Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 46
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El lunes veintiséis la trattoria cierra, como todos los lunes, y a las diez de la noche Matteo abre la persiana hasta la mitad con la llave de Gianni, nos agachamos para pasar, y la vuelve a bajar desde dentro.

Como la noche de la nieve.

No lo hemos hablado. No hemos dicho «vamos a hacer lo de diciembre».

Me ha escrito a las siete un mensaje de dos palabras, «stasera, cucina», esta noche, cocina, y yo he llegado a las diez a via del Pratello con el rodillo de Ines envuelto en el paño de cuadros rojos y blancos debajo del brazo, sin que nadie me lo pidiera.

Y él me ha visto llegar con el rodillo por la calle, desde la puerta, y se ha reído con un lado de la boca, y no ha dicho nada.

Dentro, la trattoria está a oscuras. Las sillas encima de las mesas, patas arriba. La vitrina de la tagliatella de oro, que ya no me parece de oro sino de latón, con su espejo. Y al fondo, la luz de la cocina.

Y el olor.

El olor me para en mitad del comedor, entre las sillas patas arriba.

Lo reconozco antes de pensarlo. Carne, cebolla, zanahoria, vino, y debajo algo dulce, la leche.

Ragú. Lleva desde las cinco de la tarde haciéndose en una cazuela de barro, a fuego mínimo, en una cocina vacía, con la persiana bajada, sin nadie que lo mire.

—Cinque ore —dice Matteo, detrás de mí—. Como en diciembre.

•

No nieva. Es junio. Hace calor, un calor húmedo de llanura que no se va ni de noche, y la ventana que da al patio está abierta de par en par, y por ella entra el ruido de los vencejos, que gritan en el cielo morado dando vueltas encima de los tejados como si se les fuera a acabar el mundo.

En diciembre la ventana estaba cerrada y fuera caían copos del tamaño de una uña.

Ahora está abierta y fuera vuelan pájaros que chillan.

Pero todo lo demás es igual. La mesa de mármol. Los fluorescentes zumbando. La cazuela en el fuego. Él y yo, solos.

—Hoy la sfoglia la haces tú —dice.

Lo miro.

—Con eso. —Señala con la barbilla el rodillo que llevo debajo del brazo—. Si mi madre te lo ha dado, es para usarlo. No para colgarlo en una pared.

Desenvuelvo el rodillo. Lo dejo en la mesa de mármol, al lado de la tabla de madera. Matteo me pone delante un kilo de harina y diez huevos, en un cuenco, sin cascar, y se aparta. Se apoya en los fogones con los brazos cruzados, como cuando me enseñó a buscar lo que me gustaba, como Rosa en Pascua.

Y no me ayuda.

Hago el volcán. Mal: se me derrama por un lado y tengo que empujar la harina con el canto de la mano.

Casco los huevos en el centro. Los bato con el tenedor, despacio, cogiendo harina de los bordes, como he visto hacer a Rosa cuarenta viernes.

Amaso. Diez minutos. Quince. Con el talón de la mano, empujando, doblando, girando un cuarto.

Me duelen las muñecas. Me sudan las sienes. Los vencejos chillan.

Matteo no dice nada. No me corrige. Me mira.

Y estiro. Con el rodillo de Ines. Desde el centro hacia fuera, no con fuerza sino con peso, como me enseñaron las manos de Rosa encima de las mías.

Enrollo la masa en el rodillo, la desenrollo girándola, otra vez.

La masa se va haciendo grande en la tabla, amarilla, desigual por un borde, más gorda en una esquina que en la otra.

Tardo tres veces más que Rosa. No importa.

Y al final, cuando la levanto hacia el fluorescente, se ven las vetas de la madera.

No todas. No en toda la sfoglia. Pero se ven.

Matteo se acerca. La mira a contraluz, conmigo, por encima de mi hombro. No dice «brava». No dice «perfetta». Dice:

—Ecco.

Ahí está.

Y me pone la mano en la nuca, sin empujar.

•

Cortamos las tagliatelle juntos. Yo enrollo la sfoglia, él me pone la mano encima de la mía en el cuchillo, pero solo al principio, para marcar el ritmo, y luego la quita. Me salen de ocho milímetros. Casi todas. Él no las mide. No hace falta.

Comemos a la una, en la mesa de mármol, en dos taburetes, en dos platos hondos, con el ragú de cinco horas por encima y el queso rallado y una botella de vino tinto de las colinas sin etiqueta.

Como en diciembre. Con los vencejos callados ya, porque ya es de noche del todo, y en su lugar los grillos del patio, que no sabía que había grillos en un patio de tres metros de via del Pratello.

Está bueno. Mis tagliatelle están buenas. Desiguales, gordas por un lado, pero buenas. Con el ragú de Matteo encima, con la receta de la madre de Rosa, que llegó de Ferrara, están tan buenas que no hablamos durante un rato, solo comemos, como en diciembre, sin mirarnos, con la cabeza baja.

Y cuando terminamos, Matteo deja el tenedor en el plato.

Y me pregunta. Por primera vez en todo el año, me pregunta algo que sabía que no me iba a preguntar nunca.

—¿Volverás?

•

Lo dice en español. Bajito. Sin mirarme, mirando el plato vacío.

Y me doy cuenta de que ha tardado nueve meses en preguntarlo.

Que no lo preguntó en la propuesta, ni en la pelea del cacao, ni debajo del reloj.

Que lo pregunta ahora, la última noche, en la cocina cerrada, porque ya no puede cambiar nada.

Porque ya está decidido. Porque ahora mi respuesta no puede ser por él, ni contra él. Solo puede ser verdad.

Y la verdad es esta:

—No te lo voy a prometer.

Matteo levanta la vista.

No parece dolido. Parece que estaba esperando eso mismo. Parece, incluso, aliviado.

—Mi madre lo prometió —digo. Y es la primera vez que le hablo de ella.

En nueve meses. De mi madre, que no es la suya, que no hace sfoglia, que no dejó ningún rodillo—.

Se fue cuando yo tenía once años. Con una maleta.

En la puerta de la recepción del camping.

Y me dijo: vuelvo. Te lo prometo, vuelvo pronto.

—Me miro las manos, que tienen harina todavía en las uñas—.

Y me pasé un año sentada en el escalón esperándola.

Los domingos, sobre todo. No sé por qué los domingos.

Matteo no dice nada.

—No volvió —digo.

Me callo. Los grillos siguen.

—Así que no te lo voy a prometer. —Lo miro—. Porque si te lo prometo, vas a esperar. Y no quiero que esperes. No quiero que te sientes en ningún escalón. Si vuelvo algún día, vuelvo. Y lo sabrás porque me verás entrar por esa puerta. No porque te lo haya dicho yo hoy.

Matteo me mira mucho rato. Luego asiente. Despacio. Dos veces. Como Gianni. Como Elena. Como toda la gente de esta ciudad cuando digo algo que es verdad.

—Bene —dice.

Y luego, en italiano, muy bajo, una frase que no traduce y que no necesito que traduzca:

—Allora non ti aspetto. Ti ricordo.

Entonces no te espero. Te recuerdo.

•

No fregamos los platos.

Es la primera vez. En nueve meses, en esta cocina, no se ha quedado nunca un plato sin fregar ni una hora. Los dejamos en el fregadero, los dos platos hondos, los tenedores, la cazuela con restos de ragú, la tabla con harina. Mañana los friega Gianni. O Sergio. Que refunfuñen.

Matteo apaga el fluorescente. Se queda encendida solo la luz pequeña de encima de los fogones, amarilla, como en diciembre.

Y me besa. Contra la mesa de mármol, que está fría, en una noche de junio que no lo está. Me besa despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, que es mentira, que tenemos siete horas, y los dos lo sabemos, y por eso lo hacemos despacio, para que siete horas sean más.

Lo que pasa después en esa cocina, con la persiana bajada y los grillos en el patio y el rodillo de Ines en la mesa, envuelto otra vez en su paño de cuadros, es nuestro.

No lo cuento. No porque me dé vergüenza, que ya no me da, sino porque hay cosas que se estropean al contarlas, como la sfoglia cuando la tocas demasiado.

Solo cuento que a las cinco de la mañana salimos por debajo de la persiana a medio subir, y via del Pratello está vacía y azul, y los vencejos han vuelto, y andamos hacia la Bolognina por el puente de las vías, despacio, con el rodillo debajo de mi brazo,

y el primer tren de la mañana sale hacia el sur por debajo de nosotros, sin ruido, y ninguno de los dos lo mira.