Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 20
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La transferencia de mi padre llega el quince de cada mes, y cuando el quince cae en fin de semana, llega el viernes. Lo sé porque llevo un año y medio mirándolo, desde que me fui a Murcia, y porque mi padre es un hombre que no ha pagado nada tarde en su vida.

En diciembre llegaron doscientos. Concepto: Nerea diciembre. Llegaron el quince, un miércoles, puntuales, como si nada.

El quince de enero es sábado. Así que el viernes catorce, a las ocho de la mañana, antes de ir a clase, abro la aplicación del banco en la cama, con las dos mantas.

Nada.

No me preocupo. A las ocho de la mañana a veces no ha llegado todavía. A veces llega a las diez. Una vez, en marzo del año pasado, llegó a las cuatro de la tarde, porque mi padre tuvo que ir al banco de San Javier por algo de una firma.

La abro a las diez, en el pasillo del palacio de via Barberia. Nada.

A las doce, en el baño de la biblioteca. Nada.

A las cuatro, en la trattoria, antes del servicio, con las manos mojadas, secándome los dedos en el delantal para poder desbloquear el móvil. Nada.

A las doce y media de la noche, al salir. Nada.

El sábado la abro once veces. Las cuento, porque soy así, porque cuento las cosas que me dan miedo como si contarlas las hiciera más pequeñas.

Once veces. Y once veces la misma pantalla, el mismo saldo, el mismo último movimiento: Trattoria da Ines — ingreso en efectivo, que es como aparece el sobre de Gianni cuando lo ingreso en el cajero los lunes.

Ni un mensaje. Ni un «este mes no puedo». Ni un «perdona hija».

Nada.

•

La beca llegó por fin el veintidós de diciembre, seiscientos veinte euros, la primera parte, con un correo de la universidad lleno de fórmulas que decía que el resto «se abonaría a la finalización de la movilidad, previa acreditación de los créditos superados».

Que quiere decir en junio. Que quiere decir si apruebo.

Seiscientos veinte euros son un mes de Gennaro y un poco de comida. Seiscientos veinte euros más el sobre de Gianni, que son unos quinientos al mes si no falto ningún día, dan para vivir. Justo. Muy justo. Pero dan.

Pero esa cuenta la hacía con mi padre dentro.

Con doscientos de mi padre, aunque fueran doscientos, cada quince.

Sin ellos, la cuenta no sale. La hago en la nota del móvil, la de los dieciocho créditos y lo de Lisboa en negativo, el sábado por la noche, sentada en la cama, con los números bailando.

Hago la cuenta de enero. Hago la de febrero.

Hago la de todos los meses hasta junio, sumando la beca y el sobre y restando a Gennaro y la comida y todo lo demás, y me sale que llego a marzo. A finales de marzo. Y en abril, nada.

Y si mi padre no manda en febrero tampoco. Y si no manda nunca más.

Dejo el móvil en la mesilla bocabajo y me quedo mirando la bombilla que cuelga del techo, sola, cansada de bajar.

•

El domingo a las nueve y cinco suena el teléfono.

Suena. Puntual. Como si nada. Como todos los domingos desde que me fui de casa, como el día de Nochebuena, como el día de mi cumpleaños y el de su santo y el de la EBAU.

Suena a las nueve y cinco, y lo miro vibrar encima de la mesa de mármol de la cocina durante tres tonos antes de cogerlo, porque durante tres tonos no sé qué voz poner.

—Hola, papá.

—¿Qué tal?

—Bien.

—Bien.

Y el silencio del principio. El de siempre.

Oigo el escalón. Oigo la depuradora, el zumbido bajo, igual que en septiembre.

Oigo un coche lejos. No oigo nada más: ni voces de la explanada, ni la tele de ningún bungaló, ni perros, ni niños.

En enero siempre hay algún jubilado alemán, algún matrimonio inglés que se queda todo el invierno en la parcela del fondo con una caravana y una parabólica. Este domingo no se oye a nadie.

—¿Qué tal el camping?

—Tranquilo —dice.

Tranquilo otra vez.

—¿Mucha gente?

—Poca. —Y enseguida, antes de que pueda preguntar más—: ¿Y tú? ¿Exámenes?

Le cuento lo de los exámenes. Que son orales.

Que el primero es el martes, de italiano, y que tengo pánico.

Que los profesores aquí te hacen sentar delante y te preguntan y tú tienes que contestar en italiano, y que el italiano que tengo es el de la cocina, que sirve para pedir una sartén y decir «attenta, scotta» y poco más.

Él se ríe. Me dice que yo siempre he aprobado todo lo que me he propuesto, que me acuerde de la EBAU. Me dice que estudie y que coma.

Y todo el rato, mientras habla, estoy esperando.

Esperando a que lo diga. A que diga «oye, lo de este mes». A que diga «no te he podido mandar». A que diga cualquier cosa. Tengo la frase preparada, tengo la respuesta preparada desde el viernes: «no pasa nada, papá, tengo trabajo, me llega». Estoy lista para quitarle el peso en cuanto lo diga.

No lo dice.

Habla del tiempo. Del frío. De que ha podado la higuera de la diecisiete, que ya iba siendo hora.

De Chelo, que le ha invitado a comer el domingo que viene.

Habla veinte minutos con la voz de siempre, un poco más cansada, un poco más despacio, pero la de siempre.

Y no dice nada del dinero, como si no existiera, como si el quince no hubiera pasado.

Y yo no pregunto.

No pregunto. Tengo la pregunta en la boca durante veinte minutos, y no la hago.

No pregunto porque si pregunto le obligo a contestar, y si contesta me va a mentir, y si me miente los dos vamos a saber que me miente, y eso es peor que el silencio.

Y no pregunto porque si pregunto y me dice la verdad, y la verdad es mala, no sé qué voy a hacer con ella desde aquí, a mil ochocientos kilómetros, sin dinero, sin nada.

—Todo bien, entonces —dice al final. Como si me preguntara.

—Todo bien —digo yo. Como si le contestara.

—Venga.

—Venga, papá.

Cuelgo. Y me quedo sentada en la cocina helada, con el termómetro de la farmacia de Bari marcando catorce grados, y pienso que mi padre acaba de hacer lo mismo que yo hice en noviembre con la palabra «sobra».

Que me ha dicho «todo bien» con la misma voz con la que yo le dije «me sobra».

Que nos estamos mintiendo el uno al otro a la vez, con la misma voz, por la misma razón, cada uno desde su sitio.

Y que ninguno de los dos va a ser el primero en parar.

•

El lunes llego a la trattoria a las tres, antes de hora, y busco a Gianni.

Está en la sala, sentado en la mesa del fondo, con las gafas en la punta de la nariz y una libreta de tapas negras donde apunta las cuentas a mano, con un boli Bic mordido. Cuando me ve llegar, se quita las gafas.

—Spagnola.

—Gianni. —Tomo aire—. Più turni.

Más turnos. Lo he ensayado en el camino. Lo digo con mi acento de mar enfadado.

Gianni me mira un rato.

—Quanti?

—Tutti. —Todos los que haya—. Anche il pranzo.

También las comidas. Las comidas son de doce a cuatro, de martes a sábado, y las clases son por la mañana y a veces por la tarde, y el italiano es a las once, y la de montaje, que es la única que me gusta, es los jueves a las dos. Todo eso lo sé. Lo he pensado toda la noche. Me da igual.

Gianni se pone las gafas otra vez. Mira la libreta. Me mira a mí por encima.

—E l'università?

—Por la mañana. Voy por la mañana.

—E gli esami?

—Los apruebo.

No se lo cree. Se le nota. Tiene la cara de un hombre que ha visto pasar a cuarenta años de estudiantes por esta cocina y que sabe perfectamente lo que pasa cuando uno dice «los apruebo» con esa voz.

Pero no pregunta nada más. Gianni, lo dijo Chiara, no hace preguntas. Asiente, despacio, dos veces, y escribe algo en su libreta con el boli mordido.

—Da domani —dice—. Mezzogiorno.

Desde mañana. A mediodía.

—Grazie.

Me voy hacia la cocina. En la puerta está Matteo, con el delantal a medio atar, que lo ha oído todo. Me mira. No dice nada hasta que paso a su lado, y entonces, muy bajo, en español, sin reproche, solo como una pregunta:

—¿Por qué?

—Me viene bien el dinero.

Me mira un segundo más. Tiene la misma cara que Gianni, la de la libreta. La de alguien que sabe que una frase es verdad y que no es toda la verdad.

—Va bene —dice.

Y se termina de atar el delantal, y no pregunta más, porque Matteo no pregunta dos veces, igual que no pide números, y yo me meto en el fregadero y abro el grifo del agua caliente y dejo que me queme un poco las manos, lo justo para no pensar en que acabo de mentir a la tercera persona en dos días,

y en que empieza a salirme sola.