30
El domingo dos de abril me levanto a las siete, me pongo las zapatillas y voy a buscar el agua.
No se lo digo a nadie. Matteo está en la trattoria desde las nueve, haciendo el caldo de los domingos.
Chiara duerme. Es mi día libre, el único de la semana, y el plan es el de siempre: dormir hasta las doce y estudiar Montaje por la tarde.
Pero a las seis y media me despierto con una idea metida en la cabeza como una piedrecita en el zapato, y a las siete estoy en la parada del autobús veinte, delante de la estación, con el reloj de las diez y veinticinco encima.
La chiusa di Casalecchio. Lo dijo Chiara en septiembre, delante de la ventanita de via Piella, cuando le pregunté de dónde venía el agua. Un sitio fuera de la ciudad donde la cogen del río. Algún día vamos, dijo.
No hemos ido. Han pasado seis meses y no hemos ido, y en seis meses no he visto agua abierta en Bolonia ni una sola vez.
He visto la ventanita, que es agua con marco.
He visto la nieve, que es agua quieta. He visto el Tajo en Lisboa y un canal helado en Berlín.
Pero aquí, en la ciudad donde vivo, donde duermo, donde trabajo, el agua corre por debajo de las calles, tapada, como un secreto, y yo llevo seis meses andando por encima sin verla.
Y esta mañana me he despertado con sed.
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El autobús tarda veinte minutos. Sale de la ciudad por el oeste, por avenidas anchas, por barrios de edificios de los setenta, por una rotonda enorme, y me deja en un pueblo pegado a Bolonia que parece otro sitio: más pequeño, más tranquilo, con un puente de hierro y una iglesia y,
por encima de los tejados, colinas verdes.
Sigo las indicaciones de un cartel. Un parque. Un camino de tierra entre árboles con hojas nuevas, de ese verde de abril que parece recién pintado. Gente corriendo. Un señor mayor con un perro que se para a olerlo todo.
Y lo oigo antes de verlo.
Un ruido. Un rumor grave, continuo, que crece a cada paso, como cuando te acercas a una playa por un pinar y oyes las olas antes de ver el mar. Un ruido que no he oído en seis meses. Aprieto el paso. Casi corro. Salgo de entre los árboles a una explanada de hierba.
Y ahí está.
El río es ancho, marrón verdoso, con la corriente fuerte de primavera, y de lado a lado lo corta una presa.
No una presa de hormigón como las de las películas: una presa antigua, de piedra, larga, en diagonal, baja, como un escalón gigante.
El río llega hasta ella, se amontona, y se derrama por encima entera, de una orilla a otra, en una lámina de agua blanca, de espuma, que cae medio metro y rompe abajo con un ruido que llena todo el valle.
Al lado, por un canal de piedra, una parte del agua se desvía, tranquila, obediente, y se va hacia la ciudad.
Hacia los canales. Hacia la ventanita de via Piella. Hacia debajo de mis pies.
Me siento en la hierba de la orilla.
No sé cuánto tiempo estoy ahí. Mucho. Mirando la espuma.
Oyendo el ruido. Hay un cartel que explica que la presa tiene seiscientos años, que la construyeron para llevar el agua a los molinos y a las fábricas de seda, que sin ella Bolonia no habría existido.
No lo leo entero. No me importa. Me importa el ruido.
Me importa la espuma. Me importa que el aire huele a agua, a agua de verdad, a río, a algo que se mueve.
Y saco el móvil. Y los auriculares, que llevan en el bolsillo del abrigo desde septiembre, enredados.
Y pongo ULTIMO VERANO.
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No la he vuelto a poner desde el segundo día.
Desde aquel viernes de septiembre en via dell'Indipendenza, cuando Quevedo me sonaba a la chaqueta de otra persona y me quité los auriculares a la tercera canción.
Seis meses sin abrirla. Seis meses sin las ochenta y cuatro canciones mal ordenadas de las noches de la EBAU, del coche de Lucía, del autobús a Murcia.
La pongo en aleatorio.
Y suena bien.
Suena bien aquí, delante de la presa, con el ruido del agua de fondo mezclándose con la música.
No suena a otro sitio. No suena a chaqueta ajena.
Suena a mí. Suena a una canción que escuchaba con los pies en el agua del embarcadero, a las once de la noche, en julio, con Lucía al lado contándome algo que ya no recuerdo.
Suena a San Juan. Suena a la carretera de La Manga.
Suena al Mar Menor, que está a mil ochocientos kilómetros, y que de repente está aquí, en un río marrón de Casalecchio di Reno, en la espuma, en el ruido.
Me quito las zapatillas.
No lo pienso. Me quito las zapatillas y los calcetines y me acerco a la orilla, a una parte donde el agua llega mansa, sin corriente, entre dos piedras, y meto los pies.
Está helada. Helada de verdad, de nieve derretida de las montañas, y el frío me sube por los tobillos como una descarga.
Grito. Un señor que pasa con un perro me mira como si estuviera loca.
Me da igual. Me quedo. Me quedo con los pies en el agua helada de un río que no conozco, con los auriculares puestos, con una canción de Quevedo que escuchaba a los diecinueve años sonando en los oídos, y lloro.
No sé por qué lloro. No es tristeza. Es otra cosa. Es como cuando llevas mucho tiempo aguantando la respiración debajo del agua y sales. Es eso. Es sacar la cabeza.
Lloro un rato. Luego se me pasa. Luego saco los pies del agua, rojos, sin sentir los dedos, y me los seco con los calcetines, y me pongo las zapatillas, y me quedo sentada en la hierba escuchando la lista entera, las ochenta y cuatro, sin saltarme ninguna,
mientras el agua cae por encima de la presa sin parar, como lleva cayendo seiscientos años, sin que nadie en la ciudad la vea.
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Vuelvo a la ciudad a las cuatro. Estudio Montaje en la mesa de mármol, con Chiara al lado leyendo, sin contarle dónde he estado. A las ocho y media me hago una tortilla francesa. A las nueve menos cinco me siento en la cama con el móvil al lado, como todos los domingos.
A las nueve y cinco no suena.
Miro la pantalla. Las nueve y cinco. Las nueve y seis. Las nueve y diez.
No suena.
En un año y medio, desde que me fui a Murcia, el teléfono no ha dejado de sonar un domingo a las nueve y cinco ni una sola vez.
Ni en los meses malos del año pasado, los del secreto, cuando yo lo cogía para decir tres frases y colgar: sonaba igual, a su hora, y a la semana siguiente volvía a sonar.
Ni en Nochebuena. Ni el día que le dije adónde me iba. Nunca.
Las nueve y cuarto. Las nueve y veinte.
No le llamo yo. No sé por qué no le llamo. Sí lo sé. Porque si le llamo y no lo coge me voy a asustar de verdad. Y si le llamo y lo coge, se va a dar cuenta de que me he asustado, y le voy a obligar a explicarme por qué no ha llamado, y no quiero obligarle a nada.
Las nueve y media.
Me siento en el suelo, con la espalda contra la cama, con el móvil entre las manos.
A las nueve y cuarenta, suena.
—Hola, papá.
—Perdona, hija. —Tiene la voz ronca, cansada, como si le costara—. Se me ha ido el santo al cielo.
—No pasa nada.
—Es que estaba con… —Se para—. Con unas cosas. Del camping. Y se me ha hecho tarde.
—No pasa nada, papá.
Y no le pregunto con qué cosas. Y hablamos, como siempre, del tiempo, de Hans, de las golondrinas de la viga.
Y hoy no oigo la depuradora de fondo. Oigo otra cosa, oigo un silencio más grande, un silencio de sitio cerrado, y no sé si es que está dentro de la oficina en vez de en el escalón o si es que la depuradora está apagada, y no se lo pregunto tampoco.
Veinte minutos. Colgamos.
Me quedo en el suelo, con la espalda contra la cama.
Pienso en la presa. En el ruido del agua que no para.
En que hay cosas que llevan seiscientos años haciendo lo mismo sin fallar ni un día, y que un día fallan, y que el día que fallan no es porque se hayan cansado de golpe, sino porque llevaban mucho tiempo cansándose sin que nadie lo viera.
Y pienso que mi padre ha llamado treinta y cinco minutos tarde, y que es la primera vez, y que la primera vez de algo nunca es la primera vez, sino la primera vez que se nota.