Lengua de dragones (Lengua de dragones 1)
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Capítulo 1
Estoy soñando en dracónico otra vez.
Las largas y enrevesadas frases me vienen con más facilidad en sueños que cuando estoy despierta, y, justo antes de abrir los ojos, se me queda en la mente una palabra.
Mengkhenyass.
¿Qué significa?
Me doy la vuelta en la cama, y el sopor va disipándose como la bruma atravesada por los rayos de luz del sol que entran por las ventanas de guillotina.
En el suelo, enredado entre una maraña de mantas, ronca mi primo Marquis.
Su padre se ha pasado la noche charlando otra vez con mamá y papá, murmurando sobre huelgas, protestas y fuego de dragones.
La presencia de Marquis en el suelo de mi dormitorio se está volviendo algo habitual.
Oigo el ruido de cazuelas procedente de la cocina, en el piso de abajo, y echo las piernas a un lado, dejando caer los pies al borde de la cama en el momento justo de tomar conciencia: hoy viene a cenar la rectora de la Academia de Lingüística Dracónica. Aquí, a casa de mis padres.
Esta noche.
Llevo semanas esperando este día. No, meses.
La doctora Rita Hollingsworth viene a ver a mamá para hablar de su teoría sobre dialectos dracónicos, pero será mi ocasión para impresionarla y —casi no me atrevo a albergar esperanzas— asegurarme una beca de prácticas para el verano en el departamento de traducción de la Academia.
—¡Marquis! —Le lanzo una almohada a la cabeza a mi primo—. ¡Despierta!
Marquis gruñe algo con la boca pegada a la almohada.
—¡Por Dios, Viv! Pensaba que ibas a dejarme dormir.
—Hay demasiado que hacer —le respondo—. A las diez tengo que estar en el taller de encuadernación.
Me pongo la bata y cruzo la habitación hasta el escritorio, donde está la carta de recomendación de mi profesora, perfectamente lisa e impecable.
La puerta se abre con un golpetazo y entra Ursa, ya vestida, que pisotea a Marquis y se agacha, poniéndole unos labios como capullos de rosa junto al oído. Él protesta con otro gruñido.
—¿Primo? —le susurra en voz alta—. ¿Estás despierto?
—Ahora sí que lo está, osita — digo yo, riéndome y mostrándole los brazos abiertos. Tiene la piel caliente y suave y huele a leche y a miel—. ¿Adónde vas?
—No puedo decírtelo —responde Ursa, abriendo los ojos—. Es un lugar secreto.
—¿Un lugar secreto? —Marquis levanta el torso y esboza una sonrisa malvada—. ¡Esos son los que más me gustan!
Ursa suelta una risita y me deja que le desenrede el cabello, que se le ha quedado prendido a la deshilachada cinta en la que lleva el pase de clase.
Ursa Featherswallow
Edad 5
Segunda Clase
Examino la cinta de cerca y suelto un improperio.
—¡Ursa! Deberías haberle pedido a mamá que te cambiara la cinta. ¡Ya sabes que no puedes arriesgarte a perder el pase!
Echo mano de mi pase, que está colgado de una cinta de terciopelo negro, y me lo pongo al cuello. La idea de que puedan detener a Ursa por haber perdido el pase de clase me aterra. Esas dos palabras —«Segunda Clase»— son la diferencia entre tener algo y no tener nada.
Mi hermana se limita a fruncir el ceño y señala con un dedo la pared de detrás de mi escritorio.
Está decorada con papeles: dibujos de las diferentes especies de dragones hechos por Marquis, mi carta de aceptación a la Universidad de Londres y una lámina pintada con acuarelas.
Me preparo para la pregunta que me hace Ursa casi todos los días:
—¿Dónde está Sophie?
Me giro de mala gana hacia la pintura, intentando ignorar el repentino acceso de nostalgia que me invade. Me encuentro delante mi propio rostro, sonriéndome, y a su lado el rostro de mi más antigua y querida amiga.
—Ya te lo he dicho —respondo, envolviéndole el rostro a Ursa con las manos—. Se ha ido.
No he visto a Sophie desde el verano, cuando suspendió el Examen y la degradaron a tercera clase.
En el margen de unas semanas se vio obligada a abandonar nuestro sueño de ir juntas a la universidad y a dejar la casa de su familia en Marylebone para dirigirse a una casa de rehabilitación en un barrio de tercera clase.
Me estremezco recordando el día de las notas.
El llanto débil de Sophie, la forma en que cayó al suelo, como un globo deshinchado, el gesto serio de su padre al bajar la vista para leer el papel que tenía en la mano.
La sensación de culpa me golpea como la ola de un tsunami, dejándome sin aliento.
— Sophie ahora es de tercera clase, Ursa —dice Marquis, echándome una mirada, nervioso.
Arranco la pintura de la pared.
—¡Ursa! —Es la voz de mamá, desde las escaleras—. Te estoy esperando, cariño.
Ursa sale corriendo de la habitación sin mirar atrás, y unos segundos más tarde oigo el portazo de la puerta principal. Dejo caer la acuarela en la papelera y saco del armario una blusa de encaje y unos pantalones.
—¿Me dejas que me vista? —le digo a Marquis, antes de que pueda pronunciar el nombre de Sophie.
Él asiente, recoge sus cosas y sale de la habitación.
Dejo que salgan las lágrimas, calientes e inevitables, mientras me recojo el flequillo con un clip.
Luego parpadeo con rabia para limpiarme los ojos.
Lo que le hice a Sophie es imperdonable, pero ya es demasiado tarde para cambiar las cosas.
Tomé mi decisión —una decisión horrible, pero necesaria— y ahora tengo que vivir con las consecuencias.
Mi dolor no es nada comparado con lo que debe de sentir Sophie.
Unos momentos más tarde llaman a la puerta. Abro y me encuentro con Marquis, que me tiende el brazo.
—¿Al encuadernador? —dice, con una sonrisa en el rostro.
Lleva una gabardina de color cámel y el oscuro cabello perfectamente peinado.
Enlazo mi brazo con el suyo y noto que la ansiedad disminuye.
Tenemos el día por delante, el día en que podré impresionar a Rita Hollingsworth con el portafolio de mis trabajos.
Si la noche va como espero, estaré un paso más cerca de convertirme en Vivien Featherswallow, traductora de dracónico.
Fitzrovia bulle de actividad; me agarro fuerte al brazo de Marquis y él va abriéndonos paso por entre los vendedores ambulantes de golosinas y baratijas.
Muchos de ellos se giran a saludarlo. Marquis tiene un encanto natural y un ingenio que le han proporcionado todo tipo de privilegios desde que éramos niños, y cae bien a todo el mundo.
Un grupo de hombres con barba está inspeccionando una colección de libros antiguos, sosteniendo sus lupas para admirar los bordes dorados.
El búlgaro es un sonido familiar para mí, y resuena en mis oídos mientras observo una fila de iconos religiosos pintados que parecen mirarme desde uno de los puestos.
—¡Dragones rebeldes detenidos en Durham! —grita un vendedor de periódicos—. ¿Está en riesgo el Acuerdo de Paz?
Marquis y yo nos giramos a leer los titulares y suelto un sopli do de desdén.
—¿En peligro? Lleva en vigor más de cincuenta años. Como si unos cuantos rebeldes fueran a acabar con él.
El Acuerdo de Paz entre la primera ministra Wyvernmire y la Reina de los Dragones Británicos permite la coexistencia de humanos y dragones en paz y armonía.
Sin eso y el sistema de clases, aún tendríamos problemas de hacinamiento, mendicidad y de caza de humanos y de dragones.
No entiendo que de pronto haya tanta gente que lo ponga en cuestión.
— Ayer oí un rumor muy jugoso —dice Marquis, mientras cruzamos la calle y tomamos Marylebone.
Salto por encima de una profunda fisura en el asfalto, resultado del impacto de la cola de un dragón durante la guerra.
—La actual novia de Hugo Montecue dice que su cuñado vio un dragón y un avión en el cielo a la vez, volando el uno junto al otro.
—Eso es mentira. Los dragones y los aviones tienen sus rutas designadas para evitar colisiones —respondo en el momento en que abro la puerta del taller de encuadernación. En el interior resuena una campanilla.
—Bueno —alega Marquis—, quizá los rebeldes estén consiguiendo imponerse por fin. A lo mejor están más cerca de lo que pensamos de derogar el Acuerdo de Paz.
Le respondo con un bufido:
—Si tus amigos creen que el gobierno va a dejar que los rebeldes se adueñen del cielo, son más skrits de lo que pensaba.
—A ti lo que te pasa es que estás celosa porque Hugo Montecue tiene una nueva novia.
— Cállate ya —respondo, torciendo el gesto—. Ese chico me sirvió para aprobar matemáticas, eso es todo. Era buen profesor.
Marquis sonríe, socarrón.
—Seguro que sí.
Hurgo en el bolsillo en busca de monedas para pagar al encuadernador, pero noto cómo se me han calentado las mejillas. Mis romances —hasta los más insustanciales— deben permanecer tan en secreto como los de mi primo.
—Fíjate tú quién habla —susurro en voz baja—. Tú tienes más novios que pañuelos de seda.
El librero me entrega el portafolio y yo le doy las gracias. Bajo la elegante cubierta de cuero se encuentran mis mejores traducciones, y siento un escalofrío de orgullo que me atraviesa el cuerpo.
Todo acto de traducción requiere sacrificio: esa es la dura verdad que me apasionó.
No existe una correlación directa entre las palabras de un idioma y del otro, así que ninguna traducción puede ser por completo fiel al original.
Así pues, aunque se pueda salvar la distancia entre idiomas de uno u otro modo, siempre queda un significado más profundo por manifestar, un secreto invisible para los que solo tienen un lenguaje con el que moverse por el mundo.
El traductor, por otra parte, es una criatura que vuela con varios pares de alas.
Me meto el portafolio bajo un brazo y salgo de la tienda tras Marquis. Emprendemos el camino de vuelta a casa, pasando por la Universidad de Londres.