Epílogo
Junio de 2030
Los domingos hago tagliatelle.
Las hago en la cocina de la recepción, que es una mierda de cocina, como le dije a Matteo debajo de un reloj, con dos fuegos y una sartén y una encimera de formica donde la tabla de madera no cabe entera y tengo que apoyarla en una silla.
Las hago con el rodillo de Ines, que vive colgado de dos clavos en la pared, encima de la nevera, cuando no lo uso.
Las hago mal. Menos mal que el primer año, pero mal.
La sfoglia me sale más gorda por una esquina, siempre la misma, la de la izquierda, y todavía no sé por qué.
Mi padre se las come sin decir nada, en la mesa de fuera, debajo de la viga de las golondrinas. Hans dice que son las mejores de Europa, pero Hans dice eso de todo lo que no lleva queso.
El ragú lo hago como está escrito en una tarjeta de cartulina color crema que llegó en un sobre la primera Navidad, sin remite, con matasellos de Bolonia.
No hay firma. Hay una letra pequeña, inclinada, de mujer mayor, en italiano, con la lista de ingredientes y, al final, subrayado dos veces: Cinque ore.
Con latte. La tengo pegada con celo en el azulejo de detrás de los fuegos, manchada ya de tomate.
Con Rosa nunca se sabe a quién. Pero esa vez lo supe.
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El martes pasado defendí el trabajo de fin de grado en Espinardo.
Es un documental de veinticuatro minutos.
Se llama Temporada baja. Lo grabé el invierno pasado en el camping, con una cámara prestada de la facultad, de noviembre a febrero: mi padre abriendo la recepción a las ocho aunque no haya nadie, Hans jugando al ajedrez solo, la lona azul de la piscina con charcos de lluvia encima,
las golondrinas que no están, el escalón.
Un plano fijo de tres minutos del Mar Menor en enero, gris, quieto, con la valla. Lo monté yo. Sé dónde cortar.
Román estaba en la cuarta fila. Me guardó el sitio a mi lado aunque yo estaba delante, en la mesa, defendiendo.
Cuando terminó la proyección y se encendieron las luces, fue el primero en aplaudir, y el único durante dos segundos, y luego los demás.
Me pusieron un nueve. Jimena lloró. Vera vino.
Nadie se giró en el pasillo al salir. O a lo mejor sí, y no me di cuenta, porque ya no miro si se giran.
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El camping sigue.
Sigue a medias, pero sigue. La deuda sigue también: mi padre y yo la pagamos cada mes, sentados los dos delante del ordenador viejo de la recepción, con el cuaderno de las cuentas, que ahora llevo yo, porque sé cuadrar una caja desde los diecisiete años y porque él lo prefiere así.
Le quedan seis años de préstamo. Lo sabemos los dos. Lo decimos en voz alta.
La depuradora volvió a sonar en abril del año pasado. La encendimos juntos, un martes por la mañana, y nos quedamos los dos en el cuarto de máquinas escuchándola arrancar, sin decir nada, como quien escucha una canción que le gusta. Va como un reloj. Esta vez, uno que anda.
El señor de Cartagena sigue llamando. Cada primavera.
Con el mismo coche grande y la misma sonrisa de hacer favores.
Mi padre le sigue diciendo que no. De momento, dice él.
Y yo, que me siento a su lado en la recepción cuando viene, le miro a los ojos al señor de Cartagena y no digo nada, y creo que eso le molesta más que el no.
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La primera vez fue el catorce de diciembre de 2028, a las once de la noche.
Una foto. Sin texto. Via del Pratello, desde la puerta de la trattoria, de noche, con la persiana bajada hasta la mitad y los soportales blancos, y los copos cayendo del tamaño de una uña, en diagonal, a la luz de la farola. La primera nevada del año en Bolonia.
Nada más. Ni una palabra.
Me quedé mirándola en la cama, en mi cuarto detrás de la recepción, con el ventilador apagado porque era diciembre.
Mucho rato. Luego me levanté, me puse las zapatillas, bajé al agua con el móvil, y le hice una foto al Mar Menor de noche, negro, quieto, con las luces de La Manga al otro lado. Y se la mandé. Sin texto.
La segunda vez fue el ocho de enero de este año. La misma foto, casi. La misma calle. La misma persiana. La nieve más fina. Y yo, la misma respuesta: el agua de noche.
No nos hemos escrito nada más. No hace falta. No prometimos nada. Él no me espera, me recuerda. Y yo, cuando nieva en Bolonia, me acuerdo de que existe una ciudad con techo y una cocina sin llave, y me alegro de que exista, aunque yo no esté.
Chiara me contó, en agosto del año pasado, cuando vino a ver por fin el mar con valla con Nacho, que en la boda de Davide la tarjeta de la mesa de Matteo decía una sola persona.
Que la había corregido él a mano, tachando mi nombre con una línea recta, limpia, sin rabia.
Que bailó con todas las tías. Que estaba bien.
Chiara declaró que el Mar Menor era un lago con pretensiones. Nacho se metió en el agua con la camiseta del Zaragoza puesta y no quiso salir en tres horas.
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Hoy es domingo. Son las nueve y cinco de la noche.
Estoy sentada en el escalón de la recepción, al lado de mi padre.
Ya no me llama los domingos a esta hora.
No le hace falta. Se sienta aquí con su cerveza y yo me siento a su lado con la mía, y hablamos del tiempo, y de Hans, y de las golondrinas, que este año han tenido cinco pollos, y de fondo suena la depuradora.
Y me vibra el móvil.
Un correo. Lo abro sin pensar, esperando algo de la facultad, del título, de algún papel.
No es de la facultad.
Es de una agencia de Madrid. Una productora de publicidad y documentales, con un nombre en inglés que no había oído nunca.
Dicen que han visto Temporada baja, que se la enseñó un profesor mío.
Que buscan a alguien en montaje para unas prácticas de seis meses, a partir de septiembre.
Que les gustaría conocerme. Que si me interesa, les conteste antes del quince de julio.
Firma un tal Álvaro Redondo.
Me quedo mirando la pantalla. Madrid. Septiembre. Seis meses.
—¿Qué es? —pregunta mi padre, sin mirarme, con los ojos en la explanada.
—Un correo de Madrid.
Mi padre asiente despacio. Bebe de la cerveza. No pregunta más. Pero le veo la cara a la luz de la farola del camino, y en la cara no hay miedo. Hay otra cosa, algo que se parece a lo que tenía Gianni cuando dijo lo sapevo.
No contesto esta noche. Contesto mañana, o pasado, o el catorce de julio a última hora, no lo sé. Lo que sí sé, sentada en este escalón con la depuradora sonando como un reloj que anda, es que la respuesta, cuando llegue, va a ser mía. Que ya sé irme de un sitio entera. Y que ya sé volver.
Me guardo el móvil en el bolsillo.
Y me quedo un rato más en el escalón, al lado de mi padre, mirando hacia donde está el agua, que de noche no se ve, pero está.