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La foto la sube Gianni el sábado veintinueve a las cinco de la tarde, y yo la veo a las cinco y cuarto, en la mesa del fondo, entre las servilletas, porque Sergio me enseña el móvil muy orgulloso.
—Guarda. Siamo famosi.
La trattoria tiene una cuenta de Instagram.
No lo sabía. La lleva Gianni, que no sabe usar Instagram, y tiene doscientos doce seguidores, casi todos clientes de más de sesenta años, y veintitrés fotos: platos de tortellini, la fachada con la nieve, una foto borrosa de Rosa amasando de espaldas que ella seguro que no sabe que existe.
Y la última, de hoy. La cocina de Nochebuena.
La mesa de mármol con el mantel de cuadros, el bacalao, la botella del polvo, la foto de Ines apoyada.
Y alrededor, apretados para caber en el encuadre, los cuatro: Gianni con el vaso en alto, Pino con su ojo de cristal, Matteo riéndose con la cabeza hacia atrás, y yo.
Yo, con el pelo pegado a la frente, las mejillas rojas, un vaso de vino en la mano y la boca abierta, riéndome de algo que dijo Pino y que no entendí.
Debajo, Gianni ha escrito: La famiglia di Ines. Buon anno a tutti!
La familia de Ines.
—Bella, no? —dice Sergio.
—Bellissima —digo.
Y le devuelvo el móvil, y me levanto, y voy al baño, y cierro la puerta, y me siento en la tapa del váter con la cabeza entre las rodillas hasta que el suelo deja de moverse.
No es nada. Es una foto de una cena. No se me ve nada, no hay nada que ver, no estoy haciendo nada.
Tiene veintiún me gusta de señores de sesenta años de via del Pratello.
No la va a ver nadie. No la va a ver nadie de Murcia, nadie de la facultad, nadie que haya visto lo otro.
Nadie la va a poner al lado de lo otro. Es imposible.
Y aun así.
Aun así, en esa foto estoy yo, con mi cara, con mi nombre en la etiqueta si alguien pincha, porque Gianni me ha etiquetado con una cuenta que me hice en septiembre y que no uso, y cualquiera que me busque me encuentra.
Cualquiera. Y el cuerpo, que no sabe de probabilidades, se me ha ido al suelo del baño.
No se lo digo a nadie. Salgo del baño, me pongo el delantal, friego toda la noche. Matteo me mira dos o tres veces desde la mesa de mármol. No dice nada.
•
Esa noche duermo en la Bolognina.
Llegamos a las dos. Él pone agua a hervir para la infusión de naranja, que ya es un ritual, y yo me meto en la cama sin quitarme el jersey, a oscuras, sin encender la lámpara.
Oigo los trenes. Oigo el agua hervir. Oigo sus pasos por la cocina, el ruido de las tazas, y luego nada, porque se ha quedado quieto en algún sitio.
No trae las tazas. Viene a la cama sin ellas. Se tumba a mi lado, encima de la manta, vestido, sin tocarme.
—¿Qué pasa? —dice en la oscuridad. Una vez. Sin presión.
Y yo se lo cuento.
No lo decido. O sí. Lo decido en el segundo en que pregunta, porque me doy cuenta de que llevo toda la noche esperando que pregunte, y de que si no lo cuento ahora, a oscuras, con los trenes, no lo voy a contar nunca, y de que no contarlo nunca es una forma de mentir que ya conozco muy bien.
Se lo cuento entero. Por primera vez en mi vida, entero.
Le cuento lo del profesor. Aitor. Que tenía veintisiete años y yo veinte.
Que era asociado en mi facultad y que me dio clase y luego me dio otras cosas.
Que durante seis meses fue un secreto, y que el secreto me parecía lo más bonito del mundo, y que por el secreto dejé de ver a mis amigas, y dejé de ir a clase, y dejé de hablar con mi padre, y me volví una persona que no sabía que podía ser.
Que había reglas. Que nada de fotos. Nada de fotos, sobre todo, y que yo lo cumplía muy bien, y él también, delante de mí.
Y le cuento lo del móvil entre dos libros.
En una estantería. Con una lucecita que yo no vi.
Le cuento que un día de abril ese vídeo estaba en los móviles de media facultad, y en los de gente que no me conocía, y en los de gente que sí.
Que no sé cómo salió de su móvil. Que da igual cómo saliera, porque lo grabó él.
Le cuento el pasillo donde se giraban todas las cabezas.
Le cuento lo de denunciar. Le cuento que él se fue de la universidad sin que le pasara nada, y que yo me quedé.
Y le cuento que por eso me tiré a por el móvil de Kasper. Que por eso me quedé quieta en la plaza cuando sacó el suyo. Que por eso hoy me he encerrado en el baño de la trattoria por una foto de una cena de Navidad con un señor con un ojo de cristal.
No lloro. Me sorprende, porque pensé que lloraría. Lo cuento con la voz normal, en la oscuridad, mirando el techo por donde pasan las luces de los trenes, y cuando termino me quedo muy cansada, como después de nadar mucho.
Matteo no dice nada durante un rato largo.
No me dice que no fue culpa mía, que es lo que me dijo todo el mundo en mayo y que siempre me hizo sentir peor.
No me dice que ese tío es un hijo de puta, que es lo que me dijo Román.
No me dice que lo siente, ni que es horrible, ni que no me preocupe.
No me pregunta nada de lo que no he contado.
Ni cómo era, ni si le quería, ni qué salía en el vídeo. Nada.
Lo que hace es buscar mi mano encima de la manta, a oscuras, y cogerla. Como cogía la mía encima del cuchillo. Sin apretar.
Y al rato, muy bajo, en italiano, dice:
—Grazie per avermelo detto.
Gracias por habérmelo contado.
Solo eso.
Me giro hacia él. En la oscuridad no le veo la cara, solo el contorno, contra la luz naranja de la ventana. Le pongo la mano en el pecho, encima del jersey, y noto que tiene el corazón muy deprisa, más deprisa que el mío, y entiendo que no dice nada más porque no se fía de lo que diría.
Nos dormimos así. Vestidos, encima de la manta, con las tazas de la infusión enfriándose en la cocina.
•
El domingo me despierto a las once. Matteo ya no está: los domingos hay comida, y se ha ido a las nueve a hacer el caldo, y me ha dejado en la mesa de la cocina una cafetera de rosca preparada, sin encender, con una nota debajo que dice accendi il fuoco y un dibujo de una llama.
Enciendo el fuego. Me siento a esperar el café. Y, por lo mismo por lo que se aprieta un moratón, abro Instagram y busco la cuenta de la trattoria.
Veintidós fotos.
La última es la de la fachada con la nieve. La de Nochebuena no está.
La busco otra vez. Bajo y subo. Miro la pestaña de etiquetas de mi cuenta, la que no uso, la de septiembre. Nada. No hay ninguna foto. Es como si no hubiera existido nunca.
No sé cuándo la ha quitado. Anoche no. Anoche estaba conmigo, a oscuras.
Esta mañana, entonces. A las nueve, antes del caldo.
O a las ocho y media, andando hacia la trattoria por el puente de las vías.
O a lo mejor ha llamado a Gianni. O a lo mejor la ha quitado él mismo, porque seguro que tiene la contraseña, porque Gianni no sabe ni cómo se entra.
No lo sé. No se lo voy a preguntar.
Porque cuando llego a la trattoria a las doce menos cuarto para la comida, Matteo está en la mesa de mármol haciendo la sfoglia de los domingos, y me mira, y dice «ciao», y dice «permesso» cuando pasa por detrás de mí hacia la cámara, y no menciona la foto.
Ni ese día ni nunca. No me dice «la he quitado».
No espera que le dé las gracias. No me lo pone delante para que lo vea.
Gianni, en cambio, se pasa la tarde refunfuñando porque alguien le ha borrado una foto del Instagram y él no sabe quién, y le echa la culpa al móvil, y a la tecnología, y a los americanos que inventaron todo esto.
Y yo friego. Friego toda la tarde con una cosa en el pecho que no sé cómo se llama, y que se parece mucho a lo que sentí cuando Ingrid me preguntó en la litera, pero más grande.
Y pienso que la última persona con la que estuve me prometía cosas todo el rato.
Que me cuidaría. Que lo nuestro era especial.
Que nadie lo iba a saber nunca. Me prometía todo, con palabras preciosas, y no cumplió nada.
Y este no me promete nada. No me ha prometido nada nunca, ni una sola vez, desde la noche de la nieve. Y lo cumple todo.