Capítulo 1 #2
Ya llevamos dos meses estudiando aquí; yo incluso me salté el último año del instituto para entrar antes en la universidad.
Me gusta tanto que los fines de semana me parecen un aburrimiento.
Aún envidio a Marquis por el hecho de que le permitieran alojarse en el campus solo por ser hombre, aunque también es cierto que algunas universidades ni siquiera permiten a las mujeres asistir a clase.
«Tienes que ver la parte buena de la situación», me dijo una vez el tío Thomas.
Y lo hago. La Universidad de Londres, con su campus bañado por el sol, sus altos edificios y su enorme biblioteca, es todo lo que he soñado siempre.
Sueños... Pienso en la palabra dracónica de esta mañana.
Mengkhenyass.
Es komodonés, una lengua dracónica muy poco extendida en Britania salvo por los comerciantes que viajan a Singapur. Tengo la traducción al inglés en la punta de la lengua, pero no consigo recordarla.
— No corras tanto —me dice Marquis de pronto.
Un grupo de gente avanza por una de las calles que salen de Fitzrovia. Echo un vistazo al cartel junto al que pasan antes de invadir la plaza.
Ahí es donde está la casa de rehabilitación de Sophie.
—¡El Acuerdo de Paz está corrupto! —grita una voz.
Por en medio del grupo, de aspecto desaliñado, hay hombres con uniforme y casco blancos.
Guardias de la Paz.
Instintivamente, echo mano de mi pase de clase y noto que Marquis hace lo mismo.
—¡Liberad a la tercera clase! —grita una mujer a todo pulmón.
Tanto ella como los suyos agitan carteles sobre las cabezas.
¡LA COALICIÓN
HUMANOS-DRAGONES
DE brITANIA
EXIGE REFORMAS!
¡DEFIENDE LA DEMOCRACIA!
¡ELECCIONES GENERALES YA!
Me estremezco al ver que la tiran al suelo, y la multitud tras ella se enciende, pisoteándola.
—¡Justicia para los dragones! —grita otra voz.
Aparecen más guardias, todos ellos con porras plateadas, y yo me echo a un lado en el momento en que otro grupo de manifestantes aparece a mis espaldas.
Uno de ellos me golpea el pómulo con su cartel.
Alargo la mano buscando la de Marquis mientras los dos grupos se unen y se extienden, invadiendo la plaza.
—¡Vamos! —dice Marquis, tirando de mí para volver a casa.
Corremos por la calle adoquinada y de pronto un brillo me llama la atención. Veo una porra plateada en lo alto que refleja la luz del sol a solo unos pasos de nosotros.
—¡Abajo Wyvernmire!
La porra cae con fuerza sobre la multitud y los chillidos llenan la calle. Las salpicaduras de sangre me manchan el abrigo y la cubierta del portafolio.
—Oh.
Me tambaleo y emito una exclamación de estupor que al instante queda eclipsada por el chillido de una mujer.
La multitud se revuelve, creciendo en tamaño y acercándose cada vez más, convertida en una masa de cuerpos que van cayendo al suelo.
Veo el terror en el rostro de Marquis y echo a correr, pero de pronto tengo que parar, porque estoy a punto de pisarle la cabeza a alguien, una chica tendida en el suelo, con la larga melena empapada de sangre y los ojos abiertos, sin vida.
Un disparo atraviesa el aire.
—¡Viv! —grita Marquis.
Echamos a correr a toda prisa. Los puestos callejeros se van quitando de en medio y por la calle aparecen coches patrulla acercándose a toda velocidad.
Veo mi casa, el alto edificio blanco con las cortinas azules.
Subo las escaleras tropezando mientras resuena un segundo disparo, y luego un tercero.
Me tiemblan las manos, pero consigo meter la llave en la cerradura mientras Marquis me empuja por detrás, impaciente.
—No puedo...
Caemos rendidos en el recibidor y Marquis cierra la puerta de golpe a nuestras espaldas. Casi sin aliento, me quedo mirando el rostro cetrino de mi primo y sus zapatos manchados de sangre. El corazón me late desbocado en el pecho, y tengo el cabello empapado de sudor.
—¿Qué ha sido eso? —pregunto.
— Manifestantes rebeldes —responde Marquis.
Me aparece ante los ojos el cabello ensangrentado de la chica muerta y me llevo una mano a la boca.
Se me revuelve el estómago. Siempre me había imaginado que los rebeldes serían un partido político organizado con una sede oficial, compuesto por furiosos dragones y radicales armados.
No por los mismos hombres y mujeres que veo cruzando la plaza a diario. Ni por chicas adolescentes.
Doy un respingo al oír que la puerta de casa se abre otra vez. Mamá entra a toda prisa, con Ursa en brazos, llorando desesperadamente.
—Cerrad bien la puerta —nos dice, dejando a Ursa en el suelo—. Y no os acerquéis a las ventanas.
Hago lo que dice, cruzando una mirada con Marquis mientras mamá le quita el abrigo y las botas a Ursa.
—Vosotros dos, traedme los zapatos y cualquier otra cosa que se haya manchado —ordena mamá, mientras se quita su abrigo—. Y tú ocúpate de tu hermana.
—Chis, tranquila, osita —le susurro, arrodillándome para decirle al oído cosas que puedan apaciguarla.
Marquis se pone en pie y se queda mirando por la ventana con obstinación.
En unas horas mamá habrá borrado cualquier rastro de nuestra presencia accidental en la protesta de los rebeldes.
Mi ropa volverá a aparecer en el armario, planchada e impecable, y será como si nunca me hubiera cruzado con una porra plateada ni con el cadáver de una chica de tercera clase.
«Ese es el motivo ».
De pronto lo tengo claro, sin margen de duda.
Este es el motivo por el que puedo contar las pocas malas notas que he tenido en mi vida con la línea de cicatrices blancas que tengo en el brazo.
Este es el motivo por el que permití que Hugo Montecue deslizara la mano por debajo de mi vestido a cambio de clases de matemáticas el año pasado.
Este es el motivo por el que traicioné a mi mejor amiga.
Para aprobar el Examen. Para convertirme en traductora de dracónico.
Para no correr el riesgo de ser degradada a la tercera clase.
Ursa tiene hipo a causa del berrinche; ahora acaricia la nueva cinta azul pálido en la que lleva su pase de clase.
—¿Quieres que juguemos a un juego? —propone Marquis, cogiéndola de la mano.
Espero a que desaparezcan en el salón antes de recoger mi portafolio del suelo.
Le limpio la sangre de la cubierta, aliviada porque mamá no lo ha visto y no me ha hecho tirarlo a la basura, y me dirijo al comedor, donde ya han puesto la mesa.
La cena de esta noche ha sido toda obra de mamá, ya que nunca hemos tenido doncella ni cocinera.
No nos quedaría dinero para las clases particulares.
Dejo el portafolio apoyado contra el respaldo de mi silla; las marcas oscuras de la cubierta pueden pasar por marcas de agua.
¿Bastará para que Rita Hollingsworth se plantee ofrecerme una beca?
Eso, junto con mis cartas de recomendación y esa actitud profesional que me enseñaron a adoptar en clase, debería hacer que resultara tan convincente como el día del Examen.
«Como fruta madura lista para recoger», tal como dijo papá ese día.
Aún no sé muy bien qué quería decir, pero así es como me veo ahora.
Soy una fruta muy muy madura: brillante por fuera, pero podrida por dentro.
El timbre suena a las siete en punto, justo en el momento en que mamá coloca las últimas flores en un jarrón sobre la mesa.
Un mechón suelto de cabello rubio pálido le cae sobre la frente.
Me sonríe, dándome ánimos. Con mis rizos oscuros y mis pecas en el rostro no me parezco en nada a ella, pero eso ya no me sorprende.
Ella es sensata, paciente, serena. Yo soy inquieta, impetuosa, egoísta.
Papá le da un beso en la mejilla y se saca dos botellas de vino de la espalda con una floritura.
—Pensé que habíamos quedado en que sacaríamos solo una botella —protesta mamá.
—Así es —responde papá—, pero dado que tenemos una invitada tan distinguida, pensé que quizá no bastara.
El tío Thomas responde con un gruñido desde su asiento. Papá empezó a beber durante los días en que esperábamos las notas de mi examen y desde entonces no ha parado.
—Dame eso —dice el tío Thomas, agarrando las botellas de merlot.
Las abre con un sonoro «pop» y las coloca junto al fuego, para que respiren. Papá se acerca más a mamá, señala su estudio de investigación, apoyado en la repisa de la chimenea, y susurra:
—No muestres todas tus cartas desde el principio.
Sé lo suficiente sobre la investigación de mamá como para entender que es una noche importante.
Sé que cree que cada lengua dracónica tiene sus dialectos, ramificaciones de un idioma propios de un grupo o un lugar particular.
Si conseguimos demostrar la existencia y el significado cultural de esos dialectos, afirma, le recordaremos a la sociedad lo parecidos que somos los dragones y los humanos.
Pero la Academia sostiene que los dragones son demasiado solitarios como para que sus lenguas se hayan extendido y para que hayan evolucionado derivando en otras.
En el comedor hay mucha luz y la temperatura es agradable; en la mesa luce la mejor porcelana rosa de mamá.
Hay estanterías con libros y cuadros en todas las paredes, y Mina, nuestra gata de pelo blanco, duerme en el diván.
Esta es la estancia de la casa donde se quedan charlando mis padres y el tío Thomas noche tras noche.
Al principio yo pensaba que hablaban de trabajo, pero el tío Thomas no es antropólogo como mamá y papá.
Es de la rebelión de lo que hablan... De eso, y de la amenaza de que haya otra guerra.
Anoche oí fragmentos de su conversación, de camino a la cama.
«El castigo para el golpe de Estado es la muerte».
—¡Doctora Hollingsworth — exclama mamá—, bienvenida a nuestra casa!
Todos nos giramos a mirar a la mujer menuda y de cabello plateado que está entrando en el salón.
Tiene la piel bronceada y curtida por el tiempo, y patas de gallo en las comisuras de los ojos.
Lleva una larga boquilla para cigarrillos en una mano y un maletín en la otra, y varios anillos en los dedos.
Ursa ve cómo brillan y los contempla con envidia.