38
A Matteo se lo cuento el martes, en los escalones de Santo Stefano, con los dos cafés de cartón, mientras la plaza se llena de sol.
Se lo cuento entero, igual que a Nacho, pero en tres idiomas y más despacio. Él escucha sin interrumpirme. Cuando termino, se queda mucho rato callado, mirando las siete iglesias, con el vaso vacío entre las manos.
—Tuo padre —dice al final. Solo eso. Tu padre.
Y me coge la mano.
No retira la propuesta. No me dice «entonces tienes que volver».
No me dice «entonces quédate, aquí no te va a faltar nada».
No me dice nada que me empuje hacia ningún lado.
Me coge la mano en un escalón de piedra y se queda conmigo, sin prisa, hasta que tiene que irse a ayudar a Gianni con los papeles.
•
Llamo a mi padre esa semana once veces.
Las cuento, porque soy así. El martes, tres. El miércoles, dos. El jueves, dos. El viernes, tres. El sábado, una, a las diez de la noche, y esa suena solo dos tonos y se corta, como si alguien la hubiera rechazado al otro lado con el dedo.
No lo coge ninguna vez.
Le escribo. «Papá, llámame.» «Papá, sé lo del banco.»
«Papá, no pasa nada, llámame.» «Papá, por favor.»
Los mensajes llegan. Los dos checks. El jueves se ponen azules, todos a la vez, a las tres de la mañana, que quiere decir que los ha leído a las tres de la mañana, despierto, sentado en algún sitio a oscuras. Y no contesta.
Hans me escribe el viernes, desde un número que no tengo guardado, en un español de traductor automático: «Tu padre sabe que yo te he dicho. No está enfadado conmigo. Está triste. Llamará el domingo. Hans».
Llamará el domingo.
•
El domingo catorce de mayo, a las nueve y cinco, suena el teléfono.
Lo cojo antes del primer tono.
—Papá.
Silencio.
No el silencio del principio de siempre. Otro. El silencio de alguien que ha preparado lo que va a decir y ahora no sabe por dónde empezar. Lo conozco. Es el mío. Es el que tuve yo el domingo pasado, con la espalda contra la cama, antes de decir cinco palabras.
—Hans te lo ha contado —dice por fin.
—Sí.
—Le dije que no.
—Ya lo sé.
—Le dije muy claro que no.
—Papá. —Me tiembla la voz y no me importa—. Papá, ¿por qué no me lo dijiste?
Y mi padre habla.
•
Habla una hora. Mi padre, que cuenta el camping en cinco frases, que dice «tranquilo» y «poca gente» y «venga», habla una hora sin parar, desde el escalón, con los grillos de fondo y sin la depuradora, con una voz que no le conozco, más baja, más lenta,
con pausas largas en las que respira como si subiera una cuesta.
Me cuenta lo que ya me contó Hans, pero en orden, y con cosas que Hans no sabía.
Que el préstamo lo pidió en septiembre de hace dos años, cuando la inspección de sanidad le dijo que o cambiaba la depuradora o le cerraban la piscina, y que sin piscina el camping no es nada.
Que aprovechó para pedir un poco más, lo de mi parte del piso de Murcia, porque no quería que me viera volviendo al pueblo por dinero.
Que el banco se lo dio con una facilidad que ahora entiende.
Que el verano fue malo, que vino la mitad de la gente, que los del norte todavía tienen miedo del Mar Menor aunque el agua ya esté limpia, que las noticias de los peces muertos se quedan en la cabeza de la gente más que las del agua clara.
Que en septiembre ya no le salían las cuentas.
Que en octubre me mandó trescientos y se quedó sin pagar la cuota.
Que en noviembre me mandó doscientos y se quedó sin pagar otra.
Que en enero el banco le embargó la cuenta.
—Y cerré —dice—. El dieciocho de enero. Puse un cartel en la puerta. «Cerrado por reformas.» —Se ríe, una risa pequeña, rota—. Reformas.
Que estuvo dos meses solo en el camping cerrado.
Que no se lo dijo a nadie. Ni a Chelo. Ni a Hans, que estaba en Holanda.
Que por las mañanas iba al banco y por las tardes arreglaba cosas que no hacía falta arreglar, para tener algo en las manos.
Que los domingos, a las nueve y cinco, se sentaba en el escalón, delante de la explanada vacía, sin una caravana, sin un coche, sin nadie, y me llamaba.
—Y tú me contabas lo de la nieve —dice—. Lo de la plaza con el muñeco. Lo de la presa esa. Y yo te oía, y te oía bien, y pensaba: está bien. Está bien, la chiquilla. Por fin está bien. —Silencio—. No te lo iba a quitar. No te lo iba a quitar por una deuda. Ya te quitaron bastante el año pasado.
No puedo hablar. Tengo la mano en la boca.
—Y el señor de Cartagena —digo, cuando puedo.
Silencio largo.
—Uno que quiere comprar —dice—. Que tiene hoteles en La Manga. Que dice que me hace un favor. —Otra risa pequeña—. Que me quita el problema de encima. Le he dicho que no. De momento le he dicho que no.
De momento.
•
Y luego le cuento yo.
Le cuento lo que le conté el domingo pasado, pero ahora lo escucha.
Lo de Matteo. Lo de la trattoria. Lo de la inspección.
Lo de la propuesta. El traslado, el contrato, la casa de la Bolognina.
Se lo cuento todo, otra vez, más despacio, y él escucha sin interrumpirme, y cuando termino se queda callado un rato, y luego dice una cosa que no me espero.
—Quédate.
Lo dice bajito. Firme.
—Papá…
—Quédate, hija. —Respira—. Que aquí no hay nada.
Y lo repite. Aquí no hay nada. Un camping embargado.
Una piscina cerrada. Dos bungalós menos.
Un señor de Cartagena con un coche grande.
Un hombre de cincuenta y un años sentado en un escalón.
Nada. Que no vuelva por él. Que no vuelva por el camping.
Que no vuelva por la deuda, que la deuda es suya, que él se la buscó y él la arregla.
Que si allí tengo un chico bueno, y un trabajo con papeles, y una ciudad que me gusta, y una carrera que puedo terminar, que me quede.
Que eso es lo que él quiere. Que es lo único que ha querido siempre: que yo esté bien.
Que yo pueda irme de donde sea sin que nada me ate.
—Tu madre se fue —dice, y es la primera vez en años que la nombra delante de mí sin que yo pregunte—.
Tu madre se fue y yo me quedé aquí y te crie aquí, y todo el rato pensaba que tú te ibas a quedar atada a esto como yo.
Al camping. A mí. —Silencio—. No quiero eso para ti.
No quiero que te quedes por mí. Quédate donde quieras quedarte.
•
No le digo nada. No le digo que sí, que me quedo.
No le digo que no, que vuelvo. Le digo que le quiero, que es algo que no nos hemos dicho nunca por teléfono, ni en persona tampoco, que yo recuerde, y él se queda callado un momento y luego dice «y yo a ti, hija», deprisa, como quien se quita una piedra del zapato, y colgamos.
Una hora y seis minutos.
Y me quedo sentada en el suelo de mi cuarto, con la espalda contra la cama, y de repente lo veo.
Lo veo todo, entero, de una vez, como se ve un montaje cuando por fin encuentras el sitio del corte.
Que mi padre ha hecho lo mismo que yo. Lo mismo, punto por punto.
Todo este año. Yo le dije «me sobra» para que no se preocupara, y él me dijo «tranquilo» para que yo no me preocupara.
Yo trabajé en negro sin decírselo para no pesarle, y él cerró el camping sin decírmelo para no pesarme.
Yo no le pedí ayuda porque no quería que se sintiera obligado, y él no me la pidió a mí porque no quería que yo me sintiera obligada.
Los dos callándonos por lo mismo. Los dos cargando solos con lo nuestro, cada uno en su escalón, a mil ochocientos kilómetros, para que el otro no tuviera que cargar.
Y los dos equivocados de la misma manera.
Porque lo que le ha pesado de verdad a él no ha sido la deuda: ha sido estar solo con ella.
Y lo que me ha pesado a mí no ha sido fregar platos sin contrato: ha sido mentirle todos los domingos.
Y veo otra cosa.
Que si vuelvo, no es renunciar.
Lo he pensado así todo el tiempo, desde San Luca, desde la mesa redonda de la Bolognina: que volver sería renunciar. A Matteo. A la trattoria. A la española que se queda. A la vida con olores y con luz. Que volver sería elegir lo pequeño, lo de siempre, lo que ya conozco, por miedo.
Y no es eso.
Volver no sería renunciar. Sería devolver.
Devolverle a un hombre que me crio solo, en un camping, después de que mi madre se fuera, lo que me ha dado este año sin que yo lo supiera: un año bueno, pagado con su año malo.
No por obligación. No porque me lo pida, que no me lo pide, que me pide lo contrario.
Sino porque puedo. Porque ahora sé. Porque ya no tengo que fingir que no sé.
No lo decido. Todavía no. Esa noche, en el suelo, no decido nada.
Pero la pregunta ya no es la misma. Ya no es Matteo o casa.
Ya no es quedarme o renunciar. Es otra, más difícil, que no sé todavía cómo se contesta, y que es la primera pregunta de mi vida que sé que tengo que contestar yo sola, sin que nadie me la conteste, sin que nadie me la pida, sin que nadie me la quite.