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El tren de Chiara a Bari sale el domingo dieciocho de junio a las siete y veinte de la tarde, del andén dieciséis, que está bajo tierra, en la parte nueva de la estación, un túnel enorme de hormigón y cristal donde los trenes rápidos llegan y se van sin hacer ruido.
La acompañamos Matteo y yo. Llevamos su maleta, que pesa como un muerto porque se lleva a Bari los libros de todo el curso para estudiar en verano, y que no ha querido facturar porque en su familia nadie factura nada.
Nacho no viene. Se despidieron anoche, en la plaza, a su manera, que yo no vi y que Chiara no me ha querido contar, y esta mañana Chiara tenía los ojos hinchados y ha dicho que era alergia.
En el andén, Chiara me abraza.
No es un abrazo de Chiara. Chiara abraza de lado, rápido, con un golpe en la espalda, como los hombres de su tierra. Este es otro. Largo. Apretado. Con la cara en mi hombro. Con el lápiz del pelo clavándoseme en la mejilla.
—Ti ho detto pigrizia —me dice al oído, en italiano—. Te dije pereza.
—Ya.
—No lo era. —Se aparta. Me mira con la cara de estar leyendo un libro que ya se ha leído, y esta vez el libro le gusta—. Lo sé. Ayer te vi volver de via Piella. Tenías otra cara.
No le he dicho nada. A nadie. Y lo sabe.
—Scrivimi —dice. Escríbeme—. Y el año que viene, si estás en Murcia, voy a verte. Tengo que ver ese mar con valla.
Sube al tren. Se sienta junto a la ventanilla. No pega la mano al cristal, como Ingrid; Chiara no hace esas cosas. Levanta el libro que lleva en la mano, el mismo que llevaba contra el pecho el primer día, en bata, en la puerta del cuarto, y me lo enseña a través del cristal como un saludo.
El tren se va sin ruido. Como se van los trenes de verdad.
•
Subimos a la calle. A la parte vieja de la estación, a la plaza de delante, a la fachada de color crema.
Y nos sentamos en el bordillo de la acera, debajo del reloj.
No lo decido. Nos sentamos ahí porque es donde nos hemos parado.
Pero cuando levanto la vista, ahí está: redondo, encima de la entrada, con las agujas quietas en las diez y veinticinco, como el primer día, como siempre.
La gente pasa por debajo con maletas, sin mirarlo, como el primer día.
Y yo ahora sé por qué no lo miran. Y sé que lo ven igual.
Matteo está a mi lado, con los codos en las rodillas, mirando la plaza.
—Matteo.
No me mira.
—Lo so —dice.
Lo sé.
Me quedo con la boca abierta.
—No te lo he dicho.
—No hace falta. —Sigue mirando la plaza—. Chiara lo ha visto en tu cara. Yo también. Ayer. Cuando volviste de via Piella. —Se ríe, sin ganas—. Tienes cara de haber cortado el plano.
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Y ahí hablamos. Por fin. De lo único de lo que no hemos hablado desde la mesa redonda con los dos cafés.
Le cuento lo que decidí en la ventanita. Todo. Lo de mi padre, lo de devolver, lo de no renunciar. Lo de que puedo vivir en otro sitio, y que justo por eso puedo volver. Se lo cuento despacio, en español y en italiano, sentada en un bordillo, debajo de un reloj parado.
Matteo me escucha. No me interrumpe.
Y cuando termino, no dice nada durante mucho rato.
Y luego dice:
—No te voy a pedir que te quedes.
—Ya lo sé.
—No. Escucha. —Se gira por fin. Tiene los ojos rojos—.
No te lo voy a pedir. Nunca. Te lo dije.
Pero no es porque no quiera. —Se para. Busca las palabras.
Las encuentra—. Quiero que te quedes. Lo quiero con todo.
Llevo tres semanas sin dormir queriéndolo.
Quiero despertarme el veintiocho de junio y que estés.
Quiero ir a la boda de Davide contigo. Quiero que hagas la sfoglia con mi madre los viernes aunque la hagas fatal.
—Se ríe, y la risa se le rompe por la mitad—.
Lo quiero. No te lo pido. Pero lo quiero. Y no quería que te fueras sin saberlo.
No puedo hablar.
Tengo la mano en la boca. Como con mi padre. Y por la cara me cae algo que no es sudor, aunque hace calor, aunque es junio.
Y cuando puedo hablar, le digo lo único que tengo, que es lo mismo, pero al revés.
—¿Y por qué no vienes tú?
Matteo se queda quieto.
—A Murcia —digo—. Hay trattorias en Murcia.
Hay restaurantes. Hay cocina. Podrías… —Y me paro.
Porque le veo la cara. Porque sé lo que hay detrás de esa cara: una mujer de Ferrara que llegó con veinte años y abrió una trattoria sola, una tabla de madera, una tagliatella de oro en una vitrina, una libreta de tapas negras que Gianni le está enseñando a leer.
No me voy a ir nunca de Bolonia. Me lo dijo en el arco cuatrocientos doce, como quien dice de qué color tiene los ojos.
—No te lo voy a pedir tampoco —digo—. Que vengas. No te lo voy a pedir.
—Lo so.
—Pero lo quiero. —Me tiembla todo—. Quiero que vengas.
Quiero que veas el Mar Menor. Quiero que conozcas a mi padre.
Quiero que te sientes en el escalón. Quiero que me hagas ragú en la cocina de la recepción, que es una mierda de cocina, con dos fuegos y una sartén.
Lo quiero. No te lo pido. Pero lo quiero.
•
Y nos quedamos ahí.
Dos personas sentadas en un bordillo, debajo de un reloj parado, que se quieren y que quieren cosas que no se van a pedir.
Que ninguna de las dos quiere ser la que pide el sacrificio.
Que ninguna de las dos quiere que la otra renuncie a su sitio.
Porque las dos sabemos, lo sabemos desde la noche de la nieve, desde «tengo fecha de caducidad» y «yo también sé contar», que el que renuncia a su sitio por el otro acaba odiándolo.
Lo sabe él por su abuela, que se quedó sola porque un hombre se fue a Alemania.
Lo sé yo por mi madre, que se fue y prometió volver.
No hay traición. No hay nadie más. No hay ningún secreto, ni ninguna mentira, ni ningún vídeo. Hay dos vidas que van a sitios distintos. Y ya.
Y es lo que más me ha dolido en toda mi vida.
Más que el pasillo de Espinardo. Más que el móvil entre dos libros.
Más que mi madre en la puerta con la maleta.
Porque aquello fue algo que me hicieron.
Y esto no me lo hace nadie. Esto lo elijo yo.
Y él lo elige también. Y elegirlo, sabiendo lo que duele, con los ojos abiertos, es lo más difícil que he hecho nunca.
Matteo me coge la mano. Encima del bordillo. Como encima del cuchillo el día de las tagliatelle. Sin apretar.
No decimos nada durante mucho rato. La plaza se va vaciando.
El sol se va poniendo detrás de los edificios y la fachada de la estación se pone naranja, y el reloj se pone naranja, y las agujas siguen en las diez y veinticinco, sin moverse, porque alguien decidió hace cuarenta y ocho años que esa hora no se podía olvidar.
—Nueve días —dice él al final.
—Nueve días.
—¿Qué hacemos con nueve días?
Lo pienso. Miro el reloj.
—Vivirlos —digo—. Enteros. Sin adelantar el final.
Matteo asiente, despacio, muy serio, como cuando le digo que he cortado las tagliatelle demasiado anchas.
—Va bene —dice.
Y se levanta del bordillo, y me tiende la mano, y me levanta a mí, y nos vamos andando hacia la Bolognina por el puente de las vías, con los trenes pasando por debajo, hacia el norte y hacia el sur, sin decir nada más, con las manos cogidas, y yo no miro atrás, hacia el reloj, porque no hace falta:
ya sé qué hora marca, y sé que la va a seguir marcando cuando yo me vaya, y que eso, de alguna manera que todavía no sé explicar, me consuela.