollingsworth sonríe, complacida.
Yo apoyo una mano en el portafolio que tengo sobre las piernas, pensando en el participio pasado del draecksum, en la página nueve.
¿Será un buen momento para abordar el tema de las prácticas?
Miro a mamá, esperando recibir permiso para hacerlo, cuan do me doy cuenta de que la doctora Hollingsworth me está miran do fijamente.
—Vivien Featherswallow —dice—. He oído que tú también eres una lingüista en ciernes, ¿no?
De pronto siento una energía que me corre por las venas, y me siento más recta.
Es mi oportunidad. Sonrío tal como me han enseñado.
—Estoy estudiando Lenguas Dracónicas en la Universidad de Londres —respondo—. Es mi primer año.
—Magnífico — comenta la doctora Hollingsworth—. ¿Y tienes muchas ocasiones para practicar?
—¿Practicar?
—Con dragones, querida.
—Oh...
La pregunta tiene sentido, pero yo nunca he pensado demasiado en ello. Ahora lo hago, y caigo en la cuenta de que no le he dicho más que un puñado de palabras a un dragón desde que tenía la edad de Ursa.
—Este año han sustituido al último profesor dragón por un humano, así que...
—¿Cuántas lenguas dracónicas hablas? —me pregunta, en un perfecto wyrmerio.
—Seis —respondo, en el mismo idioma. Luego paso a komodonés, cuyo estudio acabo de iniciar—. Pero en esta última aún no tengo mucha fluidez.
— Esti tin Drageoir? —me pregunta en drageoir—. Depuise quantem temps scrutes?
—Como es la lengua dracónica oficial en Francia, empecé a aprenderla cuando tenía ocho años —respondo, con el perfecto acento drageoir que aprendí de uno de mis profesores particulares—. Es una de las más fáciles, en mi opinión.
La doctora Hollingsworth sonríe, divertida, antes de volver a usar el inglés:
—¿Y qué te ha parecido el Examen? He oído que lo has superado brillantemente.
Siento un nudo en el estómago ante la mera mención del Examen, pero no dejo de sonreír. ¿Dónde habrá oído eso?
—Vivien trabajó durísimo para aprobar —dice papá—. Algunas de sus amigas no tuvieron tanta suerte.
La doctora Hollingsworth gira la cabeza bruscamente en dirección a mi padre.
—¿Usted diría que es cuestión de suerte, doctor Featherswallow?
—Nuestra amiga Sophie trabajó igual de duro que Viv —comenta Marquis—. No esperábamos que suspendiera.
El nudo de mi estómago se endurece aún más. Marquis tiene un año más, así que hizo el Examen antes que nosotras. Pero la degradación de Sophie le ha dolido mucho.
Ursa golpea el plato al ensartar un pierogi con su tenedor.
—¿Y qué es lo que crees tú, señorita Featherswallow?
Yo echo una mirada nerviosa a mamá. ¿Qué tiene que ver todo esto con los dialectos de los dragones?
Todos los adolescentes hacen el Examen cuando cumplen dieciséis años.
Los que aprueban siguen en su clase de nacimiento, salvo los chicos de tercera clase, que pasan a segunda clase.
Los que suspenden bajan de clase, salvo los de tercera clase, que no pueden bajar más.
Así ha sido desde que yo nací, al menos.
Pienso en los meses de estudio, en las solicitudes enviadas a las universidades, en las manos errantes de Hugo Montecue.
— Para mí suspender no era una opción —respondo.
«Por eso le arruiné la vida a Sophie».
La doctora Hollingsworth me guiña un ojo y yo me dejo caer sobre el respaldo de la silla, sorprendida. ¿He dicho lo correcto? Mamá me mira y asiente casi imperceptiblemente.
—Habla de suerte, doctor Featherswallow, y aun así le paga los mejores libros, las mejores escuelas y las mejores clases particulares a sus hijas, ¿no es así?
«No las mejores —querría matizar—. El Cheltenham Ladies’ College solo acepta a chicas de primera clase». Pero no digo nada. Quizá ahora tengamos que hacer algunos sacrificios, pero puede que los Featherswallow de la próxima generación sean de primera clase.
Papá vacía su copa de vino y vuelve a llenarla, con los ojos entrecerrados. Es como si la temperatura del salón hubiera caído de pronto.
—Hago más que eso, señora —dice—. Vivien ya tenía plaza reservada en la St. Saviour’s School for Girls antes incluso de que hubiera nacido.
Su madre no la dejaba acostarse hasta asegurarse de que se sabía todos sus libros de corrido.
Ella tiene cicatrices en los brazos de los golpes recibidos de su propio padre...
—A papá se le quiebra la voz y el tío Thomas tose sonoramente.