Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 47
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El rodillo de Ines viaja en un tubo de cartón de los de llevar planos, de un metro diez, que Sergio me consiguió el domingo en una papelería de via Ugo Bassi, y cuesta treinta y cinco euros facturarlo como equipaje especial, y lo pago sin pensarlo.

Es lo primero que hago el martes veintisiete: pagar el tubo en la aplicación de la compañía, a las ocho de la mañana, sentada en la cama de via Zamboni, que ya no tiene sábanas.

Treinta y cinco euros. Son dos días de propinas del bote de pepinillos.

Me da igual. Hay cosas que no se meten en una maleta de cabina y que tampoco se dejan.

Luego hago la maleta. La misma de septiembre, la que cogía todo el ancho del pasillo del autobús.

Ahora pesa más. Llevo los jerséis de Murcia y dos que he comprado aquí.

Llevo el gorro de lana, que ya no me va a hacer falta en años.

Llevo la nómina doblada en cuatro. El certificado de Elena en su sobre.

La nota de Ingrid, que ahora tiene respuesta aunque no se la haya mandado yo.

La estampita de la Virgen de San Luca de Pino.

La cajita de cartón con la tagliatella de papel dorado de ocho milímetros.

El bote de mermelada vacío, que no sé por qué me llevo, y que me llevo.

La toalla naranja se queda en la Bolognina. El cepillo de dientes azul también. No los he ido a buscar. No sé si Matteo los tirará o los dejará en su sitio. No le he preguntado.

•

A las diez llama Gennaro al telefonillo.

Sube la escalera con sus pantalones cortos y su camisa de flores, con un sobre en la mano. Mira el cuarto. Mira la bombilla colgando. Mira la mesa de mármol de la cocina, limpia, con el termómetro de la farmacia de Bari en la pared marcando veintiséis grados.

—Tutto a posto —dice.

Todo en orden. Me da el sobre. La fianza. Cuatrocientos ochenta euros, en billetes de cincuenta, contados dos veces delante de mí, como en septiembre.

No me lo esperaba. Pensé que la fianza no la iba a ver nunca. Pensé que en un piso sin contrato, pagado en efectivo, la fianza era una palabra. Y aquí está. En un sobre.

—Grazie, Gennaro.

—Figurati. —Se encoge de hombros—. Sei stata brava. Niente rumori. Niente feste. —Me mira un momento más—. Non come la spagnola di prima.

No como la española de antes.

Y se va, silbando, con las llaves del piso en el bolsillo.

•

Me despido de la cocina. No sé por qué. Me quedo un momento en la puerta mirándola: la mesa de mármol, el termómetro, los azulejos de la pared, la cafetera de rosca de Chiara, que se ha quedado aquí, porque Chiara vuelve en septiembre, a otro piso, con Nacho, dice, aunque dice que no es eso,

que es por el alquiler.

Me despido del cuarto. De la bombilla. De la ventana al patio de luces donde en septiembre sonaba una radio en otro idioma y ahora suena otra radio en el mismo, que ya entiendo.

Y bajo la escalera. Cuatro pisos. Arrastrando la maleta escalón a escalón, con el tubo de cartón debajo del brazo como un soldado con un fusil. Nadie me ayuda. Kasper se fue ayer. No pasa nada. En septiembre subí sola.

•

Matteo me espera en la puerta del portal, en via Zamboni, debajo de los soportales.

Hemos quedado así. Él me acompaña hasta la estación.

No al aeropuerto: a la estación. Lo decidimos anoche, en la cocina, antes de lo demás.

Que el aeropuerto no. Que el aeropuerto es un sitio donde la gente se despide mal, con los altavoces y las colas y las prisas.

Que la estación sí. Porque ahí empezó todo, debajo del reloj.

No me coge la maleta. Sabe que no le voy a dejar. Me coge el tubo del rodillo, eso sí, y yo le dejo, porque es de su familia.

Andamos. Por via Zamboni, por debajo de los soportales, por delante de la facultad, de la plaza de los estudiantes, de las dos torres torcidas.

Por via dell'Indipendenza, que en septiembre me pareció un río de gente que no me miraba.

Son las cuatro de la tarde y hace un calor húmedo que se pega a la piel.

La gente va a sus cosas. Nadie nos mira.

No hablamos. No hace falta. Llevamos hablando nueve meses.

•

La estación sigue igual.

La fachada de color crema. Las puertas de cristal. Y encima de la entrada, redondo, con el fondo blanco y los números negros, el reloj. Las diez y veinticinco.

Nos paramos debajo.

La gente sigue pasando sin mirarlo. Un grupo de turistas con mochilas. Una señora con un perro. Un chico que corre porque pierde un tren. Nadie mira el reloj, y todos lo ven.

Matteo deja el tubo del rodillo apoyado en mi maleta.

Y no sé qué decir. He pensado mucho en esto. En qué iba a decir aquí, en este momento, debajo del reloj. He pensado frases. En español, en italiano. He ensayado, como ensayé las cinco palabras para mi padre. Y ahora no me sale ninguna.

Él tampoco dice nada.

Me pone la mano en la nuca. Sin empujar.

Solo estando. Y apoya su frente en la mía.

Así, debajo del reloj, con los ojos cerrados.

Mucho rato. No sé cuánto. Oigo su respiración.

Oigo los trenes. Oigo los altavoces de dentro anunciando un regional a Rímini en italiano y en inglés.

Oigo a la señora del perro decirle algo al perro.

Y no nos besamos. Eso es lo raro. Lo pienso después, en el avión. Que no nos besamos. Que nos quedamos con las frentes juntas, los ojos cerrados, como se quedan las personas que ya se lo han dicho todo, y que un beso ahora sería decir otra cosa, algo que se parece a un final, y no queremos decirlo.

Al final se aparta. Me mira. Tiene los ojos rojos y secos.

—Ciao, spagnola —dice.

No adiós. Ciao. Que en italiano es lo que dices cuando llegas y lo que dices cuando te vas. La misma palabra para las dos cosas.

—Ciao, Matteo.

Y coge el tubo del rodillo y me lo pone debajo del brazo. Y me da la vuelta, suavemente, con las manos en los hombros, hacia la puerta de la estación. Y no me empuja. Solo me gira. Y se queda quieto detrás de mí.

Y yo ando.

•

No miro atrás.

Lo decido en el primer paso y lo cumplo. No porque me dé miedo mirar. Porque sé lo que voy a ver. Un hombre debajo de un reloj parado, con las manos en los bolsillos, mirando cómo me voy. Y no necesito verlo para saberlo. Y si lo veo, no me voy.

Cruzo el vestíbulo. El mismo de septiembre.

Los mismos carteles de otro color. Paso por la parada de los autobuses, por la farmacia, por el pasillo que lleva a la parte nueva.

Sigo los carteles del Marconi Express, el tren pequeño que va al aeropuerto por un raíl elevado, como una atracción de feria, en siete minutos.

Subo. Me siento junto a la ventanilla, con la maleta delante y el tubo del rodillo entre las rodillas, abrazado, como Chiara abrazaba el libro.

Y el tren sale.

Sale despacio, por encima de las vías, por encima de los tejados, por encima de un barrio de edificios de los setenta.

Y por la ventanilla veo Bolonia desde arriba, de lado, por última vez.

Los tejados rojos. Las torres. La cúpula de la iglesia grande sin terminar.

Y más allá, en la llanura, verde y marrón, las colinas, y en una colina, pequeño, al final de seiscientos sesenta y seis arcos, el santuario de la Virgen que pisa a la serpiente.

Y duele.

Duele como nada me ha dolido nunca. Duele en el pecho, en la garganta, en las manos que abrazan el tubo de cartón. Duele como duele el frío de Berlín: de fuera, limpio, sin que se meta dentro. Duele como algo que se ha elegido.

Y a la vez, debajo del dolor, sentada en un tren de juguete que me lleva al aeropuerto a treinta kilómetros por hora por encima de una ciudad que he querido, hay otra cosa.

Una cosa que no conozco y que tardo en reconocer, porque no la había sentido nunca, ni en Murcia, ni en el pueblo, ni en ningún sitio de los que me he ido.

Me voy entera.

Eso es. Me voy entera. De todos los sitios de los que me he ido en mi vida, me he ido con un trozo menos: del camping, del pueblo, de la facultad, de lo del año pasado.

Siempre huyendo. Siempre dejando algo roto detrás, o llevándome algo roto dentro.

Y de Bolonia me voy entera. Con todo. Con lo que he aprendido y con lo que he querido y con lo que duele, que también es mío. Sin dejar nada roto detrás. Sin huir.

El Marconi Express frena. Aeropuerto. Siete minutos exactos, como dicen los carteles.

Me levanto. Cojo la maleta, que coge todo el ancho del pasillo. Me pongo el tubo del rodillo de Ines debajo del brazo.

Y bajo.