31
La invitación llega el martes, en el patio, entre la comida y la cena, sin ceremonia.
—Mia madre dice che vieni a Pasqua.
Mi madre dice que vengas en Pascua.
Matteo lo dice mirando la bici sin ruedas, con las manos en los bolsillos del delantal, como quien comunica un cambio en el turno. Yo estoy sentada en la silla de plástico de Gianni, con un café.
—¿Yo?
—Tu.
—¿Tu madre ha dicho eso?
—Ha dicho: «La spagnola viene a Pasqua». —Se encoge de hombros, que es algo que no le había visto hacer nunca, y que por lo visto hace cuando se trata de su madre—. No era una pregunta.
Me quedo mirándolo con el café en la mano.
No me mira desde enero. No me ha dirigido la palabra más que para decir buenas tardes.
Habló de mí en dialecto delante de mí antes de Berlín.
No me invitó en Navidad. Me mandó tortellini en un táper sin decir para quién.
Y ahora me invita a comer en Pascua, en su casa, en el primer piso, en la mesa donde come su familia desde hace cincuenta años.
—¿Por qué?
Matteo me mira por fin.
—Non lo so —dice. Y es verdad. Se le nota en la cara que tampoco lo sabe—. Con mia madre non si sa mai.
Con mi madre nunca se sabe.
•
El domingo dieciséis de abril subo la escalera del primer piso de via del Pratello a las doce y media, con un ramo de flores que he comprado en el mercado y que no sé si es demasiado grande o demasiado pequeño,
y con el vestido azul que me traje de Murcia y que no me había puesto nunca en Bolonia porque aquí no hace tiempo de vestidos.
Hoy sí. Hoy hace sol. El primer día de verdad caliente del año.
La puerta está abierta. Dentro huele a algo que no sé nombrar, a horno, a carne, a mantequilla, a algo verde.
Hay un pasillo largo con el suelo de baldosas de dibujos y una alfombra de nudos.
Hay fotos en las paredes, muchas, en marcos de plata y de madera, en blanco y negro y en color: Ines joven, Ines vieja, Ines en la puerta de la trattoria con un delantal, dos niños pequeños en bañador en una playa que debe de ser Rímini, un Gianni de veinte años con bigote y el pelo largo,
una Rosa de quince con un vestido de comunión tardío.
Y al fondo del pasillo, en la cocina, de espaldas, con las manos en la harina, Rosa.
Se gira al oírme. Me mira. Mira el ramo.
—Buongiorno, signora.
—Buongiorno.
Coge el ramo. Lo huele. Lo deja en la encimera sin decir nada, pero le busca un jarrón, uno de cristal azul, y le echa agua, y pone las flores, y las coloca con los dedos llenos de harina, una por una, despacio, hasta que quedan como ella quiere. Luego lo pone en el centro de la mesa del comedor.
Y vuelve a la harina.
Matteo y Gianni todavía no han subido. Lo sé porque los oigo abajo, en la cocina de la trattoria, discutiendo sobre algo del cordero. Estoy sola con Rosa.
Me quedo en la puerta de la cocina sin saber qué hacer con las manos.
•
En la mesa de la cocina hay una tabla de madera y un volcán de harina y una masa amarilla a medio amasar, y un rodillo de casi un metro.
Rosa está haciendo la sfoglia para las lasañas.
Lasañas verdes, las llaman aquí, con espinacas en la masa, y la masa es de un verde intenso, como la hierba de Casalecchio, como el de abril.
La miro trabajar desde la puerta. No me mira. Estira la masa con el rodillo, dándole la vuelta, enrollándola y desenrollándola, con ese ritmo de respiración que vi el primer viernes y que no he dejado de mirar ningún viernes desde entonces, desde la sala, doblando servilletas.
Y de repente se para.
Se aparta de la tabla un paso. Se limpia las manos en el delantal. Y me tiende el rodillo.
No dice nada. Me lo tiende, con el brazo estirado, sin mirarme a la cara, mirando el rodillo. Esperando.
Me acerco. Lo cojo. Pesa más de lo que parece. La madera está caliente de sus manos y un poco pegajosa de harina.
Me pongo delante de la tabla, donde estaba ella.
Y no sé qué hacer. Tengo la masa verde delante, a medio estirar, y el rodillo en las manos, y a Rosa a mi lado, a un paso, con los brazos cruzados. He visto cómo se hace veinte veces. No lo he hecho nunca.
Empiezo. Empujo el rodillo hacia delante, desde el centro. La masa se estira. Un poco. Mal. Se me arruga por un lado. Empujo otra vez. Se me pega al rodillo.
Rosa no dice nada.
Pero me pone las manos encima de las mías.
Sus manos, pequeñas, secas, calientes, llenas de harina, encima de las mías en el rodillo.
Sin apretar. Como Matteo sobre el cuchillo el día de las tagliatelle.
Y empuja. Con las mías debajo. Empuja desde el centro hacia fuera, despacio, no con fuerza sino con peso, y el rodillo gira, y la masa se estira de verdad, lisa, sin arrugas.
Luego tira hacia atrás, enrollando la masa en el rodillo.
Luego la desenrolla girándola un cuarto. Luego otra vez.
No dice ni una palabra. Me corrige con las manos. Cuando aprieto demasiado, me frena con la presión de sus dedos. Cuando voy demasiado deprisa, me frena también. Cuando me salgo del centro, me devuelve. Y al cabo de un rato, no sé cuánto, cinco minutos, diez, quita las manos.
Y yo sigo sola.
Mal. Peor que ella. Pero sigo. Y la masa se va haciendo grande y fina en la tabla, verde, y por debajo, en algún punto, empiezo a ver las vetas de la madera a través.
Rosa lo mira. Asiente. Una vez.
Y se va al horno a mirar el cordero.
•
Comemos a las dos, los cuatro, en la mesa del comedor, con el ramo de flores en el centro.
Lasañas verdes, que están tan buenas que me dan ganas de llorar, y que en algún trozo tienen mi masa, más gorda que la de Rosa, desigual, y nadie dice nada.
Cordero al horno con patatas. Una ensalada de alcachofas crudas.
Y de postre, una colomba, que es un bizcocho con forma de paloma, con almendras y azúcar por encima.
No se habla mucho. Gianni cuenta chistes que nadie escucha. Matteo me mira de vez en cuando, desde enfrente, con una cara que no sé leer: entre divertida y asustada, como si esperara que algo estallara y no supiera qué. Rosa come despacio, en silencio, en la cabecera.
Y en el café, cuando Gianni se ha levantado a buscar una botella de licor en el aparador, Rosa me habla.
Es la primera vez que me dice algo que no sea buenos días. Me lo dice en italiano, despacio, muy claro, como se le habla a un extranjero, pero sin condescendencia, mirándome por fin a la cara, con los ojos de Matteo.
—Mia madre è arrivata a Bologna a vent'anni. Da Ferrara. Non conosceva nessuno.
Mi madre llegó a Bolonia con veinte años. De Ferrara. No conocía a nadie.
No sé qué decir. Asiento.
Rosa me mira un momento más. Luego mira hacia el pasillo, hacia las fotos, hacia la de Ines en la puerta de la trattoria con el delantal.
—È rimasta —dice.
Se quedó.
Y coge su taza de café y se la bebe, y no dice nada más en toda la tarde.
Me quedo mirando la foto del pasillo mucho rato, desde la silla.
Ines con veinte años, llegada de fuera, sin conocer a nadie.
Ines que se quedó. Y no sé qué me ha querido decir Rosa.
No lo sé. No sé si me está diciendo que puedo quedarme, como su madre.
O si me está diciendo que su madre se quedó, y que eso es lo que hacen las de verdad, y que yo me voy.
O si me está midiendo. O si solo me está contando algo de su madre, un domingo de Pascua, porque sí.
Con Rosa nunca se sabe a quién.
Pero todo lo que se ha dicho hoy en esta casa, todo, se ha dicho sin decirse.
Con un rodillo. Con unas manos encima de las mías.
Con un jarrón de cristal azul. Con dos palabras sobre una mujer que llegó de fuera y se quedó.
Y yo, que llevo toda la vida sin saber decir las cosas del tamaño que tienen, lo he entendido todo menos lo único que importa.
•
El lunes de Pascua, que aquí es fiesta y se llama Pasquetta, vamos de picnic a los jardines Margherita, que son el parque grande de Bolonia, con un estanque y árboles enormes y miles de personas tumbadas en la hierba con manteles y botellas.
Vamos todos. Matteo, yo, Chiara, Kasper, Nacho, Chus con la escayola ya quitada, la de Salamanca.
Nacho trae tortilla. Chiara trae una fuente de orecchiette frías.
Se sientan uno al lado del otro, sin querer, y se pasan la tarde discutiendo sobre si el aceite de oliva de Jaén es mejor que el de Apulia, y en algún momento, cuando creen que nadie los mira, dejan de discutir.
Yo estoy tumbada en la hierba con la cabeza en la tripa de Matteo, mirando el cielo por entre las hojas de un árbol, y me miro las manos. Todavía tengo harina verde debajo de las uñas, de ayer. No me la he querido quitar.