Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 42
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El sábado diecisiete de junio, a las siete de la mañana, antes de que la ciudad se despierte, voy a via Piella.

No se lo digo a nadie. Matteo duerme en la Bolognina.

Chiara duerme en via Zamboni, con las maletas medio hechas para Bari, que se va mañana.

Salgo sola, por los soportales vacíos, con el sol ya alto porque en junio en Bolonia amanece a las cinco y media, y ando hacia el norte, por las calles estrechas, lejos de los turistas, hasta la calle corta y sin nada especial con la pared lisa de color ocre.

A las siete no hay nadie. Ni un japonés. Ni un señor que carraspee.

Me pongo delante de la ventanita. La contraventana de madera del tamaño de un libro abierto, cerrada.

La abro.

•

El canal sigue ahí.

Verde, rápido, bajando entre las dos filas de casas viejas con las paredes desconchadas, con la ropa tendida en los balcones, con los geranios, que ahora en junio están enteros de flores rojas.

Bajando con prisa, como en septiembre, con el mismo ruido que no se oye desde la calle, y desapareciendo más allá, debajo de otra casa, tragado por la ciudad.

Y ahora sé de dónde viene. De una presa de seiscientos años, en un pueblo a veinte minutos en autobús, donde un río marrón se derrama entero sobre un escalón de piedra con un ruido que llena el valle.

Ahora sé que es la misma agua. Que lo que corre aquí, tapado, verde, obediente, es lo que allí era espuma.

Que para llegar hasta esta ventana ha tenido que dejar que alguien lo desviara, lo encauzara, lo metiera debajo de las calles.

Y sé adónde va. Eso no lo sabía en septiembre. Chiara me lo dijo en marzo, en la cocina, sin darle importancia: que los canales de Bolonia salen de la ciudad por el norte y se juntan con otro canal, y otro, y otro, y acaban otra vez en el Reno, el mismo río de la presa, y el Reno acaba en el mar.

Esta agua va al mar. Tapada, a oscuras, debajo de las calles, pero va al mar.

Hugo me lo dijo en septiembre, en un mensaje, la noche que le mandé la foto movida de esta misma ventana. Esa va rápida. Tiene prisa por llegar a algún sitio.

•

Me apoyo en la pared, con los codos en el alféizar de la ventanita, mirando el agua.

Y pienso. Por última vez. Con todo encima de la mesa, como Matteo pone los ingredientes antes de cocinar.

Pienso en la Bolognina. En el cepillo de dientes azul apoyado en el verde.

En la toalla naranja que alguien compró en enero sin decírmelo.

En el calor del radiador. En los trenes cruzando el techo.

En «si es no, es no». En «no te voy a preguntar nunca».

En un hombre que me dijo ti amo sabiendo el día y la hora.

Pienso en Rosa. En sus manos sobre las mías en el rodillo. En è rimasta. En su madre, que llegó de Ferrara con veinte años y se quedó. Y pienso que yo no soy Ines. Que Ines se quedó porque no tenía adónde volver, o porque no quería, o porque se enamoró, no lo sé. Y que yo sí tengo adónde volver.

Pienso en Chiara. Pigrizia. Y en que tenía razón en una cosa: que quedarme sería fácil de mirar. Que aquí no tendría que mirar nunca el escalón.

Pienso en el profesor de las gafas redondas. En un documental. En alguien que sepa dónde cortar.

Pienso en mi padre. En «no tengo, hija». En «quédate, que aquí no hay nada». En dos meses solo en un camping cerrado, arreglando cosas que no hacía falta arreglar para tener algo en las manos. En un señor de Cartagena con un coche grande que dice que le hace un favor. En la depuradora apagada.

Y pienso en el chico del andén. El de mi montaje. El que espera a alguien que no llega y al final se levanta, coge su mochila y sale de plano por la izquierda.

Y lo sé.

•

No es una decisión que tome. Es una decisión que ya estaba tomada y que por fin miro de frente, como se mira el agua de esta ventana: sin taparla, sin cerrar la contraventana, sin fingir que no está.

Me vuelvo.

No porque me lo pida mi padre. Mi padre me pide lo contrario.

No porque tenga que hacerlo. No tengo que hacerlo; tengo un contrato, un profesor, una casa con calefacción y un hombre que me quiere.

No porque sea lo correcto, ni lo responsable, ni lo que haría una buena hija, que son cosas que no sé muy bien qué significan.

Me vuelvo porque quiero volver.

Porque este año he aprendido que puedo vivir en otro sitio.

Que puedo ser otra persona y seguir siendo yo.

Que puedo hablar otro idioma, trabajar en otra cocina, querer a alguien en otro país, sin que se me caiga nada.

Que casa no es el único sitio posible. Y justo porque lo he aprendido, porque ya sé que podría quedarme, puedo volver sin que sea una derrota.

Sin que sea el miedo. Sin que sea no atreverme.

Vuelvo a devolver. A sentarme en el escalón con mi padre un domingo a las nueve y cinco, en persona, sin teléfono.

A abrir la recepción por las mañanas para que él pueda ir al banco.

A mirar las cuentas con él, que yo sé cuadrar una caja desde los diecisiete años.

A decirle al señor de Cartagena que no, con él, al lado.

A terminar la carrera en Murcia, en Espinardo, en la facultad donde se giraban las cabezas, y a entrar por el pasillo con la cabeza alta, porque ya no me da miedo que me miren.

Y vuelvo sin prometerle a nadie que voy a volver aquí.

Eso también lo decido ahora, delante del agua.

No voy a prometer nada. Mi madre se fue prometiendo que volvía, y no volvió, y yo me pasé años esperándola en un banco.

No le voy a hacer eso a nadie. Si algún día vuelvo a Bolonia, será porque vuelvo. No porque lo prometí.

•

Cierro la ventanita.

La vuelvo a abrir. El agua sigue ahí. Verde, con prisa.

La cierro otra vez.

Y me quedo un momento con la mano apoyada en la madera de la contraventana, caliente ya del sol de junio.

No se lo he dicho a nadie. No se lo voy a decir a nadie hasta mañana.

Es mío. Es la primera decisión grande de mi vida que es mía entera, desde el principio hasta el final, sin que nadie me la pida ni me la quite ni me la conteste por mí.

Y en vez de miedo, lo que siento es una cosa que se parece mucho a lo que sentí en la presa de Casalecchio con los pies en el agua helada: como sacar la cabeza después de mucho rato debajo del agua, y respirar, y ver el cielo, y saber, por fin, hacia dónde está la orilla.