Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 41
84%

41

Estudio de noche, en la cocina de Da Ines, después de cerrar.

Es idea de Gianni. Me ve la primera semana de junio con los apuntes de Montaje entre las servilletas de la mesa del fondo, en el descanso de las cuatro, subrayando con un rotulador casi seco, y al día siguiente, a la una de la mañana, cuando todos se van, me da las llaves.

—Studia qui —dice—. Estudia aquí. Hay luz. Hay café. Y no hay una sueca que llame a la puerta.

No sé de dónde ha sacado lo de la sueca. Sí lo sé. Sergio.

Así que estudio en la cocina. Con la persiana bajada, como la noche de la nieve.

Con la luz de los fluorescentes, que zumban.

Con los apuntes encima de la mesa de mármol, al lado de la tabla de la sfoglia, y el portátil que me ha prestado Chiara con las prácticas de montaje abiertas en la pantalla.

De una a cuatro. Todas las noches. El lavavajillas enfriándose con su tic tic de metal. El grifo que gotea. Nada más.

Matteo se queda las primeras noches. Se sienta en un taburete, al otro lado de la mesa, y no dice nada, y me hace un café a las dos y otro a las tres.

A partir del jueves le digo que se vaya a dormir, que no hace falta, y se va, y la noche siguiente, a las dos en punto, alguien llama a la persiana con los nudillos, y es él, con un café de la máquina del bar de al lado en un vaso de cartón, y se va otra vez sin entrar.

No hablamos de la propuesta. No hablamos de junio. Desde la noche del cacao no hemos hablado de nada que tenga fecha. Pero algo ha cambiado. No sé qué. Algo más quieto, más tranquilo. Como si los dos supiéramos que la conversación que falta va a llegar, y que no hace falta ir a buscarla.

•

El examen de Montaje es el lunes doce de junio a las diez de la mañana.

No es como el de Historia del cine. No hay pajarita ni despacho con olor a pipa. Es en la sala de los ordenadores, la de las prácticas, con el profesor de las gafas redondas sentado en una mesa al fondo y los alumnos entrando de uno en uno, con un pendrive en la mano.

Porque el examen es montar. Eso es lo que me salva.

Hay una parte oral, preguntas sobre teoría, sobre los grandes montadores, sobre el corte invisible y el corte que se ve, y esa parte la he estudiado de noche en la cocina de Da Ines hasta que me la sé en italiano mejor que en español.

Pero la parte principal es enseñar un montaje tuyo.

Una pieza de tres minutos, montada con el material de las prácticas, y explicarla. Por qué cortas donde cortas.

La mía es la del chico de la estación.

La de marzo, la del jueves en que volví a clase después de la conversación con Elena.

Un chico en un andén esperando a alguien que no llega.

Material de otro, grabado por otro, que yo he cogido y he cortado y he vuelto a cortar durante tres meses, de noche, en el portátil de Chiara, en la cocina de la trattoria, en la cama de la Bolognina con Matteo dormido al lado.

La he cambiado mucho. En marzo el chico esperaba y nadie llegaba.

Ahora el chico espera, y en el último plano, en los últimos tres segundos, se levanta.

No llega nadie. Pero él se levanta, coge su mochila, y se va.

Sale de plano por la izquierda. Y el andén se queda vacío, con el tren parado, con las puertas abiertas.

No sé por qué lo cambié. Sí lo sé.

Lo enseño. Tres minutos. El profesor lo ve en silencio, con los brazos cruzados, inclinado hacia la pantalla. Cuando el chico se levanta y sale de plano, el profesor descruza los brazos.

Me pregunta por qué ese corte. Por qué el chico se va sin que llegue nadie.

Y le contesto en italiano. Mal. Con mi acento de cocina.

Le digo que en marzo el chico esperaba, y que me parecía bonito, lo de esperar.

Que esperar es lo que hace la gente en las películas y en las canciones.

Y que luego me di cuenta de que llevaba mucho tiempo mirando a gente que espera, y de que no quería que el chico se quedara en ese andén para siempre.

Que el plano tenía que acabarse. Que el corte no es cuando llega alguien.

Que el corte es cuando uno decide que ya no espera más.

El profesor me mira un rato largo por encima de las gafas redondas.

—Ventotto —dice.

Veintiocho. Sobre treinta.

—Lo accetta?

Tardo un segundo en entenderlo. Luego me río, sola, en la sala de los ordenadores, delante de él.

—Sì. Lo accetto. Grazie.

Y antes de dejarme ir, cuando ya estoy en la puerta, me dice:

—Signorina. L'anno prossimo? —¿El año que viene?—. Se resta a Bologna, venga a trovarmi. Ho un progetto. Un documentario. Mi serve qualcuno che sappia dove tagliare.

Si te quedas en Bolonia, ven a verme. Tengo un proyecto. Un documental. Necesito a alguien que sepa dónde cortar.

Me quedo en la puerta con el pendrive en la mano.

—Non lo so —digo—. No lo sé todavía.

Él asiente, como si fuera una respuesta perfectamente razonable. Y me deja ir.

•

Veinte créditos.

Lo escribo en la nota del móvil esa noche, en la cocina de Da Ines, con la persiana bajada. Debajo del Dieciocho créditos de septiembre y del 14 de enero. 20. Y lo miro mucho rato. Veinte. Dos más de los que hacían falta.

No me presento a Semiótica. Ya no me hace falta, y no la entiendo, y el catorce de junio a las nueve de la mañana, a la hora del examen, estoy dormida en la Bolognina, y no me arrepiento.

•

El viernes dieciséis Elena Baldini me firma el certificado.

Es una hoja en italiano, con el escudo de la universidad arriba, con mis cuatro asignaturas: tres aprobadas, una en blanco. Con los créditos. Con las notas. 27. 18. 28. Con un espacio al final para la firma de la coordinadora.

Elena lo firma con una pluma de tinta azul, despacio, con una letra muy redonda. Luego le pone un sello. Luego lo mete en un sobre. Luego no me lo da: se queda con el sobre en la mano, mirándome, con las gafas colgando de la cadena de cuentas.

—Brava —dice.

—Gracias.

—No. Brava de verdad. —Me da el sobre—. En enero pensé que no llegabas.

—Yo también.

Elena Baldini se ríe con toda la cara. Luego se pone seria.

—El profesor de Montaje me ha escrito —dice—. Dice que te ha ofrecido algo.

—Sí.

—¿Y?

—Y no lo sé.

Elena asiente. Despacio. Dos veces. Como Gianni con la libreta.

—Me dijiste en septiembre que no te asustaba —dice—. Lo de la beca. ¿Te acuerdas?

—Me acuerdo.

—Mentías.

—Sí.

—Bene. —Se pone las gafas—. Ahora ya no mientes. Eso es lo que has aprendido aquí. Lo demás, lo de dónde cortar, ya lo sabías.

Salgo del palacio de via Barberia con el sobre en la mano. Bajo la escalera de mármol. Paso por el patio de la palmera que plantaron en el siglo equivocado. Salgo a la calle, a los soportales, a un sol de junio que ya aprieta, y me quedo un momento debajo de un arco con el sobre contra el pecho.

Tengo veinte créditos. Tengo una beca que me van a pagar entera.

Tengo un contrato de trabajo con papeles hasta el treinta de junio.

Tengo un profesor que me ofrece un documental.

Tengo un hombre que me ofrece una casa y no me va a preguntar nunca si la quiero.

Tengo un billete de avión para el veintisiete.

Tengo un padre en un escalón que me pide que me quede.

Tengo todo lo que hace falta para decidir. Por primera vez en mi vida, lo tengo todo. Y nadie va a decidir por mí.