Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 28
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La noticia llega a la trattoria el miércoles ocho de marzo por la boca de Sergio, que la trae de la frutería junto con dos cajas de alcachofas.

Que anoche cerraron la pizzería de la esquina de via del Pratello con via Pietralata.

Que llegaron a las nueve, en plena cena, dos inspectores de trabajo con dos carabineros, y que pidieron los papeles de todo el mundo, de los camareros, de los cocineros, del chico de los repartos.

Que el chico de los repartos no tenía papeles, ni contrato, ni nada, y que el de la pizza tampoco tenía contratado a un camarero.

Que les han puesto una multa que, según la frutera, que es prima del de la pizzería, es para echarse a llorar.

Y que les han cerrado. Con un papel pegado en la persiana. Hasta que lo arreglen.

—E la settimana scorsa l'osteria di Gigi —añade Sergio, bajando la voz—. Anche lì.

Y la semana pasada la osteria de Gigi. También.

Dos locales en dos semanas. En la misma calle.

Estoy pelando alcachofas en la mesa de mármol, con la mano ya curada y una cicatriz rosa en el dorso con forma de mapa de un país que no existe, y me quedo con el cuchillo a medio camino.

Gianni, que está en los fogones con el caldo, se ríe.

Se ríe con toda la barriga, dándole vueltas al caldo con el cucharón, sin girarse.

—A me non vengono —dice—. Mi conoscono da quarant'anni.

A mí no vienen. Me conocen desde hace cuarenta años.

Sergio no se ríe. Me mira a mí de reojo, un segundo, y luego se va a la sala con las alcachofas.

•

Matteo espera hasta el descanso, hasta que Sergio se ha ido a su casa a comer y quedamos solo los tres en la cocina, y entonces se apoya en la encimera con los brazos cruzados, delante de su tío.

—Zio.

—Cosa.

Y hablan. En italiano y en dialecto, mezclado, deprisa, y yo sigo pelando alcachofas en la mesa de mármol haciendo como que no entiendo, que es lo que llevo haciendo desde noviembre cada vez que hablan de mí delante de mí.

Pero ya entiendo. Entiendo casi todo. Entiendo que Matteo le dice que me haga un contrato.

Que lo haga ya. Que no espere. Que si vienen, la multa por mí es más gorda que lo que cuesta darme de alta.

Que hay contratos para estudiantes, contratos de pocas horas, que lo ha mirado.

Que no es por la multa. Que es porque no está bien.

Y entiendo que Gianni le contesta que ya, que ya, que lo hará, que ahora no es el momento, que marzo es un mes flojo, que los papeles son un lío, que tiene que hablar con la gestora, que la gestora está de vacaciones. Que ya lo hará.

—Poi vediamo —dice Gianni.

Luego vemos.

Y Matteo le dice una cosa que no le he oído decir nunca, ni a él ni a nadie en esta cocina, con una voz que no le he oído nunca tampoco: más baja, más dura, sin gritar, porque Matteo no grita, pero con algo debajo que hace que Gianni deje el cucharón.

No la entiendo entera. Entiendo la palabra nonna. Abuela. Y el nombre de Ines.

Gianni se queda mirando a su sobrino un rato largo. Luego se gira hacia el caldo otra vez. Coge el cucharón.

—Poi vediamo —repite. Pero más bajo. Y ya no se ríe.

•

El jueves nueve no voy a Montaje.

Es la tercera vez. Lo sé porque lo cuento.

La primera fue en enero, la semana de los exámenes, por la cena de empresa.

La segunda fue el jueves antes de Berlín, porque Gianni necesitaba a alguien para las comidas y Sergio tenía médico.

Y la tercera es hoy, porque hay un grupo de veinte alemanes que han reservado para comer a la una y Gianni no puede solo, y Matteo no puede solo, y yo digo que me quedo antes de que nadie me lo pida.

Las clases de Montaje son prácticas. Eso es lo que no he querido pensar.

No son de las que se sacan con los apuntes de otro.

Son dos horas en una sala con ordenadores, con un profesor joven con gafas redondas que nos da material grabado y nos pide que lo montemos, y que al final de cada clase nos deja una nota en una hoja de cálculo que nadie ve más que él.

Me encantan. Es la única clase de todo Bolonia en la que no me siento extranjera, porque montar no se hace en italiano: se hace con los ojos y con los dedos, y en eso soy buena.

En Murcia saqué un siete. El profesor de las gafas redondas me dijo en noviembre, en un español malo, que tenía «oído para el corte». Que sabía dónde cortar.

Y hoy no voy. Friego platos de veinte alemanes que piden cerveza con la pasta.

•

El lunes trece Elena Baldini me para en el pasillo del palacio de via Barberia.

No me cita. No me escribe. Me está esperando. Está de pie junto a la escalera de mármol, con las gafas colgando de la cadena de cuentas y una carpeta en la mano, y cuando me ve subir se aparta de la pared y viene hacia mí.

—Nerea. Un momento.

Me lleva a su despacho. No me dice que me siente. Abre la pantalla del ordenador y la gira, igual que en enero. Pero esta vez no es mi expediente. Es una hoja de cálculo. Una lista de nombres, y al lado de cada nombre, casillas, doce casillas, algunas verdes, algunas rojas y algunas en blanco.

—Il professore di Montaggio —dice—. Me ha escrito.

El profesor de Montaje. Busco mi nombre en la lista. Baresa Escalante, N. Cinco verdes. Tres rojas. Cuatro en blanco.

—Son las prácticas —dice Elena—. Hay doce hasta mayo. Para presentarte al examen de junio tienes que haber hecho nueve. —Toca la pantalla con el dedo, en la tercera casilla roja—. Ya no puedes faltar a ninguna más. Ni una.

Me quedo mirando las casillas rojas.

—Me ha escrito porque dice que eres la mejor de la clase —añade Elena, más bajo—. Y que no entiende por qué no vienes.

No digo nada.

Elena Baldini me mira mucho rato. Luego se quita las gafas y las deja colgar de la cadena, y se apoya en la mesa, y dice, en español, despacio, con su acento de Salamanca de hace veinte años:

—El sábado pasado fui a cenar a via del Pratello. Con mi marido. A la osteria de enfrente de una trattoria que se llama Da Ines.

Se me para la sangre.

—Te vi por el cristal. En la cocina. Con un delantal.

No digo nada. No puedo.

—No es asunto mío dónde trabajas —dice ella—. De verdad que no. Yo trabajé de camarera en Salamanca todo mi Erasmus, en un bar de la plaza, sin contrato, como todo el mundo. —Hace un gesto con la mano, un gesto muy italiano, de quitarle importancia—. No te voy a decir nada de eso.

Se inclina un poco hacia mí.

—Pero si no vienes a las prácticas de Montaje, no te presentas en junio. Y si no te presentas en junio, no llegas a dieciocho. Y si no llegas a dieciocho, ya sabes lo que pasa. —Se pone las gafas otra vez—. Eso sí es asunto mío.

—Voy a venir —digo.

—Bene.

—A todas.

—Bene.

Y me deja ir. Sin más. Como siempre en esta ciudad. Te dicen lo que hay, una vez, y te dejan la puerta abierta.

•

Esa tarde se lo digo a Gianni. Que los jueves no puedo hacer las comidas. Que tengo una clase que no puedo perder. Que lo siento.

Gianni me mira por encima de las gafas, con la libreta de tapas negras abierta delante.

—I giovedì.

—Los jueves.

—Va bene.

Y tacha algo en su libreta con el boli mordido.

No dice nada más. Pero el sábado, en el sobre, hay cuarenta y dos euros menos que la semana anterior, que son las seis horas del jueves, y me parece justo, y me duele, y hago la cuenta en la nota del móvil, debajo de la línea de los catorce créditos,

y la cuenta me sale que llego a finales de abril en vez de a finales de mayo.

Y el jueves dieciséis voy a Montaje. Y el profesor de las gafas redondas me ve entrar y no dice nada, pero cuando me siento delante del ordenador me deja en la mesa, sin comentarios, el material de la práctica que me perdí la semana pasada, con un pósit amarillo encima que pone, en español,

con faltas: para cuando puedas.

Y me paso dos horas cortando. Cortando imágenes de otro, de un chico en una estación de tren esperando a alguien que no llega, buscando el punto exacto donde se tiene que acabar cada plano, ni un fotograma antes ni uno después, y durante dos horas no pienso en el sobre,

ni en la multa de la pizzería, ni en la reapertura del camping, ni en Gianni diciendo luego vemos.

Pienso solo en dónde se corta. Y cuando termino, el profesor pasa por detrás de mi silla y mira la pantalla un momento y dice «brava» muy bajo, y se va, y yo me quedo mirando al chico de la estación, al que he dejado esperando justo el tiempo que hacía falta,

y pienso que ojalá supiera hacer esto con mi vida igual de bien que lo hago con la de los demás.