Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 23
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Me quemo el martes ocho de febrero a la una y cuarto del mediodía, con la trattoria llena, y lo primero que pienso no es que me duele, sino que no puedo dejar de fregar.

No es culpa de nadie. O es mía. Gianni me ha pedido que le ayude con la freidora, porque Sergio está solo en la sala y Matteo tiene seis comandas de tagliatelle a la vez, y yo he cogido la cesta de las croquetas de mortadela con una mano mientras con la otra sujetaba una bandeja,

y la cesta se ha inclinado, y el aceite ha saltado.

No mucho. Una ola pequeña, del tamaño de una mano.

Sobre el dorso de mi mano izquierda y un poco del antebrazo, donde se me había subido la manga.

No grito. Eso lo recuerdo bien. No grito porque hay seis comandas y la sala llena y porque en el Salitre aprendí que en una barra a las tres de la mañana no se grita, se sigue.

Suelto la bandeja, que cae en la encimera con un ruido que sí hace que todos se giren, y me quedo mirándome la mano.

La piel se ha puesto blanca primero, un blanco raro, brillante, como plástico.

Luego roja. Luego empieza a doler, y el dolor no se parece a nada, porque no es un dolor que venga de fuera: es un dolor que sube desde dentro de la piel, como si tuviera fuego debajo.

Gianni me coge del codo y me lleva al fregadero y me mete la mano debajo del grifo del agua fría, todo en un segundo, sin hablar. Me la sujeta ahí con su mano enorme. Matteo deja las tagliatelle y viene, y me mira la mano debajo del agua, y dice una palabra que no conocía.

—Sto bene —digo—. Estoy bien. Tengo que fregar.

—Tu non lavi niente —dice Gianni.

Tú no friegas nada.

Y me tiene diez minutos con la mano debajo del agua, contando en voz alta, en dialecto, mientras la cocina sigue sin él, mientras Matteo saca las seis comandas solo, mientras Sergio entra y sale del pase y me mira la mano cada vez con una cara más larga.

A los diez minutos Gianni me la saca del agua y la mira a la luz de la ventana del patio.

Tengo dos ampollas grandes en el dorso, llenas de líquido, y la piel alrededor tirante y roja.

—Pronto soccorso —dice.

—No. No hace falta.

—Pronto soccorso. —Lo repite como si no hubiera hablado—. Il Maggiore. È qui dietro.

El hospital. Está aquí detrás.

Matteo se quita el delantal para acompañarme.

Gianni le dice que no, que hay dos turnos de mesas, que no puede quedarse solo en la cocina con cuarenta cubiertos.

Matteo le dice algo en dialecto que suena a que le da igual.

Gianni le contesta algo que suena a que no le da igual.

Y yo, con la mano envuelta en un trapo mojado, digo que me voy sola, que es aquí detrás, que no pasa nada, y me voy antes de que ninguno de los dos pueda decir nada más.

•

El hospital Maggiore es un edificio enorme, gris, de los años sesenta, a diez minutos andando de via del Pratello.

Las urgencias están al fondo, en una sala de espera con sillas de plástico naranja atornilladas al suelo, una máquina de café, una máquina de bocadillos y unas sesenta personas esperando con la cara de todas las urgencias del mundo.

En el mostrador hay una enfermera de cincuenta años con el pelo teñido de caoba. Me pide un papel. Le doy la tarjeta sanitaria europea, la azul, la que me hice en Murcia en agosto sin saber muy bien para qué servía. La mira por los dos lados.

—Come si è fatta questo?

¿Cómo se ha hecho esto?

Y miento.

Miento antes de pensarlo, igual que me tiré a por el móvil de Kasper: antes de pensar.

—A casa. Cucinando.

En casa. Cocinando.

La enfermera me mira la mano. Me mira a mí. Me mira la ropa, las zapatillas manchadas de grasa, el pelo recogido con una redecilla que se me ha olvidado quitar, que llevo todavía puesta, que es de la trattoria.

No dice nada. Escribe algo. Me pone una pulsera verde en la muñeca buena.

—Codice verde. Aspetti.

Código verde. Espere.

Me siento en una silla naranja con la mano en alto, como me ha dicho Gianni, y me quito la redecilla y me la meto en el bolsillo, con la cara ardiendo más que la mano.

Y ahí lo entiendo. No lo había pensado hasta ahora, en tres meses, ni una vez.

Si esto hubiera sido peor. Si el aceite me hubiera caído en la cara.

Si me hubiera cortado un tendón con el cuchillo de las tagliatelle.

Si me hubiera resbalado en el suelo mojado de la cocina, que siempre está mojado, y me hubiera roto algo.

No existo. Para la trattoria, para Italia, para nadie, no estoy trabajando en ningún sitio.

No hay seguro, no hay baja, no hay nada.

Hay un sobre los sábados. Y una tarjeta azul que dice que soy una estudiante que se ha quemado en su casa cocinando.

Pienso en el Salitre. En Fran diciendo que allí nadie firmaba nada por amor. Pienso que en el Salitre por lo menos firmaba algo.

•

—¿Murciana?

Levanto la vista.

Nacho está de pie delante de mí, con un vaso de café de la máquina en cada mano y cara de no creérselo. Detrás de él, sentado dos filas más allá, está Chus, el que vomitó en Lisboa, con la muñeca derecha doblada en un ángulo que no debería existir y la cara verde otra vez.

—Fútbol —dice Nacho, antes de que pregunte, señalando a Chus con la barbilla—. Partido de Erasmus contra los de Ingeniería. Se ha tirado en plancha a por un balón que iba fuera. Por orgullo. —Se sienta a mi lado—. ¿Y tú?

Le enseño la mano, envuelta en el trapo de la trattoria, que es un trapo de cuadros rojos y blancos que no parece de ninguna casa.

Nacho la mira. Mira el trapo. Me mira la ropa, igual que la enfermera. Me mira las zapatillas manchadas de grasa. Huele, seguro, el aceite, la fritura, la cocina entera que llevo encima.

Y no pregunta.

Es la segunda vez. La primera fue en Lisboa, en el desayuno, con Ingrid. No pregunta. Me pasa uno de los dos cafés, el que era para él, y dice:

—Esto aquí va para largo. Chus lleva una hora y media. —Mira la máquina de bocadillos—. ¿Has comido?

—No.

Se levanta. Vuelve a los dos minutos con un bocadillo de plástico, de los de máquina, de jamón cocido y queso, con el pan duro. Me lo desenvuelve él, porque yo solo tengo una mano, y me lo da.

Es el peor bocadillo que he comido en mi vida y me lo como entero.

•

Estamos tres horas en la sala de espera.

Chus entra a las cuatro, a que le pongan la muñeca en su sitio, y se le oye gritar desde el pasillo.

Yo entro a las cinco y media. Me curan las ampollas, me ponen una crema blanca y una venda, y un médico muy joven que habla un poco de español me dice que es de segundo grado, superficial, que no es grave, que no me moje la mano en una semana.

Que no me moje la mano en una semana. Le digo que sí. Me río por dentro.

En esas tres horas, hablo con Nacho.

No de mí. Él habla. Me cuenta que estudia Derecho porque su padre es abogado, y su abuelo era abogado, y porque en su casa nadie se había planteado nunca que él pudiera ser otra cosa, y él tampoco.

Que en realidad le gustaría ser profesor de Historia en un instituto, pero que eso no se lo ha dicho a nadie.

Me lo dice a mí, en una sala de urgencias de Bolonia, con un café de máquina frío en la mano.

—¿Y por qué me lo cuentas a mí?

—Porque tú no se lo vas a contar a nadie. —Se ríe—. Tú no le cuentas nada a nadie. Se te nota a un kilómetro.

Lo miro.

—Y porque me has estado evitando desde septiembre —añade, sin rencor, como quien dice que hace frío—. Así que no tienes a quién contárselo.

Me pongo roja. Él lo ve, y se ríe más.

—Que no pasa nada, murciana. Yo también me evitaría. —Da un sorbo al café frío y pone cara de asco—. Soy muy pesado. Lo sé. Mi madre dice que hablo por los codos para que no se me oiga pensar.

—¿Y en qué piensas?

Nacho se queda callado. Por primera vez desde que le conozco, se queda callado un rato largo, mirando la puerta del pasillo por donde se han llevado a Chus.

—En que echo de menos mi casa —dice al final—. Todos los días. Desde el primero. —Se encoge un poco en la silla naranja, que se le queda pequeña—. Por eso la tortilla, y el grupo, y el bar del fútbol. Para no echarla tanto de menos.

No sé qué decir. Le toco el brazo con la mano buena.

Y él, que no se calla nunca, no dice nada más, y nos quedamos los dos ahí, callados, con nuestros cafés fríos, esperando, entre sesenta personas que también esperan.

•

El miércoles no voy a la trattoria. Gianni me ha dicho que no vaya hasta que me quiten la venda. El sábado me da el sobre de todos modos. Dentro están los cinco días de la semana, los que he trabajado y los que no. Y en el sobre, con su letra grande, debajo de la Spagnola, ha escrito: + 2 giorni.

Más dos días.

—Gianni, esto no…

—Zitta.

Cállate. Y se va a contar servilletas.

Matteo, el sábado por la noche, en la Bolognina, me quita la venda para mirarme las ampollas, muy despacio, con la lámpara de la cocina encendida.

Me pone la crema blanca que me dieron en el hospital con la punta de los dedos, como se pone la sal en un plato, poca, repartida.

No dice nada de la mentira de la tarjeta.

No dice nada del seguro que no tengo. No dice nada de nada.

Pero cuando termina y me vuelve a vendar la mano, se queda un momento con ella entre las suyas, mirándola, con la cara de alguien que está haciendo una cuenta y no le gusta el resultado.