44
A Gianni se lo digo el lunes diecinueve, en la mesa del fondo, antes de la comida. Que me voy el veintisiete. Que no me quedo. Que lo siento, que tengo contrato hasta el treinta y me voy tres días antes.
Gianni me escucha con las gafas en la punta de la nariz y la libreta de tapas negras abierta. Cuando termino, cierra la libreta.
—Lo sapevo —dice.
Lo sabía.
En esta ciudad todo el mundo lo sabe todo antes de que yo lo diga. Empiezo a pensar que se me nota en la cara, como dice Chiara, como si llevara un cartel.
—Tuo padre? —pregunta.
—Mi padre.
Gianni asiente. Despacio. Dos veces. Se quita las gafas y las limpia con el delantal, mucho rato, más del que hace falta.
—Bene —dice—. Brava.
Y no dice nada más. Se levanta a contar servilletas.
•
Los nueve días los vivimos enteros. Eso dijimos debajo del reloj, y lo hacemos.
No adelantamos el final. No hacemos como que no va a llegar. No hablamos de él todo el rato. Hacemos lo que haríamos cualquier semana de junio, pero despacio, con los ojos abiertos, como se come algo que sabes que no vas a volver a comer.
Trabajo en la trattoria. Friego. Pelo espárragos.
Corto tagliatelle, y ya no me salen gordas, me salen casi de ocho milímetros, y Matteo las mide con los ojos entrecerrados y dice «quasi» y se ríe.
Sergio me enseña tres palabrotas nuevas en dialecto, por si acaso, para el viaje.
Pino el del ojo de cristal viene a comer el miércoles y me trae una estampita de la Virgen de San Luca, la del final de los seiscientos sesenta y seis arcos, para que me proteja en el avión.
El martes por la noche vamos al cine al aire libre de la plaza grande, que empieza en junio y dura todo el verano: una pantalla enorme delante del palacio del ayuntamiento, miles de sillas de plástico, gente sentada en el suelo, en los escalones de la iglesia sin terminar, con bocadillos y botellas.
Ponen una película en blanco y negro de hace setenta años, con subtítulos en inglés que no leo.
No me entero de nada. Me paso dos horas con la cabeza en el hombro de Matteo, mirando la pantalla y mirando la plaza, las torres, el cielo de junio que no termina de hacerse de noche, y pensando que en septiembre, en la primera semana, esta plaza me parecía un río de gente que no me miraba,
y ahora me parece un salón.
El jueves por la noche, en la Bolognina, Matteo me da una cosa.
Una cajita pequeña, de cartón, de las de los anillos. Me asusto. Él ve que me asusto y se ríe tanto que se tiene que sentar.
—Aprila —dice—. Ábrela. No es lo que crees.
La abro.
Dentro, sobre un trozo de algodón, hay una tira de papel dorado. Papel de aluminio de color oro, el de envolver bombones, recortado en una tira fina, muy recta, larga como un dedo. Y alrededor de la tira, doblada con mucho cuidado, una etiqueta escrita con su letra de comandas: 8 mm.
La tagliatella de oro.
—Te dije que te llevaba a verla —dice—. Nunca te llevé. Está en un edificio que solo abre cuando le da la gana. —Se encoge de hombros—. Así que te la hice.
La miro. Está cortada perfecta. Ocho milímetros exactos. La ha medido con una regla, seguro. Seguro que ha tardado una hora.
No le digo nada. No puedo. La cierro en la cajita y me la guardo en el bolsillo del pantalón, y durante el resto de la noche la toco a través de la tela, de vez en cuando, para comprobar que sigue ahí.
•
El viernes veintitrés baja Rosa.
Baja a las tres, como siempre, con la bata planchada y el moño bajo. Hace el volcán de harina. Casca los huevos. Amasa.
No me mira. Llevo un mes sin que me mire.
Desde la inspección. Desde el clic suave de su puerta en el primer piso.
Estoy en la mesa de al lado pelando cebollas, con los ojos llorando por las cebollas y por otras cosas, y Rosa hace la sfoglia como la ha hecho cada viernes, de principio a fin, con su ritmo de respiración, sin mirar hacia donde estoy.
Cuando termina, cuando la sfoglia cubre la tabla entera, amarilla, fina, con las vetas de la madera viéndose a través, Rosa hace algo que no ha hecho nunca.
Limpia el rodillo.
Lo limpia con un trapo seco, despacio, quitándole la harina de toda la superficie, de punta a punta, como quien limpia algo que se va a guardar. Luego lo envuelve en un paño de cocina de cuadros rojos y blancos. Luego se levanta. Luego viene hacia mí.
Me levanto. Con el cuchillo de las cebollas en la mano. Lo dejo en la mesa.
Rosa se para delante de mí. Me mira. A la cara. Con los ojos de Matteo quietos. Por primera vez en un mes.
Y me da el rodillo.
Me lo pone en las manos, envuelto en el paño, con las dos suyas encima de las mías, como el domingo de Pascua sobre la tabla. Pesa. Pesa más de lo que parece, como la primera vez.
—Era di mia madre —dice.
Era de mi madre.
Me quedo sin respiración.
—Signora, no… No puedo…
—Sì che puoi.
Sí que puedes.
La miro. Miro el rodillo, envuelto en cuadros rojos y blancos.
Casi un metro de madera clara, gastada en el centro por más de cincuenta años de manos.
Las manos de una mujer que llegó de Ferrara con veinte años sin conocer a nadie.
Las de su hija, que aprendió la sfoglia antes de aprender a leer.
Y las mías, durante unos cuantos viernes, mal, con las suyas encima.
—¿Por qué? —digo, en español, porque no me sale en italiano.
Rosa me entiende. Rosa, que no habla una palabra de español, me entiende.
Lo piensa un momento. Luego me coge una mano, la derecha, y le da la vuelta, con la palma hacia arriba.
Me la mira. La mira como miraba la sfoglia a contraluz, buscando las vetas de la madera.
Mira la cicatriz rosa de la quemadura de febrero, que tengo en el dorso y que ahora queda hacia abajo.
Mira los dedos, que tienen cortes pequeños del estropajo de alambre y de los cuchillos y de ocho meses de cocina.
—Perché le mani sono giuste —dice.
Porque son las manos que tienen que ser.
Y me suelta la mano. Y se da la vuelta. Y vuelve a la tabla, donde la sfoglia la espera, y coge el cuchillo grande, y empieza a cortar tagliatelle, a mano, sin rodillo, porque ya no tiene rodillo, porque me lo ha dado a mí.
No dice nada más. Ni ese día ni nunca.
No sé si me está diciendo que me quede. No sé si me está diciendo que me vaya. No sé si me está perdonando por la inspección o si nunca me culpó y yo lo entendí mal. No sé si el rodillo es para que haga la sfoglia en Murcia o para que vuelva un día a hacerla aquí.
Con Rosa nunca se sabe a quién.
Pero sé una cosa. Sé que me ha mirado las manos y le han parecido buenas. Y que en toda mi vida nadie me había mirado las manos así, como se mira algo que sirve, y que eso, venga de donde venga, vaya adonde vaya, me lo llevo.
•
El sábado, a las doce y media, Gianni me da el último sobre.
No es un sobre. Es una nómina. De verdad. En papel, con membrete, con mi nombre, con las horas, con los descuentos de la seguridad social italiana que no sé qué son. Mi primera nómina en otro idioma. La leo tres veces en la mesa del fondo.
Y debajo de la nómina, grapado, un papel pequeño con la letra grande de Gianni:
La porta della cucina non ha chiave.
La puerta de la cocina no tiene llave.
Levanto la vista. Gianni está en la barra, contando servilletas, de espaldas.
—Gianni…
—Zitta.
Y no se gira. Pero le veo los hombros, enormes, debajo del delantal, y no se mueven al ritmo de las servilletas. Se mueven a otro.