27
El miércoles uno de marzo me doy cuenta de que tengo un cepillo de dientes en la Bolognina.
No lo he llevado yo. O sí, pero no para dejarlo.
Lo metí en la mochila para Berlín, lo saqué en Berlín, lo volví a meter, y al volver, la noche del viernes, lo saqué en el baño de Matteo porque era tarde y estaba cansada y no iba a cruzar las vías a las dos de la mañana.
Y el sábado se quedó ahí. Y el domingo. Y el miércoles, cuando voy a lavarme los dientes, lo encuentro en el vaso del lavabo, al lado del suyo, azul el mío, verde el suyo, los dos con las cerdas hacia arriba, apoyados uno en otro como dos personas en un banco.
Me quedo mirándolo con la pasta de dientes en la mano.
No es nada. Es un cepillo de dientes. Pero en el armario del baño hay también una toalla que no estaba en enero, de color naranja, doblada en la balda de arriba, más pequeña que las suyas.
Y en la cocina, en la estantería de los frascos, hay un tarro de cacao en polvo, el que yo tomo por las mañanas, que él no toma porque dice que el cacao en polvo es un crimen contra el chocolate.
Y en el perchero de la entrada hay un gorro de lana que es el mío.
Nadie ha dicho nada. Nadie ha decidido nada. Las cosas han ido cruzando las vías solas, de una en una, como si se fueran mudando sin pedir permiso.
Salgo del baño con el cepillo en la mano.
—¿Esta toalla?
Matteo está en la cocina, de espaldas, haciendo café. No se gira.
—È tua.
—¿Desde cuándo?
—Da gennaio.
Desde enero. La compró en enero. No me lo dijo. La dejó en la balda de arriba, doblada, y esperó a que yo la viera.
Me quedo en la puerta de la cocina con el cepillo de dientes en la mano, como una tonta, y él se gira con las dos tazas y me ve y se ríe con un lado de la boca.
—¿Qué?
—Nada.
Y vuelvo al baño, y dejo el cepillo en el vaso, al lado del suyo, apoyados uno en otro. Y no lo vuelvo a sacar.
•
El quince de febrero tampoco llegó nada.
No lo he dicho porque no hay nada que decir.
Lo miré el catorce, que era lunes, y el quince, y el dieciséis, y ya no lo miré más.
Ni una transferencia. Ni un mensaje. Mi padre sigue llamando los domingos a las nueve y cinco, puntual como un reloj que no está parado, y sigue diciendo «tranquilo» y «poca gente», y yo sigo sin preguntar.
Le mandé fotos de Berlín. La del aeropuerto que es un campo. La del canal helado con los patos. Una de la estufa de azulejos verdes. Me contestó con un pulgar a cada una y con una frase a la del canal: «Eso no es agua es un pasillo». Me reí sola en el sofá de Lukas. Tiene razón.
El domingo cinco, a las nueve y cinco, suena el teléfono.
—Hola, papá.
—¿Qué tal Berlín?
—Frío.
—Ya lo vi en las fotos.
Y luego el silencio del principio, y luego él. Que marzo ha empezado bien, que hace un sol de primavera, que han vuelto las golondrinas a la viga de la recepción. Que Hans y su mujer han llegado el martes, como todos los marzos, con dos cajas de queso. Que Hans ha preguntado por mí.
Y de fondo, un ruido. No la depuradora. Otro. Unos golpes, metálicos, y una voz de hombre gritando algo, lejos.
—¿Qué es eso?
Silencio.
—Estamos de obras —dice mi padre.
—¿Obras? ¿Un domingo a las nueve de la noche?
—Arreglando cosas. Para la temporada. —Lo dice deprisa, como quien se quita algo de encima—. Lo de siempre, hija. Las duchas. Los enchufes de las parcelas. Lo de todos los años.
Lo de todos los años nunca lo ha arreglado un domingo a las nueve de la noche.
Lo de todos los años lo arregla él solo, en febrero, con la caja de herramientas y la radio puesta.
Y los golpes que suenan por el teléfono no son de una caja de herramientas.
Suenan a algo más grande. A algo que se desmonta.
No pregunto.
—Vale —digo.
—Vale.
Hablamos diez minutos más. De Hans. Del sol.
De las golondrinas. Y cuando cuelgo, busco en internet el nombre del camping, que hace años que no busco, porque siempre lo he tenido delante y no me ha hecho falta, y la página web sale igual que siempre, con las fotos viejas de la piscina y la tabla de precios de hace tres temporadas,
y en la esquina de arriba, en rojo, un aviso que no había visto nunca: Reapertura: 1 de marzo.
Reapertura. El camping de mi padre no ha cerrado nunca. En treinta años, desde que lo abrió, no ha cerrado ni un día. Ni en la pandemia, que yo me acuerdo, que teníamos a tres familias de alemanes que no se podían volver a Alemania.
Me quedo mirando el aviso rojo en la pantalla del móvil.
Reapertura.
Y no llamo. Tengo el número de la recepción en la pantalla, con el dedo encima.
Y no llamo. Porque es domingo por la noche y mi padre está en el escalón, cansado, con golpes de fondo, y ya me ha dicho que están de obras, y si le llamo y le pregunto por el aviso rojo le obligo a mentirme otra vez, más gordo, o a decirme la verdad, que es peor,
y no sé cuál de las dos cosas me da más miedo.
Cierro la página. Dejo el móvil bocabajo.
•
Román me llama esa misma tarde, antes que mi padre, a las seis. Nos hemos acostumbrado a los domingos, él a una hora y mi padre a otra, como dos turnos.
Le cuento lo de Berlín. Lo del aeropuerto.
Lo del canal helado. No le cuento lo del billete, ni lo del ti amo, porque hay cosas que no le cuento a Román, aunque sea Román.
Pero le cuento todo lo demás. Le cuento que he vuelto el viernes, que el sábado trabajé doble, que la semana que viene tengo que ponerme en serio con Montaje.
—¿Y hoy qué has hecho?
—Nada. Estoy en casa. He dormido hasta las doce, luego he bajado a por pan a la panadería de la esquina, la de la señora que me guarda la focaccia, y luego…
—En casa —me corta él.
—¿Qué?
—Has dicho en casa.
—Pues sí. En casa. En el piso.
—¿En cuál?
Me quedo callada.
Porque no lo sé. Porque he dormido en la Bolognina, y he bajado a por pan a la panadería de la esquina de la Bolognina, donde una señora siciliana me guarda la focaccia de cebolla desde febrero porque sabe que me gusta.
Y lo he dicho sin pensarlo: en casa. Y no me he dado cuenta de a qué casa me refería hasta que Román me lo ha preguntado.
—En la de él —digo al final.
Román no dice nada durante un momento. Oigo un coche por su lado, un claxon, Murcia de fondo.
—Nerea —dice luego, con una risa pequeña, de las suyas, de las de la cuarta fila—. Hablas como si vivieras ahí.
—Vivo aquí.
—No. Digo como si vivieras ahí. —Otra pausa—. De verdad. Para siempre.
No contesto.
No contesto porque tiene razón, y porque no quiero que la tenga, y porque en el vaso del lavabo de la Bolognina hay un cepillo de dientes azul apoyado en uno verde, y en la balda de arriba una toalla naranja que alguien compró en enero sin decirme nada, y en el móvil,
en una aplicación que no he vuelto a abrir desde Berlín, un billete de avión para el veintisiete de junio, a las siete y diez de la tarde, que es lo único de todo esto que tiene fecha.