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La invitación está en la mesa redonda de la cocina de la Bolognina, apoyada contra el tarro de cacao en polvo, y la veo el jueves veinte de abril a las ocho de la mañana, con la taza en la mano, antes de estar despierta del todo.
Es una tarjeta grande, de cartulina gruesa, color crema, con letras doradas en relieve y una rama de olivo dibujada en una esquina.
Davide e Giulia. Debajo, una fecha: sabato 16 settembre 2028.
Una iglesia de un pueblo de las colinas que no conozco.
Un restaurante con nombre de granja. Y una frase en italiano, de esas de las bodas, sobre el amor y la eternidad, que no traduzco porque no hace falta.
Davide es primo de Matteo. Primo de verdad, no como los primos de Chiara: hijo de una hermana de Ines que se quedó en Ferrara.
Lo conocí en marzo, un día que vino a comer a la trattoria con la novia, un chico grande y risueño que trabaja en un banco y que me dio dos besos y me dijo en un español de vacaciones en Ibiza que por fin conocía a la famosa española.
La tarjeta no es lo que me para. Lo que me para es lo que hay debajo.
Una tarjeta más pequeña, del mismo color crema, de las que se devuelven a los novios para confirmar que vas.
Tiene unas líneas en blanco para rellenar.
Y están rellenas. Con la letra de Matteo, una letra de cocinero, grande, inclinada, apretada, la misma con la que escribe las comandas en la pizarra de la trattoria.
Matteo Ferri e Nerea Baresa. Due persone.
Matteo Ferri y Nerea Baresa. Dos personas.
El dieciséis de septiembre.
Me quedo con la taza en la mano, de pie, en pijama, en la cocina, mirando mi nombre en la letra de Matteo al lado del suyo, en una tarjeta de color crema para una boda que es tres meses después de la fecha de mi billete.
No la ha mandado. Está aquí, en la mesa, apoyada en el tarro. La ha rellenado y no la ha mandado. O la ha rellenado y la va a mandar hoy. O la ha rellenado y la ha dejado aquí, justo aquí, contra el cacao en polvo que solo tomo yo, para que yo la vea.
No lo sé.
Matteo está en la ducha. Oigo el agua caer al otro lado de la pared. Oigo que canta algo bajito, en italiano, desafinando, algo de Dalla, seguramente.
Y yo dejo la tarjeta tal como estaba. La pequeña debajo de la grande, apoyadas en el tarro, con la misma inclinación. Me bebo el café. Me visto. Y cuando Matteo sale del baño con la toalla en la cintura y el pelo mojado y me da un beso en la sien, no digo nada.
Él tampoco.
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No digo nada el jueves. Ni el viernes. Ni el sábado.
La tarjeta desaparece de la mesa el viernes por la mañana. No sé adónde. No sé si la ha mandado o si la ha guardado en un cajón o si la ha tirado. No miro en los cajones. No miro en la papelera. No pregunto.
Pero la veo. La veo en todas partes. La veo en la pizarra de la trattoria, cuando Matteo escribe las comandas con la misma letra.
La veo cuando friego. La veo en la sfoglia del viernes, cuando Rosa me pone el rodillo en las manos, porque ahora me lo pone todos los viernes, sin decir nada, y se queda a mi lado con los brazos cruzados mirando cómo lo hago mal.
La veo por la noche, a oscuras, en la Bolognina, con los trenes cruzando el techo. Due persone.
Y cada vez que la veo, hago la cuenta. La cuenta que no es de dinero.
El veintisiete de junio. El dieciséis de septiembre.
Once semanas entre una fecha y otra. Once semanas en las que yo voy a estar en Murcia, en la facultad, en tercero, con Román en la cuarta fila y Jimena en su piso y mi padre en el escalón.
Y Matteo va a estar en una iglesia de un pueblo de las colinas, con traje, al lado de una silla vacía con mi nombre en una tarjeta.
O no. O a lo mejor la silla no está vacía. O a lo mejor…
No termino la frase. Nunca termino esa frase.
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El martes veinticinco es fiesta. La fiesta de la Liberación, que aquí se celebra como si hubiera sido ayer, con banderas rojas en los balcones, con gente cantando canciones antiguas por la calle, con flores en las placas de las paredes donde fusilaron a alguien hace ochenta años.
La trattoria abre a mediodía, pero por la tarde cerramos, y Chiara me arrastra a la plaza grande, donde hay un concierto y miles de personas y un olor a vino caliente aunque ya es primavera.
Matteo se queda con Gianni a hacer cuentas. Me dice que luego viene. No viene.
Y en mitad del concierto, sentadas en los escalones de la iglesia grande sin terminar, con dos vasos de plástico de vino, Chiara me dice, sin mirarme, mirando el escenario:
—Davide me ha invitado a la boda.
Me giro.
—¿Tú también?
—Soy prima de la madre de Giulia. —Hace un gesto con la mano—. Lejana. Como todo.
—Ah.
Nos quedamos calladas. En el escenario, una mujer mayor con el pelo blanco canta algo que la plaza entera se sabe, con el puño en alto, y la plaza entera levanta el puño con ella.
—Matteo ha puesto tu nombre —dice Chiara.
No es una pregunta. Lo sabe. En Bolonia todo el mundo lo sabe todo, porque todo el mundo es primo lejano de alguien, y la madre de Giulia se lo habrá dicho a alguien, y ese alguien a otro, y a Chiara.
—Sí.
—¿Y?
—Y nada.
Chiara se gira por fin y me mira. Con la cara de siempre, la de estar leyendo un libro que ya se ha leído. Pero hoy la cara tiene algo más, algo que no le había visto: preocupación. O pena. O las dos.
—Nerea —dice—. ¿Tú vas a estar en septiembre?
No contesto.
Y Chiara no insiste, porque Chiara nunca insiste, porque en esta ciudad nadie pregunta dos veces.
Me pasa el brazo por los hombros, en los escalones, y nos quedamos así, oyendo a la mujer del pelo blanco cantar una canción de hace ochenta años sobre alguien que se fue a luchar a las montañas y no volvió, y la plaza entera la canta con ella,
y yo no entiendo la letra pero entiendo que es sobre irse, y sobre la gente que se queda esperando, y sobre una flor.
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Esa noche, en la Bolognina, Matteo ya está dormido cuando llego. Me meto en la cama sin hacer ruido. Él se mueve, me busca con el brazo sin despertarse, me encuentra, y me atrae hacia él, contra su pecho, y sigue durmiendo.
Y yo me quedo despierta con los ojos abiertos, mirando las luces de los trenes en el techo.
Pienso que ha escrito mi nombre en una tarjeta para una boda de septiembre. Que lo ha escrito sabiendo lo del veintisiete de junio. Que estaba conmigo en Berlín, en el sofá cama, cuando apreté el botón y salió el tic verde. Que lo sabe. Que sabe contar, como me dijo la noche de la nieve.
Y que aun así ha escrito mi nombre.
Y no sé si lo ha hecho porque cree que me voy a quedar.
O porque quiere que me quede y no me lo va a pedir nunca, y esta es la única manera que tiene de decirlo sin pedirlo.
O porque es honrado, y porque ahora mismo, hoy, en abril, somos dos personas, y él no sabe escribir una cosa que no es verdad, ni siquiera en una tarjeta de boda, ni siquiera para ahorrarse la silla vacía.
No se lo pregunto. Ni esa noche ni después. Pero a las cuatro de la mañana, cuando por fin me estoy quedando dormida, me doy cuenta de que en los tres escenarios que me he imaginado, en los tres, el que tiene que decidir qué pasa con esa silla no es él. Soy yo.