Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 21
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El primer examen oral de mi vida es el martes dieciocho de enero a las diez de la mañana, en un aula del centro de idiomas con la calefacción rota, y lo hago con la profesora de los pendientes de galleta, que hoy lleva unos con forma de limón.

Nos llama de uno en uno. Los demás esperan en el pasillo, sentados en el suelo, repasando en voz baja los verbos irregulares con la cara de los que esperan en un hospital.

Kasper, que ha vuelto de Dinamarca más pálido todavía, está sentado a mi lado con las piernas estiradas ocupando medio pasillo, leyendo sus apuntes con la misma cara con la que lee todo.

Cuando sale del aula, a los diez minutos, le pregunto qué tal.

Dice «fine». No sé si ha sacado un diez o un cero. Probablemente él tampoco.

Me toca.

Me siento delante de la profesora, en una silla de pala, con las manos en las rodillas para que no se note que tiemblan. Ella me sonríe. Me pregunta cómo me llamo, de dónde soy, qué estudio. Fácil. Me pregunta qué hice en Navidad.

Y yo, que llevo dos meses hablando italiano en una cocina a gritos, entre sartenes, con Gianni y con Sergio y con un cocinero que me corrige los verbos en la cama, abro la boca y le cuento la Nochebuena en la trattoria.

El bacalao frito. El vino del polvo. Pino el del ojo de cristal.

El brindis por la española que friega los platos como un hombre.

Se lo cuento con mi acento de mar enfadado y con palabras que no están en ningún libro de texto, palabras que me ha enseñado Sergio y que a lo mejor no se pueden decir en un examen, y la profesora de los limones se ríe tanto que se le cae el boli.

—Dove ha imparato l'italiano? —me pregunta al final, secándose los ojos.

¿Dónde has aprendido el italiano?

—In cucina —digo.

Me pone un veintisiete. Me lo dice en voz alta, ventisette, y me pregunta si lo acepto, porque aquí los exámenes se pueden rechazar si no te gusta la nota. Le digo que sí. Le digo que sí tres veces, por si acaso.

Seis créditos.

•

El de Historia del cine italiano es el martes veinticinco, y el martes veinticinco llego a la facultad después de doce horas en la cocina y cuatro de sueño.

Desde el lunes diecisiete trabajo comidas y cenas, de martes a sábado.

Llego a la trattoria a las doce menos cuarto, salgo a las cuatro, estudio dos horas en la mesa del fondo con los apuntes entre las servilletas, vuelvo a la cocina a las seis, salgo a la una.

Las clases de la mañana las voy cogiendo como puedo: la de italiano sí, la de montaje sí, porque es los jueves a las dos y Gianni me deja salir media hora antes cuando le digo que es importante.

Las demás, por los apuntes de otros. Chiara me pasa los suyos de una asignatura que no es la mía, porque le da pena.

El profesor de Historia del cine es un señor de setenta años con pajarita y una voz de radio antigua. Me sienta delante de él, en su despacho, que está lleno de carteles de películas y huele a pipa aunque no se pueda fumar. Me mira por encima de unas gafas de pasta.

—Il neorealismo —dice—. Mi parli di Ladri di biciclette.

Hábleme de Ladrón de bicicletas.

Y me río. Me río sin querer, y él me mira con las cejas arriba, y tengo que explicarle, en mi italiano de cocina, que es la película del niño y la bicicleta. La que estaba congelada en la pantalla el día que nevó por primera vez en mi vida. Que no la vi entera porque me levanté a mirar la nieve.

—Ah —dice él—. La ragazza della neve.

La chica de la nieve. Se acuerda. Se acuerda de mí, de pie junto a la ventana como una tonta, y le hace gracia.

Pero luego quiere que le hable de la película, y la película la he visto entera después, a trozos, en el móvil, en el autobús y en el baño de la trattoria, y me acuerdo del padre y del hijo buscando la bicicleta por toda Roma, y de la cara del niño al final,

y me acuerdo de que lloré en el baño de la trattoria con el delantal puesto.

Pero no me acuerdo del director. Ni del año.

Ni de los nombres de los actores, que no eran actores, de eso sí me acuerdo, pero no de cómo se llamaban.

Ni de nada de lo que dicen los apuntes de Chiara, que no son de esta asignatura.

Hablo. Hablo diez minutos. Hablo del padre que necesita la bicicleta para trabajar y del hijo que lo mira. Hablo de que al final el padre roba una bicicleta, y de que el hijo lo ve, y de que en esa cara está toda la película. No sé si es lo que quiere oír. Es lo que tengo.

El profesor me escucha con los dedos cruzados encima de la barriga. Cuando termino, se quita las gafas y las limpia con la pajarita.

—Diciotto —dice.

Dieciocho. Sobre treinta. El aprobado más bajo que existe.

—Lo accetta?

Pienso en rechazarlo. Pienso que podría volver en junio, estudiar de verdad, sacar un veinticinco. Pienso en junio, en las comidas y las cenas, en las doce horas de cocina, en las cuatro de sueño.

—Lo accetto.

El profesor asiente. Firma. Y antes de dejarme ir, cuando ya estoy en la puerta, me dice:

—Signorina. La faccia del bambino. —La cara del niño—. È giusto. Era quello.

Era eso.

Ocho créditos. Catorce en total.

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El de Semiótica de los medios es el jueves veintisiete a las nueve de la mañana.

No voy.

No es que me duerma. Es que el miércoles por la noche la trattoria se llena con una cena de empresa de treinta personas que no estaba prevista, y salgo a las dos y media, y a las tres estoy delante de los apuntes de Semiótica en la cocina helada, con el termómetro marcando trece grados,

leyendo la misma página cuatro veces sin entender ni una palabra, porque no entendería ni una palabra ni en español ni habiendo dormido.

Y a las cuatro cierro los apuntes. Y a las cuatro y cinco me meto en la cama.

Y a las nueve menos cuarto me suena la alarma y la apago y me quedo mirando el techo.

No voy. Lo decido yo. Eso quiero que conste. No me duermo. Lo decido, mirando la bombilla, con la alarma apagada en la mano: que es mejor no presentarse que suspender, que en junio hay otra convocatoria, que en junio ya veremos.

Luego vemos.

Me acuerdo de Gianni diciéndolo, con su gesto de espantar una mosca que no ha llegado.

•

El viernes veintiocho me escribe Elena Baldini. Un correo corto, con una sola línea, en español: «¿Puedes pasar por mi despacho esta tarde?».

Paso a las tres y media, entre la comida y la cena, con el delantal metido en la mochila y el olor a fritura en el pelo, que no se va con nada.

Elena me recibe igual que en septiembre: las gafas en la cadena de cuentas, la planta en la ventana, la sonrisa corta. Pero esta vez no me dice que me siente. Me mira de arriba abajo primero, desde la puerta, con una cara que no es de profesora.

—Siediti —dice luego—. ¿Duermes?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Lo normal.

No contesta. Abre la pantalla del ordenador y la gira hacia mí. Ahí está: mi expediente de Bolonia. Tres líneas. Lingua italiana: 27/30, 6 CFU. Storia del cinema italiano: 18/30, 8 CFU. Semiotica dei media: assente.

—Catorce —dice—. Tienes catorce créditos. Necesitas dieciocho.

—Me quedan Montaje y Semiótica en junio.

—Te quedan Montaje y Semiótica en junio. —Lo repite despacio, en mi idioma—. Con una tienes bastante. Con Montaje tienes bastante.

—Montaje la apruebo.

—Lo sé. Tienes un siete en Montaje en Murcia. Lo vi en septiembre. —Se quita las gafas—. Pero Nerea. Si no la apruebas. Si en junio te pasa lo que te ha pasado en Semiótica. Tu universidad te va a pedir que devuelvas lo que te ha pagado. Los seiscientos veinte. Y no te va a pagar el resto.

Seiscientos veinte euros que ya me he gastado. Que son a Gennaro, y a la comida, y a nada más.

—No va a pasar —digo.

Elena Baldini me mira un rato largo. Tiene la cara de Gianni con la libreta, la de Matteo en la puerta de la cocina. La cara de los adultos de esta ciudad cuando digo algo con esa voz. Empiezo a reconocerla. Empiezo a odiarla un poco, porque cada vez que la veo es porque tienen razón.

—Bene —dice al final.

Y no me pregunta nada más. No me pregunta por qué no fui el jueves, ni por qué huelo a fritura, ni por qué tengo esta cara. Como Gianni. Como Matteo. En esta ciudad, por lo visto, nadie pregunta dos veces. Te dejan la puerta abierta y esperan a que entres tú.

Salgo del palacio a las cuatro menos cuarto. Tengo que estar en la trattoria a las seis. Tengo dos horas. Podría estudiar Semiótica. Podría dormir.

Me voy andando a via del Pratello, despacio, por debajo de los soportales, y me siento en la mesa del fondo de la trattoria vacía, entre las servilletas, y abro la nota del móvil.

La primera línea, la de septiembre, sigue ahí sola: Dieciocho créditos.

Debajo escribo «14». Y me quedo mirándolo hasta que Sergio llega a las cinco y media, silbando, y me pregunta si estoy bien, y le digo que sí, que perfectamente, que me dé un delantal.