Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 36
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El domingo siete de mayo, a las nueve menos cuarto, me siento en el suelo de mi cuarto de via Zamboni, con la espalda contra la cama y el móvil en el suelo delante de mí, y ensayo.

Lo ensayo en voz baja, para que Chiara no me oiga desde la cocina.

Lo ensayo tres veces, con las palabras exactas, como ensayé las tres frases para Kasper en la escalera.

Primero lo de Matteo. Luego lo de la propuesta.

Luego lo de la beca, los seiscientos veinte, el examen del doce de junio.

Y luego lo otro. Lo que no he dicho nunca.

Papá, necesito que me ayudes.

Cinco palabras. Las digo en voz alta en el cuarto vacío y me suenan a otra persona. Me suenan a una película. Me suenan a algo que dice la gente en las familias donde se dicen las cosas.

A las nueve y cinco suena el teléfono.

Puntual. Esta vez sí.

•

—Hola, papá.

—¿Qué tal?

—Bien.

—Bien.

Y el silencio del principio. Y en el silencio, oigo algo que no oigo.

No oigo la depuradora.

No es que suene más bajo. Es que no suena.

En ocho meses, todos los domingos, a las nueve y cinco, la he oído de fondo, el zumbido bajo y constante de la depuradora nueva, la que iba como un reloj, la que él dijo que ya ni oía.

Y hoy no está. Hoy hay grillos, que ya es mayo, y un coche lejos, y un silencio grande debajo de todo, un silencio de máquina apagada, como cuando en verano se va la luz en el camping y de repente oyes el mar.

No pregunto. Todavía no.

Le cuento lo de Matteo.

No le había contado nada de Matteo. Ni en diciembre, ni en Nochebuena, ni cuando lo de Berlín, que le dije que iba con un amigo. Se lo cuento ahora, de golpe: que hay un chico. Que es cocinero. Que se llama Matteo. Que lleva conmigo desde diciembre. Que es bueno. Que es muy bueno.

Mi padre no dice nada. Le oigo respirar.

Le cuento lo de la trattoria. Que trabajaba ahí, desde noviembre. Que me lo busqué yo. Que no se lo dije porque no quería que se preocupara. Que la han cerrado por una inspección, porque no tenía contrato. Que no me ha pasado nada a mí. Que a Gianni sí.

Silencio.

Le cuento lo de la propuesta. Que Matteo me ha propuesto quedarme. Trasladar el expediente, terminar aquí la carrera, vivir con él. Que me lo estoy pensando.

Silencio. Largo. Tan largo que miro la pantalla para ver si se ha cortado.

No se ha cortado. Los segundos siguen corriendo. Cinco minutos y cuarenta.

Y le cuento lo de la beca. Lo del examen de Montaje del doce de junio. Que si lo suspendo me piden seiscientos veinte euros. Que ahora mismo no tengo trabajo. Que no sé cuándo reabre la trattoria.

Y cojo aire. Y lo digo.

—Papá. Necesito que me ayudes.

Cinco palabras. En voz alta. Por primera vez en mi vida.

Y al otro lado, en el escalón, a mil ochocientos kilómetros, mi padre se queda callado.

No un silencio de los nuestros. No el silencio del principio de las llamadas, el cómodo, el de siempre. Otro. Un silencio que no le he oído nunca. Un silencio que pesa, que se nota que pesa, que se nota que le está aplastando contra la puerta de la oficina.

Luego respira hondo. Lo oigo. Una respiración larga, rota por la mitad, como cuando dijo «bien» antes de Berlín.

—No tengo, hija.

Tres palabras.

No dice nada más. No dice «ahora no» ni «este mes no» ni «lo siento». No explica. No dice por qué. Dice que no tiene, así, desnudo, sin nada alrededor, con la voz más pequeña que le he oído en mi vida, y luego se queda callado otra vez.

Y en el silencio, ahora sí, no oigo la depuradora.

—Papá. —Me tiembla la voz—. ¿Y la depuradora?

Silencio.

—¿Por qué no suena la depuradora?

—Tengo que colgar, hija —dice él. Deprisa. Muy deprisa—. Que me están llamando. Ya hablamos.

Y cuelga.

Siete minutos y doce segundos.

•

No duermo.

Me paso la noche sentada en el suelo, con la espalda contra la cama, con el móvil en la mano. Le llamo tres veces. A las diez, a las once y media, a la una. No lo coge. Le escribo un mensaje: «Papá qué pasa». No lo lee. Los dos checks grises. Toda la noche grises.

A las siete de la mañana llamo a la recepción del camping.

El número fijo, el de siempre, el que me sé de memoria desde los cinco años. El que suena en el mostrador, al lado del ordenador viejo y del cuaderno de las reservas y del bote de caramelos para los niños. Mi padre abre a las ocho. Nadie lo va a coger a las siete. Lo sé. Llamo igual.

No lo coge nadie.

Llamo a las ocho. Nada.

A las nueve.

Al cuarto tono, lo coge alguien. Una voz de hombre, grave, con un acento que no es de aquí ni de ningún sitio.

—Camping Las Salinas, ja?

Es Hans.

Hans, el holandés del nueve. Hans, que lleva más de diez años en el bungaló de marzo a noviembre con su mujer, que me regalaba queso cuando era pequeña, que me enseñó a jugar al ajedrez en la mesa de fuera. Hans, cogiendo el teléfono de la recepción de mi padre un lunes a las nueve de la mañana.

—Hans. Soy Nerea.

Silencio.

—Nerea —dice él. Y luego, en su español de camping, lento, con las erres como piedras—: Tu padre no está. Ha ido al banco. A Cartagena.

—Hans. ¿Qué pasa?

Silencio.

—Hans. Por favor.

Y Hans me lo cuenta.

•

Me lo cuenta mal, a trozos, en un español roto mezclado con inglés, con palabras que no encuentra y que sustituye por otras que casi son.

Me lo cuenta despacio, como quien pide perdón.

Me dice primero que mi padre le ha hecho prometer que no me dice nada.

He make me promise. Y luego me lo dice igual.

Me dice que hay un préstamo. Del banco. De hace dos años.

Que mi padre lo pidió para la depuradora nueva, que era obligatoria, que si no la ponía le cerraban la piscina, y para pagarme a mí el piso de Murcia.

Las dos cosas. En el mismo préstamo. Que el verano fue malo, peor de lo que parecía, que vino poca gente, que el agua del Mar Menor todavía asustaba a los turistas del norte aunque ya estuviera mejor.

Que en otoño mi padre dejó de poder pagar las cuotas.

Que en enero el banco le embargó la cuenta del camping.

Que no podía pagar a nadie. Ni la luz. Ni el agua. Ni a mí.

Que cerró el camping en enero. Por primera vez.

Que lo cerró dos meses, solo, sin decírselo a nadie, porque abierto perdía más que cerrado.

Que en marzo lo volvió a abrir a medias, con la mitad de las parcelas, sin la piscina, porque sin la depuradora no se puede abrir la piscina, y que la depuradora la ha apagado porque no puede pagar la luz que gasta.

Que las obras de marzo no eran obras. Que estaba desmontando los dos bungalós viejos del fondo, los de madera, para venderlos por piezas a un señor de Lorca.

—And the other thing —dice Hans. Y se para.

—¿Qué otra cosa?

—Hay un señor. De Cartagena. —Busca las palabras—. Viene dos veces. En abril. Con un coche grande. Mira todo. Las parcelas. La playa. Pregunta cosas. Precios. —Otra pausa—. Tu padre no le gusta. Cuando se va, tu padre se sienta en el escalón una hora. Sin hablar.

Me quedo con el teléfono pegado a la oreja, en el suelo de mi cuarto de via Zamboni, con la bombilla colgando del techo, sola, cansada de bajar.

—Nerea? —dice Hans—. Are you there?

—Sí.

—I am sorry. —Lo dice en inglés, que es su idioma de decir las cosas serias—. Tu padre me mata. Pero tú tienes que saber. —Y luego, más bajo—: Él dice todos los domingos que tú estás bien. Que tú estás muy bien en Italia. Que no tienes que saber nada. Que es tu año. Tu año bueno.

Mi año bueno.

Le doy las gracias. No sé cómo. Le doy las gracias y le pido que no le diga a mi padre que he llamado, y Hans dice que no, que claro que no, y los dos sabemos que se lo va a decir, porque Hans es incapaz de mentir, y cuelgo.

•

Y me quedo en el suelo.

Mucho rato. No sé cuánto. Con el móvil en la mano, mirando la pantalla negra.

Pienso en la depuradora. En que en septiembre, en la primera llamada, la oí de fondo y él me dijo, con orgullo, que iba como un reloj.

En que el reloj lo pagó un préstamo. Y el piso de Murcia.

Y a lo mejor Lisboa, y Berlín no, y los doscientos de noviembre, y los trescientos con el concepto que decía perdona.

En que todo este año, mi año bueno, mientras yo me reía en una plaza con un muñeco ardiendo, mientras yo comía ragú en una cocina con la persiana bajada, mientras yo subía seiscientos sesenta y seis arcos y me imaginaba otra vida, mi padre estaba sentado en un escalón de un camping cerrado,

con la cuenta embargada, desmontando bungalós a martillazos un domingo por la noche para venderlos por piezas.

Y llamándome. Cada domingo. A las nueve y cinco. Para decirme «tranquilo». Para decirme «poca gente». Para decirme «todo bien».

Y yo diciéndole «me sobra».

Los dos. Los dos a la vez. Con la misma voz. Por lo mismo.

Y la primera vez en mi vida que le he pedido ayuda, la primera, después de veintiún años sin pedirle nada, ha sido la vez que ha tenido que decirme que no tiene.

Y lo ha dicho. Tres palabras. Sin excusas.

Y ha colgado, y no ha vuelto a coger el teléfono, porque no sabe hacer otra cosa, porque es mi padre y en nuestra familia nadie sabe hacer otra cosa.

Me tumbo en el suelo. Boca arriba. Mirando la bombilla.

Y por primera vez desde que llegué a Bolonia, desde el reloj de las diez y veinticinco, desde el telefonillo con mi apellido con dos eses, lloro sin saber cómo parar.