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La plaza de Santo Stefano no es cuadrada ni redonda: es un triángulo.
Un triángulo de adoquines en cuesta, con las piedras gastadas y brillantes, que baja desde la calle hasta una iglesia muy antigua que en realidad son siete iglesias metidas unas dentro de otras, de ladrillo, sin adornos.
De día hay turistas. De noche hay estudiantes sentados en los adoquines, en corros, con botellas, hablando bajo, porque la plaza tiene algo que hace que la gente baje la voz.
A las once de la noche del lunes ocho de mayo, yo estoy sentada sola en los escalones de la iglesia, con las rodillas contra el pecho, y no sé cómo he llegado.
Sé que he salido de via Zamboni a las nueve, cuando Chiara ha llamado a mi puerta y le he dicho que estaba bien, que me dolía la cabeza.
Sé que he andado. Sé que he pasado por delante de la trattoria cerrada, con el papel en la persiana, y he seguido.
Sé que he pasado por la ventanita de via Piella y no la he abierto.
Sé que Matteo me ha llamado cuatro veces y que no lo he cogido, y que me ha escrito un mensaje, «dove sei?»
, dónde estás, y que no lo he contestado, porque no sé cómo contarle esto en italiano, ni en español, ni en ningún idioma.
Y aquí estoy. En un triángulo de piedra. Mirando a los estudiantes, que ríen, que beben, que tienen veinte años y un año bueno.
—¿Murciana?
Levanto la vista.
Es Nacho. Claro que es Nacho. Con una bolsa del supermercado en cada mano, una camiseta del Zaragoza y cara de haber bajado a comprar leche a las once de la noche. Vive a dos calles. Lo sé porque me lo ha dicho diez veces.
Me mira. Mira la cara que tengo. No pregunta.
Deja las bolsas en los adoquines. Se sienta a mi lado en el escalón, sin decir nada, con las rodillas separadas y los codos encima, y se queda mirando la plaza conmigo.
•
No sé cuánto tardo en hablar. Diez minutos. Quince.
Y cuando hablo, hablo en español.
Me doy cuenta mientras lo hago. Que es la primera vez en ocho meses que hablo de algo que me importa de verdad en mi idioma, en voz alta, con alguien delante.
Con Matteo hablo en tres idiomas, mezclados, a trozos, y nos entendemos, pero siempre hay algo que se queda por el camino, una palabra que no existe en el otro idioma, una frase que hay que traducir en la cabeza antes de decirla.
Con Chiara, igual. Con Elena, igual. Con mi padre hablo en español, pero con mi padre no hablo de nada.
Y con Nacho, en un triángulo de piedra de Bolonia, a las once y cuarto de la noche, hablo en español, en el español de mi casa, con las eses que se me comen al final y el acento de mar enfadado, y no tengo que traducir nada. No tengo que buscar ninguna palabra. Salen solas, como el agua de la presa.
Le cuento lo de mi padre. Lo del préstamo, lo de la depuradora, lo del piso de Murcia.
Lo del embargo. Lo del camping cerrado. Lo de los bungalós desmontados a martillazos un domingo.
Lo del señor de Cartagena con el coche grande.
Lo de «no tengo, hija». Lo de la depuradora apagada que yo oía de fondo todos los domingos y que el domingo no sonaba. Lo de «mi año bueno».
Luego le cuento lo de Matteo. Lo de la propuesta. Lo del traslado de expediente y el contrato y la casa de la Bolognina y el cepillo de dientes azul. Lo de «si es no, es no».
Luego le cuento lo del examen de Montaje y los seiscientos veinte euros.
Luego le cuento lo de abril. No lo de este abril. Lo del otro. Lo del pasillo de Espinardo y el móvil entre dos libros. No sé por qué se lo cuento. Sale detrás de lo demás, como si fuera todo la misma cosa, y a lo mejor lo es.
Nacho no dice nada. Escucha. Con los codos en las rodillas, mirando los adoquines, asintiendo de vez en cuando.
No me interrumpe ni una vez. No me dice que no fue culpa mía.
No me dice qué tengo que hacer. Nacho, que no se calla nunca, que habla por los codos para no oírse pensar, se calla durante una hora y media, y me deja hablar a mí, en mi idioma, hasta que se me acaban las palabras.
•
A la una y media se me acaban.
Me quedo callada. La plaza se ha vaciado un poco. Quedan dos corros, lejos, y un chico solo tocando la guitarra muy bajo al otro lado del triángulo, algo que no reconozco.
—Joder, murciana —dice Nacho, por fin. Bajito.
Y me río. No sé por qué. Me río por la nariz, con los ojos llenos, porque es lo que diría cualquiera en mi pueblo, en cualquier bar de Los Alcázares, en cualquier barra del Salitre, y porque hacía ocho meses que no oía a nadie decirlo.
—Ya —digo.
—Joder.
—Ya.
Se queda un rato callado. Luego saca el móvil del bolsillo.
—¿Tienes música?
—¿Qué?
—Música. Tuya. De casa. —Me mira—. Porque yo tengo una lista que se llama «Zaragoza» con doscientas canciones de Héroes del Silencio y te juro que ahora mismo no la necesitas.
Me río otra vez.
Y saco mi móvil. Y abro ULTIMO VERANO. Y le doy al altavoz, bajito, que en el triángulo de Santo Stefano la gente baja la voz, y la dejo en el escalón, entre los dos.
Y la escuchamos entera.
Las ochenta y cuatro. En orden, esta vez, no en aleatorio.
Desde la primera, que es una de Aitana que me daba vergüenza a los quince y que añadí a los diecinueve, de noche, estudiando, porque ya no me daba vergüenza nada.
Hasta la última, que es una que puse la noche antes de irme a Murcia, en el embarcadero, con los pies en el agua.
Nacho se las sabe casi todas. Eso me sorprende.
Las canta. Mal, fatal, desafinando, con su voz de chico grande, bajito, para no molestar a los del otro corro.
Se sabe una de Rosalía que no me esperaba que se supiera.
Se sabe dos de Quevedo enteras. Se sabe una de Estopa que es de antes de que naciéramos los dos y que en mi lista está porque sonaba en el coche de mi padre, en los viajes a Murcia, y la canta con los ojos cerrados y la mano en el pecho, igual que escuchaba el fado malo en Lisboa.
Y yo canto con él. En voz baja. En un triángulo de piedra de Bolonia, a las tres de la mañana, canto con un chico de Zaragoza canciones de mi casa, y lloro un poco mientras canto, y él no dice nada de que lloro, y en algún momento me pasa el brazo por los hombros sin mirarme y lo deja ahí.
•
A las cinco y cuarto se hace de día.
Lo noto porque el ladrillo de las siete iglesias cambia de color. Primero es gris. Luego es malva. Luego, de golpe, rosa, un rosa de ladrillo mojado, y el cielo del triángulo se pone azul pálido, y un pájaro canta en algún sitio.
La lista se ha acabado hace un rato. Estamos callados. Nacho tiene las bolsas del supermercado a los pies, con la leche que bajó a comprar a las once, caliente ya, seguramente cortada.
—¿Sabes lo que haría yo? —dice.
Lo miro. Es la primera vez en toda la noche que va a decirme algo parecido a un consejo.
—Yo me iría a casa —dice—. Sin pensarlo. Me iría mañana. —Se ríe un poco—. Pero es que yo soy de los que se van a casa. Ya lo sabes. Yo me iría a casa aunque no pasara nada. Así que no me hagas caso.
No contesto.
—Tú no eres de esos —añade, mirando las iglesias—. Tú eres de las que se quedan donde les duele hasta que deja de doler. —Se encoge de hombros—. No sé si eso es mejor o peor. Pero no es lo mismo.
Se levanta. Coge sus bolsas. Me mira desde arriba, con los ojos rojos de no dormir y la camiseta del Zaragoza arrugada.
—Llama a tu padre, murciana —dice—. Aunque no lo coja. Llámale.
Y se va, cuesta arriba, por los adoquines, con sus bolsas, sin despedirse, silbando una de Estopa.
Me quedo en el escalón hasta que el sol llega a la plaza.
Luego saco el móvil, y abro el chat de Matteo, donde sigue su «dove sei?»
sin contestar desde las diez de la noche, y le escribo, en italiano, tres palabras que no son una respuesta pero que son la verdad: «Sono a Santo Stefano».
Estoy en Santo Stefano. Y a los veinte minutos, sin preguntar nada, con dos cafés en vasos de cartón y los ojos de no haber dormido tampoco, aparece por la esquina de arriba del triángulo.