Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 39
80%

39

Chiara lo sabe todo desde el martes, porque en Bolonia todo el mundo lo sabe todo y porque Matteo le preguntó en marzo lo del traslado de expediente. Pero no dice nada hasta el jueves.

El jueves dieciocho, a medianoche, estamos las dos en la cocina de via Zamboni.

Ella con un libro, yo con los apuntes de Montaje, las dos con una infusión que se ha quedado fría.

Llevamos una hora sin hablar. Es un silencio bueno, de los nuestros, el de ocho meses de compartir cocina.

El termómetro de la farmacia de Bari marca veintidós grados, que es lo más que ha marcado nunca.

Y Chiara cierra el libro.

—¿Qué vas a hacer?

Levanto la vista de los apuntes.

—No lo sé.

—Sì che lo sai.

Sí que lo sabes.

—No lo sé, Chiara.

Chiara se quita las gafas que esta vez sí lleva. Las deja encima del libro. Me mira con esa cara suya, la de estar leyendo un libro que ya se ha leído. Pero hoy no parece que el libro le guste.

—Te lo voy a decir una vez —dice. En italiano, despacio, para que lo entienda entero—. Y no te lo voy a repetir. Y te vas a enfadar.

—Dilo.

Chiara coge aire.

—Quedarse por amor a los veintiún años no es romanticismo. È pigrizia. Es pereza.

•

Me quedo mirándola.

—¿Pereza?

—Pereza. —No aparta la vista—. Matteo es mi amigo.

Lo quiero mucho. Es el mejor hombre que conozco, y conozco a muchos, porque soy prima de media Bolonia.

Pero si te quedas, no te quedas por él. Te quedas porque aquí nadie sabe quién eres.

Porque aquí es fácil. Porque tienes una cocina y una casa con calefacción y un hombre que no te pregunta nada que no quieras contestar.

—Hace una pausa—. Y porque allí tienes un padre en un escalón con un problema, y es más fácil no mirarlo.

—Eso no es verdad.

—Es verdad. —Se inclina hacia mí—. Llevas ocho meses aquí.

Te he visto llegar con dos maletas y una cara de haberte escapado de una cárcel.

Te he visto no querer que nadie supiera quién eras.

Te he visto esconderte de los españoles, esconderte de las fotos, esconderte del mar.

—Toca la mesa con el dedo—. Y ahora quieres esconderte en una trattoria.

Para siempre. Con un nombre nuevo. La spagnola.

La que se quedó. Como la abuela de Matteo.

—Tú no sabes nada.

—Sé lo que es irse para no ver algo. —Chiara no levanta la voz. Nunca la levanta. Por eso duele más—. Yo me fui de Bari para no ver a mi madre. Siete horas en tren. Y cada dos domingos viene igual. —Se ríe, sin gracia—. No se puede ir uno tan lejos que no le alcance lo que deja.

•

Y me enfado.

Me enfado como no me he enfadado en todo el año.

Me enfado con la voz, con las manos, con todo el cuerpo.

Me levanto de la silla. Le digo que no tiene ni idea.

Le digo que ella no sabe lo que es tener un padre que te llama todos los domingos desde un escalón para mentirte.

Le digo que ella tiene una madre abogada perfecta que le paga el piso, y que no sabe lo que es contar monedas en una mesa de cocina.

Le digo que no es pereza, que es lo contrario de pereza, que quedarme sería lo más difícil que he hecho en mi vida.

Le digo que ella qué sabe, que tiene veintitrés años y se esconde en los libros, que se esconde en Letras, que se esconde en Bolonia, que se esconde de su madre, que quién es ella para hablarme a mí de esconderse.

Lo digo en español. Todo. Deprisa. Con mi acento de mar enfadado, que hoy no es una forma de hablar, es lo que soy.

Chiara no entiende la mitad. Lo sé. Pero entiende el tono. Y entiende la última frase, porque la digo mirándola a la cara.

Se queda callada. Se pone las gafas. Abre el libro.

—Hai ragione —dice, sin levantar la vista—. Tienes razón. Yo también me escondo.

Y pasa una página.

—Pero eso no quiere decir que yo no tenga razón también.

•

Esa noche duermo en la Bolognina. Y la siguiente.

No le cuento a Matteo lo de Chiara. No le cuento nada. Llego a la una, me meto en la cama, me abraza sin despertarse del todo, y me quedo despierta mirando las luces de los trenes en el techo, dándole vueltas a una palabra en italiano.

Pigrizia.

No es pereza. Me lo repito toda la noche.

No es pereza. Quedarme sería difícil. Sería otro idioma.

Otra ciudad. Otra carrera, con los papeles del traslado y los meses de espera.

Otro trabajo, aunque sea el mismo, con contrato.

Otra familia, con una Rosa que no me mira desde la inspección.

Todo sería nuevo y todo sería difícil y nada de eso es pereza.

Y sin embargo.

Y sin embargo me acuerdo del primer día.

Del vestíbulo de la estación. De las once personas que no me miraban.

De la sensación de agua buena en el pie.

Nadie sabe quién soy. Me acuerdo de lo que sentí esa noche, comiendo pizza de patata debajo de un arco: que si nadie sabía quién era, tampoco me lo iba a decir nadie.

Y de lo aliviada que me sentí. Del descanso.

Y me acuerdo de mi padre diciéndome «quédate, que aquí no hay nada».

Y entiendo, a las cuatro de la mañana, con los trenes cruzando el techo, que Chiara tiene razón en una cosa.

No en todo. En una. En que es más fácil.

En que quedarme sería difícil de hacer, pero fácil de mirar.

En que aquí, con Matteo, en la Bolognina, en la trattoria, no tendría que mirar nunca el escalón.

No tendría que ver a mi padre desmontando bungalós.

No tendría que sentarme en la recepción delante del señor de Cartagena.

No tendría que volver al pueblo donde se giran las cabezas, ni a la facultad donde se giraban todas.

Podría no mirar nada nunca más. Y eso, sí. Eso sí se parece a la pereza.

•

El sábado vuelvo a via Zamboni.

Chiara no está. En la mesa de mármol de la cocina hay una cafetera de rosca preparada, sin encender, y debajo una nota, con su letra de Letras, apretada, en español, con faltas:

Enciende el fuego. Perdona lo de la pereza. No perdono lo demás porque es verdad. Estoy con Nacho en la plaza. Ven si quieres. C.

Estoy con Nacho.

Me río. Sola, en la cocina, con la nota en la mano. Me río tanto que me tengo que sentar.

Enciendo el fuego. Espero el café. Y cuando sube, me lo bebo mirando el termómetro de la farmacia de Bari, que marca veintitrés, y pienso que Chiara y yo nos hemos dicho lo peor que podíamos decirnos, y que las dos teníamos razón, y que ninguna de las dos se ha ido, y que eso,

después de un año de silencios, de conceptos de transferencia, de «tranquilo» y de «me sobra», es lo más parecido a una familia que he tenido en mucho tiempo.