29
El pórtico de San Luca empieza en una puerta de la muralla que se llama Porta Saragozza, y cuando lo leo en el cartel me río tanto que Matteo me pregunta si estoy bien.
—Zaragoza —le digo, señalando el cartel—. Como Nacho.
—¿Hay una puerta de Zaragoza en Zaragoza?
—No lo sé. Se lo tengo que preguntar.
Le hago una foto al cartel y se la mando a Nacho.
Me contesta a los diez segundos con once signos de exclamación y un audio de cuarenta segundos que escucho entero, andando, con el móvil pegado a la oreja, mientras Nacho me explica con una emoción desproporcionada que esto demuestra que Zaragoza es la capital secreta de Europa.
Matteo me mira escucharle y se ríe sin saber de qué.
Es lunes, veinte de marzo, la trattoria cierra, y hace el primer día de primavera de verdad.
Un sol blanco, limpio, sin niebla, que pone las fachadas de color naranja y hace que la gente se quite los abrigos y los lleve colgados del brazo sin saber muy bien qué hacer con ellos.
Matteo dice que hay que subir a San Luca por lo menos una vez en la vida, y que él sube una vez al año, siempre en primavera, desde que tenía seis años y le subía su abuela de la mano.
—¿Cuánto es?
—Seiscientos sesenta y seis arcos.
—¿Seiscientos sesenta y seis?
—Sì. —Me mira de lado—. Como el diablo.
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El pórtico es un soportal. Eso es todo: un soportal.
Pero un soportal que sale de la ciudad y sigue, y sigue, arco detrás de arco, por una calle primero y luego por una carretera y luego empieza a subir un monte, cubierto, techado, sin interrupción, casi cuatro kilómetros de techo hasta la cima de una colina donde hay una iglesia.
Cada arco tiene un número pintado. Matteo los va leyendo en voz alta, de vez en cuando, como quien cuenta los escalones de una casa que conoce.
Me explica, subiendo, lo del diablo. Que el pórtico tiene seiscientos sesenta y seis arcos a propósito, porque representa una serpiente, la del diablo, larga y retorcida, bajando del monte.
Y que arriba, en la cabeza de la serpiente, está la iglesia de la Virgen, que la aplasta con el pie.
Que en Bolonia todo el mundo lo sabe y que nadie se lo cree, pero que todos cuentan los arcos igual.
—¿Y tú te lo crees?
—Io credo nei portici —dice—. Creo en los soportales.
Subimos despacio. La cuesta es dura, más de lo que parece, y a partir del arco trescientos y pico empiezan las escaleras, y a mí me arden los muslos y a él no, porque él sube cada año y porque se pasa el día de pie en una cocina.
Nos adelantan señoras de setenta años con mallas de deporte y bastones.
Nos adelanta un señor que sube corriendo, con los auriculares puestos, y que baja corriendo diez minutos después.
Nos adelanta una familia con un carrito de bebé, empujándolo entre los dos padres, escalón a escalón.
Entre arco y arco, por los huecos, se ve el campo. Colinas verdes, olivos, casas de campo color ocre, cipreses. Y a nuestra espalda, cada vez más abajo, Bolonia: los tejados rojos, las torres, la cúpula de la iglesia grande sin terminar.
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A la mitad de la subida, en el arco cuatrocientos doce, nos sentamos en un escalón a descansar.
Matteo saca de la mochila dos bocadillos de mortadela envueltos en papel, que ha hecho él esta mañana, con el pan de la panadería de la siciliana. Comemos en silencio mirando el valle por el hueco del arco. El sol nos da en las piernas. Tengo calor por primera vez desde septiembre.
Y él habla. Sin que yo le pregunte.
Habla de la trattoria. De que Gianni tiene casi sesenta años y no tiene hijos, y de que su madre ya no quiere más que hacer la sfoglia los viernes, y de que un día, dentro de cinco años, o de diez, la trattoria será suya.
Que nadie se lo ha dicho, pero que lo sabe todo el mundo.
Que Gianni lleva años enseñándole cosas que no se enseñan a un cocinero sino a un dueño: las cuentas de la libreta negra, los proveedores, a qué cliente se le fía y a cuál no.
—¿Y quieres?
Lo piensa. Mira el valle.
—Sì —dice—. Voglio.
Quiero.
Que estuvo dos años en Londres, dice, y que allí aprendió muchas cosas, y que la más importante fue que no quería estar en Londres.
Que allí nadie sabía por qué hacía lo que hacía.
Que aquí sí. Que cuando hace las tagliatelle, su abuela está en la tabla.
Que cuando hace el ragú, lo hace como lo hacía ella, cinco horas, con leche.
Que la trattoria es la única cosa del mundo que sabe del todo por qué hace.
—No me voy a ir nunca de Bolonia —dice. No lo dice como una queja ni como un orgullo. Lo dice como quien dice de qué color tiene los ojos.
Y luego se calla. Y no me pregunta nada.
No me pregunta si yo me quedaría. No me pregunta qué voy a hacer yo. No me pregunta nada de junio, ni del billete, ni de lo que pasa después. Se come su bocadillo mirando el valle y me deja el silencio a mí, entero, para que haga con él lo que quiera.
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Y yo hago lo que no debería hacer.
Me imagino.
Me imagino a mí, a los treinta años, en la cocina de Da Ines.
Con el delantal. Con la trattoria llena un viernes de diciembre y Matteo en los fogones donde ahora está Gianni.
Me imagino hablando el dialecto, entendiéndolo por lo menos, riéndome con Sergio, que tendrá setenta años y seguirá trayendo las alcachofas.
Me imagino haciendo la sfoglia, a mano, en la tabla, con el rodillo de casi un metro, mal, peor que Rosa, pero haciéndola.
Me imagino una casa en la Bolognina, más grande que la de ahora, con una cocina todavía más grande que la habitación.
Me imagino a una niña, a lo mejor, subiendo este pórtico de la mano, contando los arcos.
Me lo imagino con todo detalle. Con olores. Con luz.
Y me da tanto miedo que tengo que dejar el bocadillo en el escalón.
Me da miedo porque me gusta. Porque me cabe.
Porque me veo dentro sin esfuerzo, como me vi dentro de la cocina de Gianni el primer día, como si hubiera estado esperándome.
Porque sería tan fácil. Porque aquí nadie sabe quién soy, y podría seguir siendo así toda la vida, siendo la española de la trattoria, la que friega como un hombre, la que llegó un año en Erasmus y se quedó.
Podría ser otra persona. Una persona entera, con otro idioma y otra ciudad y otra familia, y nadie en esta ciudad me recordaría nunca el pasillo de Espinardo ni un móvil entre dos libros.
Y me da miedo porque, en esa imagen, con todo detalle, con olores y con luz, no hay agua. Ni un poco.
Y no hay nadie sentado en un escalón de un camping, a las nueve y cinco de un domingo.
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—¿Andiamo? —dice Matteo, levantándose, sacudiéndose las migas.
Seguimos subiendo. Arco cuatrocientos trece.
Cuatrocientos catorce. Él los va contando, yo ya no.
Y en el seiscientos sesenta y seis, arriba del todo, sin aliento, llegamos a una explanada delante de la iglesia de la Virgen, con un mirador desde donde se ve toda la llanura, verde y marrón, con la ciudad abajo, pequeña, y más allá los campos, y más allá, en el horizonte,
una bruma azul que no deja ver más.
—Là c'è il mare —dice él, señalando la bruma, hacia el este—. Allí está el mar. A cien kilómetros. No se ve nunca. Pero está.
Me quedo mirando la bruma mucho rato. El sitio donde está el mar sin verse.
Y él no me pregunta en qué pienso. Me pone la mano en la nuca, como en la Bolognina, sin empujar, solo estando, y se queda a mi lado mirando lo mismo que yo, que es nada, que es una bruma azul, que es el sitio donde está una cosa que no se ve,
y yo pienso que este hombre no me va a pedir nunca que me quede, y que eso es lo más generoso que ha hecho nadie por mí, y lo más difícil de soportar.