Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 35
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Matteo me lo propone el jueves cuatro de mayo a las nueve de la mañana, en la mesa redonda de la cocina de la Bolognina, con dos cafés, y lo ha pensado tanto que lo trae escrito.

No en un papel. En la cabeza. Se nota. Se nota en cómo se sienta, en cómo pone las dos tazas en la mesa, una delante de cada silla, en cómo espera a que yo me siente antes de empezar, en cómo coloca las manos encima de la mesa, abiertas, planas, como cuando va a enseñarme a cortar algo.

Se nota que lleva días dándole vueltas, que lo ha ordenado, que sabe por dónde va a empezar y por dónde va a terminar.

Lo que no sabe es cómo voy a reaccionar. Eso también se nota.

—Ho una proposta —dice—. Tengo una propuesta.

Me quedo con la taza a medio camino.

—No es romántica —añade enseguida, antes de que yo diga nada—. Es práctica. Escúchala entera. Luego dices.

•

Y la dice. En italiano y en español, mezclados, despacio, con las manos planas encima de la mesa.

Que se ha informado. Que le ha preguntado a Chiara, que sabe cómo funciona la universidad, y que Chiara le ha preguntado a alguien de la secretaría, porque Chiara conoce a alguien en todas partes.

Que se puede. Que una estudiante europea puede pedir el traslado de expediente a otra universidad europea, y que le convalidan lo que ha aprobado, y que puede terminar la carrera aquí.

En el DAMS. Que tendría que hacer papeles.

Muchos papeles. Que tardaría meses. Pero que se puede.

Que ha hablado con Gianni. Que Gianni va a reabrir en dos o tres semanas, cuando pague la primera parte de la multa y regularice todo.

Que me va a hacer contrato. Contrato de verdad, con papeles, con seguro, con todo.

A media jornada durante el curso, a jornada completa en verano.

Que Gianni ha dicho que sí antes de que terminara de preguntarle.

Que ha dicho, textualmente, que ya iba siendo hora de que en esa cocina hubiera alguien que supiera fregar.

Y que yo podría vivir aquí.

Lo dice mirando la mesa. Aquí. En la Bolognina.

En esta casa donde la cocina es más grande que la habitación y hace calor y los trenes cruzan el techo.

Que no tendría que pagar a Gennaro. Que no tendría que pagar nada, o lo que yo quisiera, a medias, como Berlín, con propinas si quiero, que ya sabe cómo soy.

Que ya tengo el cepillo de dientes. Y la toalla naranja.

Y el cacao en polvo, que es un crimen contra el chocolate.

Y se calla.

Levanta la vista de la mesa. Me mira.

—Pensaci —dice—. Piénsalo. No hace falta que contestes ahora.

Y luego, más bajo, en español, buscando las palabras con mucho cuidado, como quien elige tomates:

—Si es no, es no.

•

No digo nada.

No puedo. Me he quedado con la taza en la mano, sin haber bebido, mirándole, y tengo en la cabeza un ruido como el de la presa de Casalecchio, un ruido blanco, continuo, que no deja pensar.

Porque lo ha resuelto todo. Todo. Todo lo que me ahogaba hace una semana.

El trabajo, con papeles. El dinero, sin Gennaro.

La carrera, aquí, en el DAMS, en el palacio de la escalera de mármol, con el profesor de las gafas redondas que dice que tengo oído para el corte.

La beca da igual: si me quedo y termino aquí, la beca da igual.

Lo ha resuelto todo en una mesa redonda con dos cafés, sin levantar la voz, sin prometer nada, poniendo las cosas encima de la mesa una a una, como pone los ingredientes antes de cocinar.

Y no me lo ha pedido.

Eso es lo que me tiene sin respirar. No me ha dicho «quédate».

No me ha dicho «te necesito», ni «no te vayas», ni «no puedo vivir sin ti», ni ninguna de las frases que se dicen en las películas y que a mí me habrían hecho salir corriendo.

Me ha dicho: aquí hay una puerta, y está abierta, y tú decides si la cruzas. Y si no la cruzas, no pasa nada.

—¿Por qué? —pregunto al final. Es lo único que me sale.

Matteo lo piensa. Se toma su tiempo. Da un sorbo al café, que ya está frío.

—Perché ti amo —dice—. Eso es fácil. —Deja la taza—. Pero no es por eso.

—¿Y por qué es?

—Porque la semana pasada no tenías nada. Y yo tenía todo esto. —Hace un gesto con la mano que abarca la cocina, la casa, la ventana, las vías, la ciudad entera—. Y no me dejabas darte nada. Nunca. Ni el avión de Berlín. Ni el dinero de junio.

No digo nada.

—Así que no te lo doy —dice—. Te lo ofrezco. —Me mira muy serio—. Non è la stessa cosa. No es lo mismo.

Y luego, antes de que pueda contestar:

—Y no quiero que te quedes por mí. Si te quedas, quédate por ti. Si te quedas por mí, en un año me odias. Y yo no quiero que me odies.

•

No le contesto. Le digo que lo voy a pensar. Él dice que vale. Me da un beso en la frente. Se levanta, se pone el delantal que ya no necesita porque la trattoria sigue cerrada, lo mira, se ríe de sí mismo, se lo quita, y se va a ayudar a Gianni con los papeles de la gestora.

Y yo me quedo sola en la cocina de la Bolognina, con las dos tazas de café frío.

Me quedo mucho rato. Mirando la ventana, las vías, los trenes que salen hacia el norte y los que salen hacia el sur. Un tren rojo y blanco sale despacio hacia el sur, hacia Florencia, hacia Roma, hacia sitios con mar. Lo sigo con la vista hasta que se mete debajo del puente.

Me imagino otra vez. Como en San Luca, en el arco cuatrocientos doce. Pero esta vez no es una fantasía, no es una película con olores y con luz. Es un plan. Es un plan con papeles y con contrato y con un cepillo de dientes azul en un vaso. Es real. Es tan real que me da vértigo.

Y lo que siento, debajo del vértigo, sobre todo, es ganas.

Ganas de decir que sí. Ganas de llamar a Matteo ahora mismo y decirle que sí, que me quedo, que empiezo los papeles mañana, que me traigo las cosas de via Zamboni esta tarde.

Ganas de ser la española de la trattoria, la que llegó un año en Erasmus y se quedó.

Ganas de no volver. Ganas de que nadie en el mundo me vuelva a recordar un pasillo de Espinardo.

Ganas de ser Ines, que llegó con veinte años de Ferrara sin conocer a nadie y se quedó.

Pienso en Rosa. È rimasta.

Y pienso en mi padre.

Pienso que tengo que decírselo. Que es lo primero que tengo que hacer, antes de decidir nada: decírselo a él.

Porque si me quedo, no vuelvo. No en junio.

A lo mejor no en años. Y mi padre tiene que saberlo.

Y además, pienso, y lo pienso por primera vez en mi vida con estas palabras exactas, tengo que pedirle ayuda.

No dinero para quedarme: dinero para no hundirme si en junio suspendo Montaje y me piden los seiscientos veinte.

Un colchón. Un por si acaso. Algo que me permita decidir sin que la decisión la tome el miedo.

Nunca le he pedido nada a mi padre. Nunca. Ni a los diecisiete, cuando entré a trabajar en la recepción del camping. Ni a los veinte, cuando me fui a Murcia. Ni en noviembre, cuando me mandó doscientos. Ni en enero, cuando no me mandó nada.

El domingo, me digo. El domingo a las nueve y cinco, cuando llame. Se lo cuento todo y se lo pido.

Y me da tanto miedo pensarlo que dejo las dos tazas en el fregadero sin fregar, que es algo que en esta casa no se hace nunca, y me voy a via Zamboni andando, por el puente de las vías, sin mirar los trenes.