Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 45
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En Bolonia nadie celebra San Juan.

Lo descubro el martes, cuando se lo pregunto a Sergio y me mira como si le hubiera preguntado por una fiesta de otro planeta.

Aquí el veinticuatro de junio es un día normal.

No hay hogueras en la playa, porque no hay playa.

No hay gente saltando olas a medianoche, porque no hay olas.

No hay nadie escribiendo deseos en papelitos para quemarlos. Nada.

Nacho sí lo celebra.

Lo anuncia en el grupo el miércoles, con mayúsculas y once signos de exclamación: SAN JUAN ESPAÑOL EN EL RÍO!!! SÁBADO!!! TRAED VELAS Y DESEOS!!! Y debajo, una ubicación. La presa de Casalecchio.

Me quedo mirando la pantalla con la boca abierta.

No le he contado a Nacho lo de la presa.

No le he contado a nadie que fui en abril, que metí los pies en el agua helada, que puse ULTIMO VERANO entera y lloré.

A nadie. Y Nacho, que no sabe nada, que ha buscado en el mapa el sitio con agua más cerca de Bolonia donde se pueda sentar un grupo de españoles a hacer el tonto a medianoche, ha elegido ese.

Le escribo por privado: «¿Por qué ahí?».

Me contesta a los diez segundos: «porque tiene agua murciana!!! en san juan hay que mojarse los pies!!! es ley!!!».

•

El sábado a las once de la noche somos catorce en la orilla del río, en la explanada de hierba delante de la presa, con velas.

No se pueden hacer hogueras. Nacho lo ha mirado: te multan.

Así que ha comprado en un chino dos bolsas de velas de las de cumpleaños, de las de tarta, de colores, y un paquete de vasos de plástico para ponerlas dentro y que no se apaguen con el viento.

Hay setenta velas encendidas en vasos de plástico en la hierba, en fila, siguiendo la orilla, temblando.

Desde lejos parece un aeropuerto pequeño para aviones muy pequeños.

El agua sigue cayendo por la presa. El mismo ruido de abril, grave, continuo, que llena el valle. Con la luz de las velas, la espuma se ve amarilla.

Están todos. Nacho con una camiseta del Zaragoza y una corona de flores de plástico en la cabeza que nadie sabe de dónde ha sacado.

Chus, que ya no tiene la muñeca rota y que ha traído una guitarra que no sabe tocar.

La de Salamanca, que se llama Lara, cosa que he sabido esta semana, después de nueve meses.

Los dos alemanes de la clase de italiano, que han venido porque Nacho les ha dicho que en España San Juan es sagrado, y que miran las velas con respeto religioso.

Tres chicas de Valencia que no conozco. Y Kasper.

Kasper, sentado en la hierba con las piernas estiradas, ocupando medio metro más de orilla que nadie, con un vaso de plástico con una vela dentro entre las manos, mirando la presa con su cara de lago.

•

A las doce menos cinco Nacho reparte papelitos y bolígrafos.

—Tres deseos —dice—. Tres. Ni uno más. Se escriben, se doblan, se queman en la vela. Y luego, a las doce, todo el mundo al agua. Los pies, por lo menos. Es la ley.

—¿Qué ley? —pregunta uno de los alemanes.

—¡La de Zaragoza! —grita Nacho, y todos se ríen.

Me siento en la hierba con mi papelito y mi bolígrafo, con la vela de mi vaso temblando delante.

Y me acuerdo.

Me acuerdo de otro San Juan. Hace dos años.

En la playa de Los Alcázares, con una hoguera de verdad, de las de palés de madera, con el Mar Menor negro detrás y la música de algún chiringuito.

Me acuerdo de que escribí tres deseos en un papel arrancado de una libreta y que los quemé en la hoguera con Lucía al lado, riéndose, y que esa noche me pasaron cosas que todavía no he terminado de entender.

Me acuerdo del primero. Solo del primero. Que me pasara algo.

Me pasó. Me pasaron muchas cosas. Algunas no las habría pedido nunca.

Miro el papelito en blanco. El bolígrafo. La vela.

Y escribo.

El primero lo escribo deprisa, sin pensar, porque lo tengo claro: Que no me pase nada que no elija yo.

Los otros dos los escribo despacio. No los voy a contar. Son míos. Uno es para un hombre en un escalón. El otro es para otro hombre, en una cocina con una ventana que da a las vías, y es el más difícil de escribir de los tres, porque es un deseo que no pide nada para mí.

Doblo el papel. Lo quemo en la vela. Arde enseguida, con una llama azul y luego naranja, y las cenizas se las lleva el aire hacia la presa.

A las doce en punto, Nacho grita. Y catorce personas, dos de ellas alemanes y una de ellas danesa, se quitan los zapatos y bajan corriendo a la orilla, al sitio entre dos piedras donde el agua llega mansa, el mismo donde metí yo los pies en abril, y se meten en el agua gritando.

Está menos fría que en abril. Pero está fría. Kasper se mete el último, despacio, con la cara de siempre, hasta los tobillos, y dice una palabra en danés que por el tono tiene que ser la misma que dijo en la escalera cuando se dio con la lámpara.

•

A la una y media llega Matteo.

Viene de cerrar la trattoria. Ha cogido el último autobús.

Llega por el camino de tierra entre los árboles con el delantal todavía metido en el bolsillo de atrás del pantalón, asomando, y una fuente tapada con papel de plata en las manos: tiramisú, lo que ha sobrado, para todos.

Nacho le abraza como a un primo. Los alemanes le aplauden sin saber por qué.

Se sienta a mi lado en la hierba, delante de las velas que quedan, que ya son pocas. Me mira los pies, que tengo mojados todavía, con barro de la orilla.

—San Giovanni —dice.

—San Juan.

—¿Has pedido deseos?

—Tres.

No me pregunta cuáles. Claro que no me pregunta.

•

Kasper se despide a las dos.

Se va el lunes, a Dinamarca, a su lago donde se baña en abril a nueve grados.

Se levanta de la hierba despacio, desplegándose como una escalera, con los pantalones mojados hasta la rodilla, y viene hacia mí.

Se para delante. Me mira desde su metro noventa y tantos, con la cara de siempre, como quien mira por encima de un lago.

—Bye, Nerea.

—Bye, Kasper.

Se queda un momento. Lo veo pensar, con esa lentitud suya, como si las palabras le llegaran de muy lejos.

—Ingrid wrote me —dice—. She asked about you. —Otra pausa—. I told her: not angry sea anymore. Normal sea.

Lo miro con la boca abierta.

Kasper asiente, muy serio, satisfecho de haber dicho algo exacto.

Me da la mano. Una mano enorme, fría del río.

Me la estrecha una vez, como en una entrevista de trabajo.

Y se va por el camino de tierra hacia el autobús, sin mirar atrás, agachando la cabeza por costumbre al pasar por debajo de una rama que no le hacía falta esquivar.

•

A las tres me llama Román.

Es madrugada del domingo. No es su hora. Pero en Murcia también es San Juan, y me llama desde la playa de La Manga, con ruido de gente y de música y de olas de fondo, con la voz de haberse tomado algo.

—¡Nerea! ¡Feliz San Juan!

—¡Feliz San Juan!

—¿Dónde estás? ¿Qué es ese ruido?

—Una presa. Un río. —Me río—. Estoy en San Juan en un río, con catorce personas y setenta velas de cumpleaños.

—Estás loca.

—Ya.

Y ahí, sin esperarlo, le cuento que vuelvo. Que el martes. Que me vuelvo del todo. Que lo he decidido yo. Que por mi padre, pero no solo. Que no es renunciar.

Román se queda callado. Oigo las olas por su lado. Olas de verdad, del Mediterráneo, rompiendo en La Manga a las tres de la mañana.

—¿Sabes qué? —dice al final.

—¿Qué?

—Te has vuelto valiente.

Me quedo con el móvil pegado a la oreja, en la orilla, con los pies mojados.

—Cuando te fuiste —dice Román, despacio— no te habrías ido nunca de un sitio donde eras feliz.

Te ibas de los sitios donde lo pasabas mal.

Siempre. —Una pausa pequeña, de las suyas, de las de la cuarta fila—.

Y ahora te vas de uno donde eres feliz. Porque quieres.

Eso es ser valiente, Nerea. Lo otro era huir.

No contesto. No puedo.

—Te espero en Espinardo —dice—. Te guardo el sitio de la cuarta fila. Y tráete el boli, que es mío.

Y cuelga, y le oigo gritar algo a alguien antes de que se corte, algo sobre las olas.

Me quedo en la orilla. Matteo, a mi lado, no pregunta quién era.

Me pasa un brazo por los hombros. Delante de nosotros, la última vela de las setenta tiembla dentro de su vaso de plástico, y el agua de la presa sigue cayendo, con el mismo ruido de siempre, amarilla por la luz, hacia la ciudad, hacia los canales, hacia la ventanita de via Piella, hacia el Reno,

hacia el mar.