Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 48
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El avión aterriza en Alicante a las nueve y veinte de la noche, y cuando se abren las puertas entra un aire que reconozco antes de pisar la escalerilla.

No es el de Bolonia. El de Bolonia es húmedo, de llanura, quieto, pegado a la piel como una camiseta mojada.

Este es otro. Es caliente, pero se mueve.

Trae sal. Trae algo seco de monte, de tierra roja, de palmera.

Trae, por debajo de todo, a lo lejos, un olor que no sé nombrar y que conozco desde que nací.

Me quedo un segundo en lo alto de la escalerilla, con la mochila a la espalda, y respiro.

Un señor detrás de mí carraspea. Bajo.

•

El tubo del rodillo sale por la cinta de equipajes especiales, al final, después de dos carritos de bebé y una tabla de surf, tumbado, solo, dando vueltas despacio. Lo cojo como si fuera un niño. Un chico de la cinta de al lado me mira con curiosidad y no me pregunta qué es.

Cruzo la puerta de llegadas.

Y ahí está.

En la barandilla, entre los taxistas con carteles y las familias con globos, mi padre.

Con la camisa de cuadros de manga corta que se pone para ir a sitios.

Con el pelo más blanco que en septiembre, bastante más.

Más delgado. Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como las mete cuando no sabe qué hacer con ellas.

Mirando las puertas de cristal con la cara de alguien que lleva media hora mirándolas.

Me ve.

No sonríe. No saluda con la mano. No hace nada. Se queda quieto, en la barandilla, mirándome. Y yo me quedo quieta al otro lado, con la maleta y el tubo del rodillo, mirándole. Nueve meses. Nueve meses de domingos a las nueve y cinco. Nueve meses de «tranquilo» y de «me sobra».

Y luego ando hacia él. Y él anda hacia mí. Y nos encontramos en mitad del pasillo de llegadas, y mi padre, que no abraza nunca, que me da palmadas en la espalda como a los clientes que le caen bien, me abraza.

Me abraza fuerte. Con los dos brazos. Con la cara en mi pelo. Huele a camping. A cloro viejo, a sol, a la colonia de siempre, a la furgoneta. Y no dice nada. Y yo tampoco. Y la gente pasa a nuestro alrededor con sus maletas, como el agua alrededor de una piedra.

—Hola, papá.

—Hola, hija.

Se aparta. Me mira. Mira el tubo de cartón.

—¿Eso qué es?

—Un rodillo.

—¿Un rodillo?

—Para hacer pasta. —Me río—. Ya te lo explicaré.

Mi padre mira el tubo. Me mira a mí. Y asiente despacio, como si eso tuviera todo el sentido del mundo, y me coge la maleta. Esta vez le dejo.

•

El coche es el mismo. El de siempre. El Seat Toledo gris con la puerta del copiloto que hay que cerrar dos veces, con el que me trajo a este mismo aeropuerto en septiembre, con el mismo ambientador de pino colgado del retrovisor, que ya no huele a nada.

Meto el tubo del rodillo en diagonal, entre los dos asientos, porque no cabe en el maletero.

No lo ha vendido. Pensaba que a lo mejor lo había vendido.

Salimos del aeropuerto. La autovía. De noche. Las luces naranjas. Los carteles azules. Murcia. Cartagena. San Javier. Mi padre conduce con las dos manos en el volante, como siempre, a ciento diez justos, como siempre. No pone la radio.

Y hablamos.

No de lo importante. De lo importante ya hablamos en mayo, una hora y seis minutos.

Hablamos de lo otro. De cómo ha ido el vuelo.

De que en Alicante hace menos calor que en Bolonia, que a él le parece imposible.

De Hans, que ha hecho una tortilla española para celebrar que vuelvo, una tortilla holandesa, dice mi padre, con queso, que es un crimen.

De las golondrinas de la viga, que han tenido cuatro pollos.

Del señor de Lorca, que ya se ha llevado las piezas de los dos bungalós viejos.

Y yo le hablo de Gianni, de Sergio, de Rosa. De la sfoglia. De la tagliatella de oro. No le hablo de Matteo. Todavía no. No sé cómo, y él no me pregunta. Hay tiempo.

En el cruce de San Javier, mi padre dice, sin mirarme, con los ojos en la carretera:

—Has vuelto.

No es una pregunta.

—He vuelto.

—No tenías por qué.

—Ya lo sé.

Silencio. Las luces naranjas pasan por su cara, una detrás de otra.

—Gracias —dice. Bajito.

Y no le digo nada. Le pongo la mano en el brazo, en el brazo del cambio de marchas, y la dejo ahí hasta Los Alcázares.

•

El camping está a medias.

Se nota desde la verja. La mitad de las farolas de los caminos están apagadas, para ahorrar.

La explanada del fondo, donde estaban los dos bungalós de madera, es ahora un rectángulo de tierra más clara, con las marcas de los pilotes todavía en el suelo.

La piscina está tapada con una lona azul, sin agua, sin luz.

Hay unas treinta parcelas ocupadas de ochenta, caravanas alemanas y holandesas, alguna tienda de campaña de gente joven.

En el bungaló nueve hay luz, y en la puerta, en una silla de plástico, Hans, que se levanta al ver el coche y levanta los dos brazos como si hubiera marcado un gol.

Y hay silencio. Un silencio que conozco. El de sin depuradora. El de los domingos de mayo al teléfono. Solo grillos, y alguna tele lejana en una caravana, y por debajo, muy por debajo, el agua.

Mi padre aparca delante de la recepción. Delante del escalón.

Nos quedamos un momento en el coche, con el motor apagado.

—Está hecho una mierda —dice él.

—Está bien.

—Está hecho una mierda, hija.

—Está a medias —digo—. Que no es lo mismo.

Mi padre se ríe. Una risa pequeña, rota, pero una risa. La primera en nueve meses que le oigo en persona.

•

A las once y media, cuando Hans se ha ido a dormir después de hacerme comer tres trozos de la tortilla con queso, cuando mi padre se ha sentado en el escalón con una cerveza, cuando he dejado la maleta en mi cuarto de siempre, detrás de la recepción,

con el póster de hace cinco años y el ventilador que hace ruido, bajo al agua.

Sola. Por el camino de siempre. Por entre las parcelas vacías, entre los pinos. Por el hueco de la valla que da al paseo. Descalza, con las zapatillas en la mano.

El Mar Menor está negro.

Negro y quieto, como un espejo apagado. Sin olas, porque no tiene.

Con las luces de La Manga al otro lado, en la línea del horizonte, una fila de luces blancas y naranjas que se reflejan en el agua sin moverse.

Hace calor. El agua, cuando meto los pies, está caliente como una bañera, como siempre en junio, y me llega a los tobillos, y luego a las rodillas cuando avanzo, y la arena del fondo es blanda y fina.

No se ve el fondo. De noche no se ve nada. No sé si el agua está clara o turbia, si se vería el disco de Secchi a un metro o a tres. No lo sé. No importa. Está aquí. Y yo estoy aquí.

Me quedo de pie en el agua hasta las rodillas, mirando las luces de La Manga.

Y saco el móvil del bolsillo de atrás del pantalón corto.

•

No sé por qué ahora. Sí lo sé.

Busco el chat de Hugo. Está muy abajo. Hace meses que no lo abro.

El último mensaje es el suyo, el de Nochevieja, el largo, el de Candela, el que me escribió él mismo para que no me enterara por otros.

El que me dejó con el móvil en la mano en una plaza de Bolonia mientras ardía un muñeco de papel. El que no contesté.

Lo leo otra vez. Entero. Con los pies en el agua.

Y pienso que es un buen chico. Que lo era a los veinte y lo es a los veintidós. Que me escribió para que lo supiera por él. Que no me pidió nada. Que me contó, en septiembre, que el agua estaba aclarando. Que durante un verano entero me enseñó a mirar el fondo.

Y escribo una palabra.

Una sola. No más. No hace falta más.

«Gracias.»

Le doy a enviar. Se va. Un check. Dos. Grises.

No espero a que se pongan azules. Guardo el móvil en el bolsillo.

Y me quedo en el agua. Con las luces de La Manga al otro lado y el camping a medias a mi espalda, con su escalón y su padre y su cerveza, con un rodillo de Ferrara en un tubo de cartón en un cuarto con un ventilador que hace ruido.

Con Bolonia a mil ochocientos kilómetros, con su reloj parado y su ventanita y su cocina sin llave.

Con veinte créditos. Con la cicatriz rosa de la mano. Con todo.

El agua está quieta. Caliente. Negra. No se ve el fondo.

Pero está.