26
En Berlín hace ocho grados bajo cero, y el frío no se parece a nada que yo conociera con ese nombre.
El de via Zamboni es un frío de dentro: de casa vieja, de techo alto, de radiador tibio.
Se mete despacio y se queda. Este es otro.
Este te espera en la puerta del aeropuerto y te pega en la cara como una bofetada, y en los primeros diez segundos se te congelan los pelos de la nariz, y en el primer minuto dejas de sentir las orejas, y a los cinco minutos ya no sabes si tienes pies.
Matteo se ríe de mí en la parada del autobús porque me he puesto su bufanda por encima de la mía y solo se me ven los ojos.
—Te lo dije —dice.
—No me dijiste esto.
—Te dije que era para locos. —Se ríe más—. Lo dijo mi madre.
Es la primera vez que la menciona desde el viernes de la sfoglia. La menciona riéndose, con los ojos llorosos del frío. Y yo pienso que a lo mejor la otra parte de lo que dijo Rosa también era una broma. Y sé que no.
•
El amigo se llama Lukas. Es austriaco, tiene treinta años, dos metros de alto y una barba roja que le llega al pecho, y cocinó con Matteo en Londres durante dos años en un restaurante donde, según los dos, el chef les tiraba sartenes.
Vive en Neukölln, en un cuarto piso de un edificio de ladrillo con un patio interior, con su novia, que es iraní y se llama Shirin y trabaja de noche en un hospital.
Nos dejan el sofá cama del salón, que es un salón lleno de plantas y de libros, con una estufa de azulejos verdes en una esquina que Lukas enciende con leña y que da un calor que no he sentido desde agosto.
Lukas habla inglés con acento de montaña. Shirin habla inglés con acento de ninguna parte. Matteo y Lukas hablan entre ellos en un inglés de cocina lleno de palabras que no están en ningún diccionario. Yo hablo lo que puedo. Nadie espera que hable mejor.
La primera noche cenamos los cuatro en la cocina, a las doce, una sopa de lentejas persa que ha hecho Shirin antes de irse al turno y que Lukas calienta con una devoción religiosa.
Hablamos de comida. Hablamos de Londres.
Lukas cuenta que Matteo, en Londres, era el único cocinero de la cocina que nunca gritaba, y que el chef le odiaba por eso, porque no sabía cómo hacerle daño.
—He never shouts —me dice Lukas, señalando a Matteo con la cuchara—. Never. It makes everybody crazy.
Matteo se encoge un poco en la silla, incómodo.
—Lo sé —digo.
Y es verdad. En cuatro meses no le he oído gritar ni una vez. Ni en la cocina con cuarenta cubiertos. Ni a Gianni. Ni a mí.
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Berlín es enorme, gris y plano, y no tiene soportales.
Eso es lo primero que me choca. Llevo cinco meses en una ciudad con techo y aquí no hay techo en ningún sitio: las calles son anchísimas, los edificios están separados por solares vacíos, el cielo es blanco y bajo y está en todas partes.
La gente va deprisa, sin mirar a nadie, vestida de negro, con gorros de lana.
Nadie habla alto. En el metro nadie habla.
Andamos. Andamos cuatro días, porque es lo único gratis, envueltos en todas las capas de ropa que tenemos, parando en cafés para calentarnos las manos con tazas de algo.
Vemos un trozo del muro, pintado, con turistas haciéndose fotos delante.
Vemos una puerta enorme con caballos encima.
Vemos una iglesia bombardeada en la guerra que dejaron rota a propósito, con la torre partida por la mitad, y me acuerdo de la grieta de la estación de Bolonia, y Matteo también se acuerda, lo noto en cómo se queda callado, y ninguno de los dos lo dice.
Y vemos un aeropuerto.
Un aeropuerto que ya no es un aeropuerto.
Lukas nos manda el martes por la mañana, con mucho misterio, y nos dice que no preguntemos.
Es un campo. Un campo inmenso, lo más grande que he visto en mi vida sin agua, con las pistas de aterrizaje todavía pintadas en el suelo, los números, las flechas, las líneas blancas, y la gente paseando por ellas con perros, corriendo, montando en bici, volando cometas.
En el horizonte, lejísimos, un edificio curvo y largo, gris, donde antes estaban las puertas de embarque.
Y en medio, nada. Cielo. Hierba helada. Viento.
Me quedo parada en mitad de una pista.
No sé explicar lo que me pasa. Es lo que me pasa con el mar.
Es lo que me pasó en Lisboa, en el mirador, agarrada a la barandilla.
Es el espacio. El espacio abierto hasta el horizonte, sin nada que lo tape, sin techo, sin soportales, sin paredes.
Llevo cinco meses viviendo dentro de una ciudad que es una casa, y aquí de repente no hay casa, solo cielo, y me entra por el pecho como un vaso de agua.
Matteo se para a mi lado.
—Sembra il mare —dice.
Parece el mar.
Lo miro. Lo ha entendido. No le he dicho nada y lo ha entendido.
Nos tumbamos en la pista, en el suelo helado, mirando el cielo, que es blanco y bajo y se mueve deprisa. Un avión de verdad pasa muy alto, hacia otro aeropuerto. Un perro enorme viene a olernos, nos lame la cara a los dos, y se va. Nos reímos. Tenemos la espalda congelada. Nos da igual.
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El miércoles vemos agua.
Hay un canal que cruza el barrio de Lukas, y con el frío se ha helado por los bordes.
No entero: el centro sigue corriendo, oscuro, lento, pero en las orillas hay una capa de hielo blanco de un palmo de ancho, con hojas atrapadas dentro, y patos de pie encima, sobre el hielo, mirando el agua que se mueve sin atreverse a meterse.
Nos quedamos mucho rato en un puente, mirando.
—Nunca había visto agua helada —digo.
—Nunca habías visto nieve.
—Ni nieve.
—Este año has visto muchas cosas.
Lo dice mirando el canal, sin darle importancia.
Y yo pienso que es verdad. Que en cinco meses he visto nieve, y agua helada, y un aeropuerto que es un campo, y un reloj parado por ochenta y cinco personas, y una ventana en una pared detrás de la que corre un canal.
Que he visto a una chica preguntarme si me podía besar.
Que he visto a un señor enorme darme dos días de sueldo por no trabajar.
Que me he visto a mí contarle a alguien, entero, lo que no le había contado a nadie.
Y pienso que en junio se acaba.
Lo pienso ahí, en el puente, con el agua helada debajo. Y no me duele como pensaba que me dolería. Me duele de otra manera. Como duele el frío de aquí: limpio, de fuera, sin que se te meta dentro. Como una cosa que sabes que va a pasar y que por eso puedes mirar de frente.
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El jueves por la noche, la última, Lukas y Shirin se van a una fiesta y nos dejan la casa.
Estamos en el sofá cama, delante de la estufa de azulejos verdes, con la leña crujiendo, con la ventana dando al patio oscuro y nevado. Hemos cenado pan con queso y una botella de vino barato. Él tiene la cabeza en mis piernas. Yo tengo el móvil en la mano.
Y abro la aplicación del vuelo.
No sé por qué ahora. Sí lo sé. Porque lo he pensado en el puente, con el agua helada.
Porque lo he pensado en la pista del aeropuerto.
Porque llevo desde la noche de la nieve diciendo «me voy en junio, a finales», y «a finales» es una fecha que no existe, como «seguramente en diciembre», como «luego vemos», y no quiero que lo nuestro sea una cosa que se mueve hacia una fecha que no existe.
Quiero que tenga una fecha de verdad. Quiero poder mirarla.
Bolonia–Alicante. Martes, veintisiete de junio. Sesenta y un euros. Solo ida.
Matteo levanta la cabeza de mis piernas. Mira la pantalla. Ve lo que estoy haciendo.
No dice nada.
No dice «no», ni «espera», ni «¿ya?». No me quita el móvil.
No se levanta. Se queda mirando la pantalla por encima de mi brazo, con la cara muy quieta, mientras yo meto mi nombre, BARESA ESCALANTE NEREA, y el número del documento, y los datos de la tarjeta, que es la de débito y que me cobra comisión, y aprieto el botón.
Reserva confirmada.
Sale una pantalla verde con un tic. El veintisiete de junio. A las siete y diez de la tarde.
Dejo el móvil en el suelo, bocabajo.
Nos quedamos callados. La leña cruje. En el patio sigue nevando, muy fino, casi nada. Él tiene la cabeza otra vez en mis piernas y me mira desde abajo, y yo le miro desde arriba, y no sé qué va a decir, y tengo miedo de lo que va a decir, y tengo miedo de que no diga nada.
—Ti amo —dice.
Así. Desde abajo. Con el billete comprado. Sabiendo el día y la hora. Sabiendo que el veintisiete de junio a las siete y diez yo estaré en un avión, y él no.
Lo dice sabiéndolo. Eso es lo que me rompe. Que no me lo ha dicho en la nieve, ni en la Bolognina, ni en la plaza con el Vecchione ardiendo, cuando no había fecha y todo era posible. Me lo dice ahora. Después del botón. Con el tic verde todavía en la pantalla del suelo, bocabajo.
Nadie me había dicho eso sabiendo cuándo se acababa.
—Te quiero —digo.
En español. Porque es la única manera en que lo sé decir sin que me tiemble.
Y luego, porque me mira como si no estuviera seguro de haberlo entendido, porque a lo mejor quiere oírlo en su idioma, lo intento en italiano, ti amo, con mi acento de mar enfadado, y me sale fatal, y se ríe, con la cabeza en mis piernas, y yo me río, y nos lo decimos otra vez en los dos idiomas,
mal, bien, a trozos, hasta que deja de parecernos raro.
Y a las cuatro de la mañana, cuando él ya duerme y la estufa se ha quedado en brasas, cojo el móvil del suelo, le doy la vuelta, y miro el billete una vez más.
Veintisiete de junio. Siete y diez. Y no me da miedo.
Me da otra cosa, que no sé nombrar todavía y que tiene algo de lo que sentí cuando firmé yo sola la matrícula de la universidad: que esto también lo he elegido yo, con los ojos abiertos, el principio y el final, y que nadie me lo va a poder quitar, ni siquiera el final.