Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 40
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Da Ines reabre el martes veintitrés de mayo, y ese mismo martes por la mañana firmo mi primer contrato en otro idioma.

Lo firmo en la oficina de la gestora de Gianni, una señora de sesenta años con el pelo cardado y las uñas de color berenjena, en un entresuelo de via Ugo Bassi con olor a papel y a colonia.

Gianni se sienta a mi lado, apretado en una silla de oficina que le queda pequeña, con la libreta de tapas negras en las rodillas, y va leyendo conmigo cada hoja, señalando con el dedo enorme, explicándome las palabras que no entiendo con su español de turista.

Contratto a tempo determinato. Part-time. Venti ore settimanali. Contrato temporal. Media jornada. Veinte horas a la semana. Hasta el treinta de junio.

Hasta el treinta de junio. Lo miro dos veces. Gianni lo ve.

—Poi vediamo —dice. Y se ríe solo, bajito, porque sabe lo que acaba de decir.

Firmo. Siete veces, en siete hojas. Con mi nombre entero, Nerea Baresa Escalante, con la letra que tenía en el instituto, que es la que me sale cuando estoy nerviosa. La gestora sella las hojas con un golpe seco. Me da una copia. Me da la mano.

—Benvenuta —dice.

Bienvenida. A qué, no lo sé. A la legalidad. A Italia. A tener derechos, que es algo que no sabía que me faltaba hasta que me lo han dado.

En la calle, Gianni me da una palmada en la espalda que casi me tira.

—Adesso sei della casa —dice.

Ahora eres de la casa.

•

La trattoria reabre a mediodía y a la una está llena.

Llena de los de siempre, que han vuelto todos, que traen flores y botellas de vino y abrazos, como si Gianni hubiera estado en el hospital.

La señora de la mesa cuatro trae un bizcocho.

Pino el del ojo de cristal trae una botella de algo sin etiqueta que Gianni esconde debajo de la barra.

Sergio va y viene por la ventana del pase más deprisa que nunca, gritando en dialecto, con una sonrisa que no le cabe en la cara.

Yo friego. Con contrato. Con el delantal atado y la redecilla en el pelo y los papeles en el cajón de la caja, en la carpeta azul, con los de Matteo y Sergio y Gianni.

Y friego igual que antes, los mismos platos, el mismo lavavajillas que despega como un avión, las mismas sartenes con el fondo negro.

Pero no es igual. No sé explicar por qué.

Es como la diferencia entre estar en una casa y estar invitada en una casa.

El viernes veintiséis baja Rosa.

Baja a las tres, como siempre, con la bata planchada y el moño. Hace el volcán de harina. Casca los huevos. Amasa.

No me pone el rodillo en las manos.

No me mira. No me habla. Estoy a dos metros, en la mesa de al lado, pelando espárragos, y Rosa hace la sfoglia entera, de principio a fin, sin mirar hacia donde estoy ni una vez. Como si la mesa de al lado estuviera vacía.

Matteo dice que ya se le pasará.

Ya no le contesto.

•

Y Matteo no pregunta.

Desde el jueves cuatro, desde la mesa redonda con los dos cafés, han pasado tres semanas.

Tres semanas en las que me ha pasado todo: lo de mi padre, lo de Hans, lo de Santo Stefano, lo de Chiara, el contrato.

Tres semanas en las que Matteo lo sabe todo, porque yo se lo he contado, a trozos, en la cama, en la cocina, en el patio de la trattoria.

Y en tres semanas no me ha preguntado ni una vez por la propuesta.

Ni una. No me ha preguntado si lo he pensado.

No me ha preguntado qué voy a hacer. No me ha preguntado si me quedo.

Me ha dicho «si es no, es no» y se ha callado, y lleva tres semanas callado, cocinando, fregando, abrazándome por la noche sin despertarse, poniéndome crema en la cicatriz de la mano, haciéndome infusiones de naranja, y esperando.

Y eso me está volviendo loca.

No lo entiendo. Lo sé, pero no lo entiendo. Debería agradecerlo. Es lo que siempre he querido: alguien que no me presione, que no me pida nada, que no me ate, que me deje decidir. Es lo contrario de Aitor, que decidía por los dos. Es lo contrario de todo lo que me ha hecho daño.

Y me está volviendo loca, porque no sé si no pregunta porque me respeta o porque le da igual.

Porque cuando Kasper no preguntaba, era porque le daba igual.

Y porque hay una parte de mí, una parte vieja, de antes de Bolonia, de antes de Murcia, de antes de todo, que necesita que alguien la necesite.

Que se agarre. Que diga «no te vayas». Que se ponga delante de la puerta.

Matteo no se pone delante de ninguna puerta.

•

El domingo veintiocho, por la noche, en la Bolognina, le monto una pelea por nada.

Por nada. Lo sé mientras la monto. Lo sé con toda la claridad del mundo, y la monto igual, como quien ve que se va a caer por una escalera y no se agarra a la barandilla.

Es por el cacao. Ha movido el tarro de cacao en polvo de la estantería de los frascos a un armario. Para hacer sitio a unas especias nuevas que le ha traído Lukas de Berlín. Nada más. Un tarro de cacao de un sitio a otro.

Y yo le pregunto por qué lo ha movido. Y él me dice que para las especias.

Y yo le digo que por qué no me ha preguntado.

Y él me mira sin entender. Y yo le digo que es mi cacao, que es lo único mío que hay en esta cocina, que por qué lo ha escondido en un armario.

Y él me dice que no lo ha escondido, que está ahí, en el armario de abajo, que lo puedo ver.

Y yo le digo que no es eso. Y él me pregunta qué es, entonces. Y yo no lo sé. Y le grito.

Le grito. En su cocina. En español. Que nunca me pregunta nada.

Que le da igual todo. Que lleva tres semanas sin preguntarme si me quedo, como si le diera igual que me quede o que me vaya.

Que es como un lago, como Kasper, que no se mueve nunca.

Que qué le pasa. Que si no le importo. Que si quiere que me vaya, que me lo diga.

Matteo me escucha gritar sin decir nada. Con las manos en la encimera. Con la cara muy quieta.

Y cuando termino, cuando me quedo sin aire y sin palabras en medio de su cocina, con el tarro de cacao en la mano, porque en algún momento lo he sacado del armario, él no grita.

Matteo no grita nunca. Pero habla con una voz que no le he oído, que es la voz del patio cuando le habló a Gianni de su abuela, baja y dura, con algo debajo.

—Non ti chiedo niente —dice— perché se ti chiedo, rispondi per me.

No te pregunto nada porque si te pregunto, me contestas a mí.

Se me queda el aire en la garganta.

—E devi rispondere per te —dice—. Y tienes que contestarte a ti.

Lo dice en italiano y en español. Despacio. Mirándome.

—Si te pregunto, y me dices que te quedas, no sé si te quedas por mí.

Y si te quedas por mí, en un año me odias.

—Se aparta de la encimera—. Así que no te pregunto.

Aunque me muera. Aunque lleve tres semanas sin dormir.

—Me quita el tarro de cacao de la mano, con cuidado, y lo deja en la estantería de los frascos, en su sitio de antes, al lado de las especias de Berlín—. No te voy a preguntar nunca.

Y sale de la cocina. Y le oigo en el baño, el grifo abierto, mucho rato.

•

Me quedo sola en la cocina, con el tarro de cacao en la estantería y los trenes cruzando al otro lado de la ventana.

Y lo veo. Lo veo como lo vi con mi padre, entero, de golpe.

Que no soporto a alguien que no me necesita.

Que me he pasado la vida pegándome a gente que estaba a punto de irse, o que me hacía sentir que estaba a punto de irse, porque así sabía dónde estaba: en el sitio de la que espera, de la que se agarra, de la que hace lo que sea para que no se vayan.

Como con mi madre, que se fue diciendo que volvía.

Como con Aitor, que siempre parecía a punto de dejarme.

Y que el primer hombre que no se va, que no amenaza con irse, que no me necesita para seguir en pie, que me deja la puerta abierta y se sienta a esperar, me parece que no me quiere.

Y es al revés. Es justo al revés.

Me quedo en la cocina hasta que el grifo del baño se cierra. Luego voy. Llamo a la puerta con los nudillos, tres golpes, como Chiara. Él abre. Tiene los ojos rojos.

No le pido perdón. Todavía no sé cómo se pide perdón por esto. Le abrazo. Y él me deja, y me abraza también, y nos quedamos así en la puerta del baño, y no decimos nada, y por la ventana pasa un tren hacia el sur, hacia el mar, sin hacer ruido, porque el cristal es doble.