Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 34
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El viernes veintiocho la persiana de Da Ines sigue bajada, con el papel pegado, y Rosa no baja a hacer la sfoglia.

No hay nadie para quien hacerla. Lo sé. Pero en cinco meses no ha fallado ni un viernes, ni el de Navidad, ni el de la nieve, ni el de antes de Berlín, y ese viernes paso por via del Pratello a las tres de la tarde, por costumbre, sin trabajo al que ir, y me paro delante de la persiana con el papel,

y miro hacia arriba, hacia la ventana del primer piso. Las cortinas están corridas.

Y cuando me voy, en la esquina, me cruzo con ella.

Viene del mercado, con una bolsa de tela en cada mano, con el abrigo de los domingos y el moño bajo. Nos vemos a la vez. Hay tres metros de acera entre las dos y nadie más.

Me paro. Abro la boca para decir buongiorno, signora.

Y Rosa sigue andando.

No cambia el paso. No aparta la mirada. Me mira un segundo a la cara, con los ojos de Matteo quietos, y sigue andando, y pasa a mi lado sin decir nada, sin un gesto, sin nada, y oigo sus pasos alejarse hacia la puerta de su casa, y la llave en la cerradura, y la puerta.

Me quedo en la esquina con la boca abierta y el buongiorno a medio decir.

•

Gianni no me culpa. Eso es lo peor.

Me lo dice el sábado, en la trattoria cerrada, en la mesa del fondo, con la libreta de tapas negras abierta delante y las gafas en la punta de la nariz. Me ha llamado Matteo para que venga, porque Gianni quiere hablar conmigo, y he venido con el estómago en la garganta, esperando cualquier cosa.

La trattoria cerrada es otro sitio. Con las luces apagadas salvo la de la cocina. Con las sillas encima de las mesas, patas arriba. Con el olor, que sigue ahí, a caldo y a mantequilla, pero frío, como el olor de una casa donde ya no vive nadie.

—Siediti.

Me siento. Gianni pasa las hojas de la libreta. Luego la cierra.

—La colpa è mia —dice.

La culpa es mía.

—Gianni…

—Zitta. —Levanta la mano enorme—. La colpa è mia. Quarant'anni di «poi vediamo». —Se ríe, pero no le sale la risa de la barriga, le sale una risa pequeña, de nariz—. Mia madre lo diceva. Mi madre lo decía. «Gianni, prima o poi.» Tarde o temprano.

Me explica, despacio, en italiano, con su voz de hablarle a una extranjera, lo que ha pasado.

Que la multa es grande. Que la mitad es por mí, porque trabajar sin contrato es lo más grave que se puede tener en una cocina.

Que la otra mitad es por cosas que yo no entiendo: un extintor caducado, unos papeles de higiene sin renovar, unos horarios.

Que para volver a abrir tiene que pagar una parte, y regularizar todo, y darme de alta a mí también si quiere que siga trabajando.

—Y lo voy a hacer —dice—. Cuando abramos, tienes contrato. De verdad. Con papeles.

Lo dice en español. En un español horrible, de turista, que no le había oído nunca, que ha debido de aprender de los clientes de Valencia y de Madrid en cuarenta años de servir tagliatelle. Lo dice en mi idioma para que no haya ninguna duda.

No sé qué decir.

—Quiero pagar parte de la multa.

Lo digo antes de pensarlo. Gianni me mira por encima de las gafas.

—¿Con qué?

—Con… —No tengo nada. Tengo dos euros cuarenta en un bote de mermelada. Tengo una beca que me van a pedir que devuelva. Tengo un billete de avión—. Con lo que tenga. Poco a poco.

Y Gianni se ríe.

Esta vez sí, con toda la barriga, echándose hacia atrás en la silla, con las gafas bailándole en la nariz, tanto que se tiene que agarrar a la mesa.

Se ríe tanto que Sergio asoma la cabeza desde la cocina, donde está limpiando la cámara frigorífica aunque no haya nada que limpiar, porque no sabe estar quieto.

—Con il barattolo della marmellata —dice Gianni, secándose los ojos.

Con el bote de mermelada.

Me pongo roja hasta las orejas. Sergio, desde la puerta de la cocina, levanta las manos: non guardare me. No me mires a mí. Pero ha sido él. Claro que ha sido él.

Gianni se inclina hacia mí. Me pone la mano enorme en la cabeza, encima del pelo, como se le pone a un niño, un segundo, y la quita.

—Spagnola. Tu hai lavato i miei piatti come un uomo. —Tú has fregado mis platos como un hombre—. Non mi devi niente.

No me debes nada.

Y se levanta a mirar algo en la cocina, para que no le vea la cara.

•

Pero Rosa sí.

Rosa no dice nada. No hace falta. Rosa me culpa con los viernes que no baja, con las cortinas corridas, con la puerta del primer piso que se cierra sin golpe.

Me culpa con el silencio, que es su idioma, y que yo ya he aprendido a entender, y que dice clarísimo lo que ella piensa: que la española ha traído esto a la casa de su madre.

Que en cuarenta años no había pasado nunca, y que ha pasado ahora, el año en que la española estaba en la cocina.

Que ella lo sabía. Que lo sabía desde el primer viernes, cuando me miró como a un cubierto que sobra.

Matteo dice que no. Que no es eso. Que su madre está así por Gianni, por la multa, por el miedo. Que se le pasará.

No le creo. Y él se da cuenta de que no le creo, y no insiste.

•

El lunes uno de mayo es fiesta. La fiesta del trabajo.

Hay manifestaciones en la plaza grande, con banderas rojas y sindicatos y música, y miles de personas celebrando los derechos de los trabajadores, y yo las miro desde un soportal, sin trabajo, después de cinco meses trabajando sin derechos, y me entra una risa rara, de las que no tienen gracia,

y me voy a casa.

El martes dos voy a ver a Elena Baldini.

No me ha citado. Voy yo. Subo la escalera de mármol del palacio de via Barberia, llamo a su puerta, y cuando me dice avanti entro y me siento sin que me lo diga.

—Me han cerrado el trabajo.

Elena se quita las gafas.

Se lo cuento. No entero. Lo de la inspección, lo de la multa, lo de que Gianni me va a hacer contrato cuando abran, pero que no sé cuándo abren. Le pregunto si esto me puede traer problemas con la beca. Con el Erasmus. Con algo.

—Con la beca no —dice—. Trabajar no está prohibido. Eres europea. Puedes trabajar donde quieras. El problema no es ese.

—¿Y cuál es?

Elena gira la pantalla. La hoja de cálculo de Montaje. Mis doce casillas. Ocho verdes. Tres rojas. Una sin rellenar, la de la semana que viene.

—Has venido a todas desde marzo —dice—. Bene. Brava. Te queda una. Y luego el examen. El doce de junio. —Toca la pantalla—. Si lo apruebas, tienes veinte créditos. Y te pagan el resto de la beca.

—¿Y si no?

Elena me mira mucho rato.

—Si no, catorce. Y tu universidad te pide los seiscientos veinte. —Se pone las gafas otra vez—. Y ahora no tienes trabajo. ¿Tienes seiscientos veinte euros?

No contesto.

—¿Te ayuda alguien? ¿Tu familia?

No contesto tampoco.

Elena Baldini no insiste. Asiente despacio, dos veces, como Gianni con la libreta.

Luego abre un cajón de su mesa y saca una hoja y me la da.

Es una lista de ayudas de la universidad para estudiantes con dificultades económicas: comedores, becas de emergencia, un fondo para estudiantes internacionales.

Todo en italiano. Todo con plazos que ya han pasado o que piden papeles que no tengo.

—Por si acaso —dice.

Me llevo la hoja. La doblo en cuatro y la meto en la mochila, al lado del papel de Ingrid, que ya no llevo en la funda del móvil sino ahí, entre los apuntes de Montaje.

•

Esa noche, en la Bolognina, Matteo me dice que me presta el dinero.

Para junio. Para Gennaro. Para lo que haga falta. Lo dice en la cocina, fregando, de espaldas, como dice las cosas que le cuestan.

—No.

—Nerea.

—Que no.

Se da la vuelta. Tiene las manos mojadas, con espuma. Me mira con una cara que no le he visto nunca: cansada. No enfadada. Cansada. Como si llevara mucho tiempo empujando una puerta que se abre hacia el otro lado.

—¿Por qué no me dejas ayudarte? —dice. En español. Despacio—. Nunca. Nunca me dejas.

Y yo no tengo respuesta. La tengo, pero no la sé decir.

La respuesta es un camping a mil ochocientos kilómetros que reabrió el uno de marzo después de cerrar por primera vez en treinta años.

Un hombre en un escalón que ha llamado treinta y cinco minutos tarde.

Un concepto de transferencia que decía perdona.

Un padre al que yo tampoco dejo ayudarme, ni le pregunto si necesita ayuda él, porque en nuestra familia nadie ayuda a nadie en voz alta, porque si lo haces, lo que estás diciendo es que el otro no puede solo.

Y nadie en mi familia soporta que le digan eso.

—No lo sé —digo.

Y es la verdad. Y Matteo lo ve. Y se vuelve al fregadero sin decir nada más, y friega un plato que ya estaba limpio, y yo me quedo en la puerta de la cocina mirándole la espalda, y pienso que acabo de hacerle a él lo que mi padre me hace a mí, y que ahora sé cómo se siente desde el otro lado.