Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 33
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Llegan el jueves veintisiete de abril a las nueve y cuarto de la noche, con la trattoria llena, y lo primero que sé de ellos es que Sergio se para.

Sergio no se para nunca. En cinco meses no le he visto quieto más de dos segundos seguidos en horario de servicio.

Entra y sale por la ventana del pase como un pájaro, cuatro platos en un brazo, gritando en dialecto.

Y esta noche, a las nueve y cuarto, entra por el pase con dos platos de tagliatelle, los deja en la repisa, y se queda quieto.

Con las manos vacías. Mirando hacia la sala por encima del hombro.

—Gianni —dice. Solo eso. En voz baja.

Gianni está en los fogones con tres sartenes. Se gira. Mira la cara de Sergio. Y deja las sartenes en el fuego, las tres, que no ha dejado nunca, y se limpia las manos en el delantal despacio, y sale a la sala.

Matteo me mira desde la mesa de mármol. Yo estoy en el fregadero, con las manos en el agua, con el delantal atado, con la redecilla en el pelo.

Y por la ventana del pase los veo.

Cuatro personas en la puerta de la trattoria, entre las mesas llenas. Dos hombres y una mujer con ropa de calle y carpetas en la mano. Y un carabinero de uniforme, con la gorra, en la puerta, sin entrar del todo, mirando hacia la calle.

En las diez mesas se ha hecho el silencio. Los clientes han dejado los tenedores. Una señora de la mesa cuatro, que viene todos los jueves, se ha llevado la mano al pecho.

•

No me escondo.

Lo pienso. Lo pienso durante tres segundos con toda la claridad del mundo: salir por la puerta del patio, dejar el delantal detrás de los cubos, esperar en la calle de atrás hasta que se vayan.

Los tres segundos que tardo en darme cuenta de que la puerta del patio da a un hueco de tres metros cerrado por los cuatro lados, con la bici sin ruedas y la silla de plástico de Gianni, y de que no sale a ningún sitio.

Y en esos tres segundos, la mujer de la carpeta ha entrado en la cocina.

Tiene cincuenta años, el pelo corto y gris, unas gafas de pasta roja y una cara de haber hecho esto mil veces sin que le guste ninguna.

Detrás de ella entra uno de los hombres, más joven, con una cámara de fotos colgada del cuello.

Y detrás, Gianni, con las manos abiertas, hablando muy deprisa en italiano, con la voz más amable que le he oído nunca, que es la voz que pone con los clientes que no le caen bien.

La mujer no le escucha. Mira la cocina. Mira a Matteo en la mesa de mármol. Me mira a mí en el fregadero.

—Documenti —dice—. Tutti.

Matteo deja el cuchillo. Se limpia las manos.

Saca la cartera del bolsillo de atrás y le da un carné.

La mujer lo mira, apunta algo en su carpeta, se lo devuelve.

Pide algo más. Un papel. Matteo dice que está en la oficina, en el cajón de la caja.

Gianni va a buscarlo. Vuelve con una carpeta de plástico azul llena de papeles.

La mujer busca en la carpeta. Encuentra el de Matteo. El de Sergio. El de Gianni.

Y me mira a mí.

—Lei?

Tengo las manos mojadas. Me las seco en el delantal.

Me tiemblan tanto que no consigo sacar la cartera del bolsillo de los vaqueros, por debajo del delantal, y tardo una eternidad, y todos me miran mientras tardo: la mujer, el de la cámara, Gianni, Matteo.

Saco el DNI. El español. El de la foto de los dieciocho años, con el pelo más largo y cara de susto.

La mujer lo mira. Lo gira. Lee en voz alta, despacio, con acento: Baresa Escalante, Nerea.

Busca en la carpeta azul.

No me encuentra.

Claro que no me encuentra.

Gianni da un paso adelante. Se pone entre la mujer y yo, con su barriga, con sus manos abiertas, y dice, con la voz amable de los clientes que no le caen bien:

—È la fidanzata di mio nipote. —Es la novia de mi sobrino—. Sta solo guardando. Studentessa. Erasmus. Guarda come si cucina.

Está mirando cómo se cocina.

La mujer de las gafas rojas mira a Gianni.

Luego me mira a mí. Me mira las manos, que están rojas y arrugadas de tres horas de agua caliente.

Me mira el delantal, que tiene manchas de salsa y de aceite y de todo.

Me mira la redecilla en el pelo. Me mira la cicatriz rosa del dorso de la mano, la del aceite de febrero, con forma de mapa de un país que no existe.

Y no dice nada. No hace falta.

Apunta algo en la carpeta. Mucho rato. Una hoja entera.

•

El de la cámara empieza a hacer fotos.

A la cocina. A los fogones. Al fregadero. Al lavavajillas industrial. A la mesa de mármol con las tagliatelle a medio hacer. Clic. Clic. Una cámara de verdad, de las que sí hacen clic. Y cada clic me entra por la espalda como una aguja.

Me quedo quieta. Con los hombros subidos.

Como en junio, en el pueblo. Como en la plaza grande en diciembre, cuando Matteo sacó el móvil.

Como en el suelo del baño de la trattoria en enero, con la foto de Nochebuena.

Me quedo quieta mirando al suelo, al desagüe del fregadero, y dejo de respirar, y el cuerpo, que no sabe de inspecciones ni de papeles ni de nada, solo sabe que hay una cámara apuntando hacia donde estoy yo.

Y Matteo se mueve.

No mucho. Da dos pasos. Se pone entre el de la cámara y el fregadero. No delante de mí del todo: al lado, un poco delante, de manera que desde donde está el de la cámara él tapa el fregadero y a mí detrás. Y le dice, en italiano, con la voz tranquila, la voz de la cocina, la que nunca grita:

—Deve fotografare anche lei?

¿Tiene que fotografiarla también a ella?

El de la cámara le mira. Mira a la mujer de las gafas rojas. La mujer niega con la cabeza, sin levantar la vista de la carpeta.

—Solo i locali —dice.

Solo el local.

El de la cámara se gira hacia los fogones. Clic. Clic.

Matteo no se mueve de donde está. Se queda ahí, entre la cámara y yo, con los brazos cruzados, mirando al de la cámara con una cara que no le había visto nunca, hasta que el de la cámara termina y sale de la cocina.

Y ni siquiera entonces me mira. No hace falta.

Sé que lo ha hecho por mí, y él sabe que lo sé, y ninguno de los dos va a decir nada.

•

Tardan una hora y media.

Los clientes se van. Se van en silencio, dejando la cena a medias, pagando en la barra con la cara larga, dándole palmadas a Sergio en el hombro.

La señora de la mesa cuatro le da un abrazo a Gianni en la puerta y le dice algo al oído.

Los inspectores revisan la caja. Revisan la cámara frigorífica.

Revisan la carpeta azul papel por papel.

Hacen preguntas. Gianni contesta a todas con la voz amable que cada vez es menos amable.

A las once menos cuarto, la mujer de las gafas rojas le da a Gianni un papel. Un papel largo, de varias hojas, grapado, con un sello. Le explica algo, despacio, señalando cosas en el papel con el boli. Gianni asiente. No dice nada. Asiente.

Y el carabinero de la puerta, que no ha entrado en toda la noche, saca de algún sitio un folio con letras grandes y un rollo de cinta adhesiva, y baja la persiana del escaparate, él mismo, con la manivela, y pega el folio en la persiana, por fuera, a la altura de los ojos.

No necesito leerlo. Lo leo igual. Sospensione dell'attività.

Se van a las once. La trattoria se queda a oscuras, con la persiana bajada y el papel pegado por fuera, y las diez mesas con los platos a medias, las tagliatelle frías, las copas de vino con un dedo de vino en el fondo.

Gianni se sienta en la mesa del fondo, la de las cuentas. Se quita las gafas. Se pasa la mano enorme por la cara. Sergio le pone un vaso de vino delante sin decir nada. Gianni no lo toca.

—Quanto? —pregunta Matteo, en la puerta de la cocina.

Gianni dice una cifra. No la entiendo. O sí la entiendo y no la quiero entender. Es una cifra con muchos ceros, y la mitad, dice, es por mí. Por la española. Por la trabajadora sin contrato. Por la novia del sobrino que solo estaba mirando.

Y ahí, al fondo del pasillo, en la puerta que da a la escalera del primer piso, veo a Rosa.

No sé cuánto tiempo lleva ahí. Ha bajado en bata, con el pelo suelto, que no le había visto nunca suelto, gris, largo hasta la mitad de la espalda.

Tiene una mano en el marco de la puerta.

No entra. No dice nada. No pregunta qué ha pasado, porque lo sabe, porque lo ha oído todo desde arriba, porque en esta casa se oye todo.

Me mira a mí.

No a Gianni. No a Matteo. A mí. Una mirada larga, desde la puerta, desde el fondo del pasillo, con los ojos de Matteo quietos. No es una mirada de odio. Ni de reproche. Es peor. Es la mirada de alguien que acaba de confirmar algo que llevaba mucho tiempo sabiendo.

Y se da la vuelta. Y sube la escalera. Despacio. Y oigo la puerta del primer piso cerrarse arriba, sin golpe, con un clic suave de madera, que suena más fuerte que todos los clics de la cámara juntos.