Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 25
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Lo de Berlín lo dice Matteo el lunes catorce, que es San Valentín y que ninguno de los dos celebra, en la cocina de la Bolognina, mientras pica ajo para una pasta que vamos a cenar a las once de la noche.

—Tengo un amigo en Berlín —dice, sin levantar la vista del cuchillo—. De Londres. Cocinamos juntos dos años. Tiene un sofá.

—Vale.

—Y la trattoria, en febrero, está muerta.

—Vale.

—Y tú tienes la mano vendada y no puedes fregar hasta el lunes.

Deja el cuchillo. Se gira. Se apoya en la encimera con los brazos cruzados, como cuando me enseñó a buscar lo que me gustaba.

—Cinque giorni —dice—. Del veintiuno al veinticinco. Berlín.

Me quedo mirándolo con el vaso de agua a medio camino.

Berlín. No he estado nunca en Berlín. No he estado nunca en casi ningún sitio: Lisboa, Florencia, Bolonia, y antes de esto, Murcia y Madrid una vez con el instituto.

Berlín es un sitio que sale en las películas de la clase de montaje, gris y enorme, lleno de gente vestida de negro que baila en naves industriales.

Berlín en febrero es un sitio donde hace frío de verdad, dice él, un frío que hace que el de via Zamboni parezca Murcia en agosto.

—No puedo —digo.

—¿Por qué?

Porque no tengo dinero. Porque hace un mes que mi padre no me manda nada.

Porque tengo la nota del móvil llena de números que no salen y una línea que dice «Lisboa: -120» que todavía no he compensado.

Porque tengo catorce créditos de dieciocho.

Porque tengo una mano quemada y un trabajo que no existe.

—Por el dinero —digo, solo eso.

Matteo lo piensa un segundo.

—Los vuelos los pago yo —dice—. El sofá es gratis. La comida…

—No.

—Nerea.

—Que no. —Me sale más fuerte de lo que quería—. No me pagas nada.

Se queda callado. No insiste. Pero tampoco se da la vuelta a seguir picando ajo. Se queda mirándome, apoyado en la encimera, con una cara que no le he visto mucho: la de alguien que quiere entender algo y no lo entiende.

—¿Por qué?

Y no lo sé explicar. Ni en italiano ni en español.

Porque la respuesta es que no he dejado que nadie me pague nada desde que tengo diecisiete años.

Porque en el camping aprendí que el dinero de los demás se paga siempre, de una manera o de otra, y que si no lo pagas en dinero lo pagas en otra cosa.

Porque el otro, el de Murcia, me pagaba las cenas y los taxis y las copas, y yo creía que era un regalo, y era una cuenta que se iba sumando en algún sitio que yo no veía.

Porque mi padre lleva un mes sin mandarme nada y no me ha dicho por qué, y yo no se lo he preguntado, y si no le dejo ayudarme a él, que es mi padre, cómo voy a dejar que me ayude un cocinero que conozco desde octubre.

No digo nada de eso.

—Porque no —digo.

Matteo asiente, despacio. Coge el cuchillo otra vez. Pica ajo.

—Va bene —dice—. Pagas tu mitad.

—Pago mi mitad.

—Cuando puedas.

—Ahora.

Se ríe. Se ríe sin girarse, con los hombros.

—Sei impossibile.

Eres imposible. Lo dice como un piropo.

•

Los vuelos cuestan ochenta y cuatro euros por persona, ida y vuelta, en una compañía que cobra hasta por respirar, sin maleta.

Los compra él esa noche, con su tarjeta, desde la cama, porque yo no tengo tarjeta de crédito y la de débito del banco de Murcia me cobra comisión en cada pago.

Me enseña la pantalla para que vea los nombres: FERRI MATTEO, BARESA ESCALANTE NEREA.

Me hace gracia verlo escrito así, en mayúsculas, uno debajo del otro, como en una lista de clase.

Y al día siguiente le pago mi mitad.

Se la pago en efectivo, en la trattoria, en el patio, a las cuatro de la tarde. Ochenta y cuatro euros. En billetes pequeños y monedas. Porque son las propinas.

Las propinas de la trattoria se meten en un bote de cristal de pepinillos que está debajo de la caja, y los sábados, después de cerrar, Sergio las cuenta y las reparte entre todos, él, Matteo, Gianni y yo, en cuatro montones iguales encima de la barra.

Gianni no coge la suya nunca: la deja en el bote para la semana siguiente.

Yo la mía la meto en otro bote, uno de mermelada vacío, que tengo en el armario de via Zamboni, detrás de los jerséis, y en el que no toco nada.

Desde noviembre. Por si acaso. Hay ochenta y seis euros con cuarenta.

Matteo mira el montón de billetes arrugados y monedas que le pongo en la mano.

—Son las propinas —dice. No pregunta. Lo sabe. Ha visto a Sergio repartirlas todos los sábados.

—Son mías.

—Nerea…

—Son mías. Me las he ganado. —Le cierro la mano con las dos mías, con los billetes dentro, con cuidado por la venda—. Y con esto pago yo mi avión.

Me mira mucho rato. Luego se mete los billetes en el bolsillo del delantal, sin contarlos.

—Grazie —dice.

Y yo no sé si me está dando las gracias por el dinero o por otra cosa.

•

Gianni refunfuña.

Refunfuña el martes, cuando Matteo se lo dice, y el miércoles, y el jueves, cada vez que pasa por delante de la mesa de mármol.

Cinco días. Cinco días en febrero. Que en su época no se iba nadie cinco días a ningún sitio.

Que él lleva cuarenta años sin vacaciones.

Que quién va a hacer la sfoglia de los martes.

Que Berlín, qué hay en Berlín, alemanes.

Lo refunfuña en voz alta, en italiano, para que lo oigamos todos, y luego se va al patio a fumar el cigarro que su médico no sabe que fuma.

Sergio me explica en voz baja que no le hagamos caso.

Que Gianni ya le ha dicho que sí la primera vez, el martes, y que todo lo demás es teatro.

Que en febrero la trattoria da pena y que él mismo iba a cerrar las comidas de esa semana.

Que refunfuña porque es su manera de decir que los va a echar de menos.

—Y a ti —añade Sergio, con un guiño—. A ti también. Pero eso no te lo va a decir nunca.

•

El viernes baja Rosa a hacer la sfoglia.

Yo tengo la mano vendada todavía, así que Gianni me ha puesto a hacer lo único que se puede hacer con una mano: doblar servilletas en la sala.

Estoy en la mesa de al lado de la suya, a dos metros, doblando servilletas de tela en triángulos, cuando entra Matteo por la puerta de la calle y le da un beso en la coronilla, como siempre, y ella le dice algo.

Se lo dice en dialecto. No en italiano: en ese idioma que hablan Gianni y Sergio y ella cuando no quieren que se entienda, un idioma que suena más cerrado, con las vocales comidas, como si hablaran con la boca pegada a la harina.

Se lo dice sin dejar de estirar la masa con el rodillo, sin levantar la vista. Una frase. Dos.

Matteo contesta. Corto. Una palabra.

Rosa dice otra frase, más larga. Sin cambiar el tono.

Matteo no contesta. Se va a la cocina.

Y yo me quedo con una servilleta a medio doblar entre las manos, mirando a Rosa, que sigue estirando la masa como si no hubiera pasado nada, como si no supiera que yo estoy a dos metros, que llevo tres meses en esta casa, que no entiendo el dialecto pero entiendo perfectamente cuándo se habla de mí.

En el patio, a las seis, se lo pregunto a Matteo.

—¿Qué te ha dicho tu madre?

—Niente.

—Matteo.

Se apoya en la pared. Mira la bici sin ruedas.

—Ha dicho que Berlín en febrero es para locos.

Lo miro.

—Eso no es lo que ha dicho.

—Es parte de lo que ha dicho.

—¿Y la otra parte?

Matteo se queda callado. No me miente. Eso me doy cuenta después, en la cama: que no me miente. Que podría haberme dicho cualquier cosa y yo no lo habría sabido nunca, y en vez de eso se queda callado, porque la otra parte no me la quiere decir y tampoco me la quiere inventar.

—Es mi madre —dice al final—. Habla. Ya se le pasará.

Y se va a la cocina.

•

El domingo por la noche, a las nueve y cinco, se lo cuento a mi padre.

Que me voy a Berlín. Cinco días. Con un amigo.

No le digo que el amigo es un cocinero con el que duermo tres noches por semana. No le digo que el vuelo lo he pagado con propinas de un trabajo del que tampoco sabe nada. Le digo un amigo, y que es barato, y que tengo una semana sin clases.

Mi padre se queda callado un momento al otro lado. Oigo la depuradora. Oigo, creo, el ruido del escalón cuando cambia de postura.

—¿Y eso con qué? —pregunta. Bajito.

Y ahí está. La pregunta que no me ha hecho en un mes. La hace él, al revés, de lado, sin querer hacerla.

—Con lo mío —digo.

Silencio.

—¿Tienes dinero tuyo?

—Tengo.

No dice nada durante tanto rato que creo que se ha cortado. Luego oigo que respira, largo, como cuando se sienta en el escalón después de un día muy largo.

—Bien —dice. Y la palabra le sale tan cansada, tan rota por la mitad, que me dan ganas de coger un avión esa misma noche. No a Berlín. A casa.

No lo hago. No le pregunto nada. Le digo que le mandaré fotos, y él dice que vale, que me abrigue, que en Berlín hace frío, y colgamos, y me quedo mirando el bote de mermelada vacío detrás de los jerséis, donde había ochenta y seis euros con cuarenta, y donde ahora quedan dos euros con cuarenta,

y pienso que mi padre acaba de enterarse de que tengo dinero que no es suyo, y que eso, para un hombre como él, debe de ser lo mismo que enterarse de que ya no le necesito, y que no hay manera de explicarle que no es verdad sin contarle todo lo demás.