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La cena es idea mía, y es la primera idea mía de este tipo desde que llegué a Bolonia.
Tengo la mano vendada, una semana sin cocina y un sábado por la noche libre por primera vez desde noviembre, y el jueves, en clase de italiano, se lo digo a Nacho sin pensarlo mucho: que si quiere venir a cenar el sábado a mi piso.
Él pone la cara que pondría un niño si le regalaran un perro.
Pregunta si puede traer a Chus, que tiene la muñeca escayolada y está deprimido.
Le digo que sí. Luego, en la escalera, se lo digo a Kasper, que dice «okay» y luego, al rato, «what do I bring», y le digo que nada, y trae dos botellas de vino danés de frutas del bosque que nadie sabía que existía.
A Chiara se lo digo el viernes, en la cocina.
—¿Nacho? —Deja la taza en la mesa de mármol—. ¿El de la peluca?
—El de la peluca.
—¿En mi casa?
—En nuestra casa.
Chiara me mira por encima de las gafas que no lleva. No dice nada. Pero el sábado por la tarde la veo salir a comprar y volver con cuatro bolsas del mercado y una cara de determinación que me da miedo.
•
Cocina ella. Yo no puedo, con la mano. Cocina Chiara orecchiette con grelos, que es lo que se come en Bari, dice, y lo hace a mano, las orecchiette, una por una, arrastrando la masa con el cuchillo sobre la tabla para que se enrosquen como orejas pequeñas.
Lo hace muy deprisa y muy enfadada, como si la pasta le debiera algo. Yo pongo la mesa con una mano.
A las nueve llegan Nacho y Chus, con una tortilla de patatas en un táper.
Chiara mira la tortilla.
Nacho mira a Chiara.
—Es que en mi casa, cuando vas a cenar a casa de alguien, llevas algo —dice él, con una sonrisa enorme—. Y yo solo sé hacer esto.
—Bene —dice Chiara. Y deja la tortilla en la mesa, en el centro, al lado de su fuente de orecchiette, como quien deja dos ejércitos frente a frente.
Kasper llega el último, agachando la cabeza en la puerta aunque no le haga falta, con sus dos botellas de vino de frutas del bosque, y se sienta en la silla más baja, que es la única que queda, y se queda con las rodillas a la altura de la mesa.
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La primera hora va bien.
Comemos. Las orecchiette están buenísimas, amargas y saladas a la vez, y la tortilla de Nacho está sorprendentemente buena, jugosa, con cebolla, y Chiara se come un trozo sin decir nada y luego otro.
Kasper cuenta, a petición de nadie, que en Dinamarca en Navidad se come arroz con leche con una almendra escondida dentro y que el que la encuentra gana un cerdo de mazapán.
Chus, con la escayola apoyada en la mesa, se ríe tanto con lo del cerdo de mazapán que tiene que salir al pasillo.
El vino de frutas del bosque sabe a jarabe para la tos y nos lo bebemos entero.
El problema empieza con el fútbol.
Nacho le pregunta a Chiara de qué equipo es.
Chiara dice que del Bari. Nacho dice que el Bari está en Segunda, como el Zaragoza, que son hermanos de desgracia.
Chiara dice que el Bari no se parece en nada al Zaragoza.
Nacho le pregunta si ha estado en Zaragoza.
Chiara dice que no, ni piensa. Nacho dice que Zaragoza es la ciudad más bonita de España.
Chiara dice que no le extraña, viendo cómo son los españoles.
—¿Cómo son los españoles?
Y Chiara, con la copa de vino de frutas del bosque en la mano, en una mezcla de italiano e inglés que ya entiendo casi entera, se lo dice.
Que los españoles vienen a Bolonia en Erasmus y no vienen a Bolonia.
Que vienen a un piso con otros españoles, a un bar donde ponen el fútbol español, a una plaza donde gritan en español.
Que en nueve meses no aprenden ni cincuenta palabras de italiano porque no les hace falta.
Que hacen tortilla. Que se juntan. Que se ponen pelucas y banderas en Nochevieja en mitad de la plaza.
Que vuelven a su casa en junio diciendo que han vivido en Italia y no han vivido en Italia: han vivido en un piso de Zaragoza con otro clima.
Lo dice mirando a Nacho. Lo dice con esa lengua suya, afilada, que en Florencia me pareció preciosa y que ahora corta.
Nacho se ríe. Al principio. Se ríe con la risa grande de siempre, la de los brazos abiertos. Pero luego la risa se le queda a medias y se le ve, solo un momento, lo mismo que vi en la sala de urgencias del Maggiore. La cara de un chico que echa de menos su casa todos los días desde el primero.
—Bueno —dice. Coge un trozo de pan—. Puede ser.
Y yo me oigo decir:
—Déjale.
Chiara se gira hacia mí. Kasper se gira hacia mí. Chus, que volvía del pasillo, se queda en la puerta.
—Déjale en paz, Chiara —digo, en español primero, y luego en italiano, en mi italiano de cocina—. Lascialo stare. No tienes ni idea.
—¿Ni idea de qué?
—De por qué hace lo que hace.
No digo nada más. No digo lo de la sala de urgencias. No digo lo de profesor de Historia. No digo lo de la tortilla para no echar tanto de menos. Me lo contó a mí porque yo no se lo iba a contar a nadie, y no se lo cuento a nadie.
Pero digo:
—Echar de menos tu casa no es de tontos. —Y luego, más bajo, porque me acabo de dar cuenta de que es verdad—: Es de gente que tiene casa.
Silencio. Un silencio incómodo, largo, con el termómetro de la farmacia de Bari marcando dieciséis grados en la pared.
Chiara me mira mucho rato. Luego mira a Nacho. Nacho está mirando el trozo de pan que tiene en la mano, sin comérselo.
—Scusa —dice Chiara al final. A él. Muy bajito, casi sin mover los labios, y es la primera vez que la oigo pedir perdón por algo.
—No, no —dice Nacho, levantando la vista, sonriendo otra vez, con la sonrisa un poco torcida—. Si tienes razón. Si es verdad. —Se encoge en la silla—. Pero es que la tortilla está buena, ¿eh?
Y Chiara se ríe. Contra su voluntad, se le nota.
Se ríe y coge otro trozo de tortilla y se lo come mirándole a los ojos, desafiante, y dice con la boca llena que está buena pero que le falta sal, y Nacho dice que le falta sal a su madre, y en un minuto están discutiendo otra vez, pero es otra discusión,
una que se nota que pueden tener toda la noche sin que nadie salga herido.
Kasper, en su silla baja, con las rodillas en la mesa, me mira y levanta su copa de frutas del bosque hacia mí, muy serio, sin decir nada. Un brindis. Por lo de antes, supongo.
•
A la una y media llega Matteo, después del servicio, con los restos de un tiramisú en una fuente de la trattoria tapada con papel de plata.
Se encuentra a Chiara y a Nacho gritándose en la cocina en tres idiomas sobre si el aceite de Jaén es mejor que el de Apulia, a Chus dormido en el sofá con la escayola en el pecho, y a Kasper fregando los platos.
Kasper friega los platos. Nadie se lo ha pedido.
Ha visto que yo no podía, con la mano, y se ha levantado y se ha puesto a fregar, con su metro noventa doblado sobre nuestro fregadero bajo, con la misma calma con la que hace todo.
Matteo deja el tiramisú en la mesa y se queda en la puerta mirándolo todo.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Una cena —digo.
—¿Tuya?
—Mía.
Me mira con un lado de la boca. Se acerca, me da un beso en la sien, y le tiende la mano a Nacho por encima de la discusión.
—Matteo.
—¡El cocinero! —Nacho se levanta y le da un abrazo, un abrazo de oso, como si fueran primos—. ¡La murciana no para de hablar de ti!
No paro de hablar de él. No lo sabía. Me pongo roja. Chiara se ríe de mí desde la cafetera.
Y a las tres de la mañana, cuando se han ido todos, cuando Nacho ha bajado a Chus por la escalera medio dormido, cuando Kasper ha dejado los platos secos y apilados y ha subido al quinto sin hacer ruido, Chiara me para en el pasillo, en camiseta, con el pelo recogido con el lápiz.
—¿Desde cuándo lo defiendes? —me pregunta. En español, despacio, que lo está aprendiendo a trozos.
Lo pienso.
—Desde el martes —digo.
No le explico qué pasó el martes. Chiara no pregunta.
Se me queda mirando un momento con esa cara de estar leyendo un libro que ya se ha leído, y asiente, y se va a su cuarto, y antes de cerrar la puerta dice, en italiano, sin mirarme, algo que no entiendo del todo y que luego, en la cama, busco en el traductor letra por letra:
que me estoy volviendo de aquí, y que eso a ella le da un poco de miedo.