19
El treinta y uno Gianni cierra la cocina a las once y cuarto en punto, con clientes todavía en el postre, y dice que el Vecchione no se lo pierde nadie de esta casa desde mil novecientos setenta y uno, ni los clientes.
Los clientes no protestan. Se ponen los abrigos con la boca llena de tiramisú, dejan el dinero en la mesa, y a las once y media estamos todos en la calle, Gianni y Sergio y su mujer y Pino el del ojo de cristal y los de la mesa seis y los de la mesa dos,
andando juntos por via del Pratello hacia el centro como una procesión, con una botella de espumoso sin abrir que lleva Gianni debajo del brazo como si fuera un bebé.
Rosa no viene. Rosa, dice Matteo, ve el Vecchione desde su ventana del primer piso desde hace treinta años, en bata, con una copa, y no ha bajado a la plaza ni una vez desde que murió su madre.
—¿Qué es el Vecchione? —le pregunto por fin, que llevo todo el día sin atreverme.
—Il vecchio. —Hace con las manos un gesto grande, de algo gordo y alto—. El viejo. El año viejo. Un muñeco enorme. Lo queman a medianoche.
—¿Lo queman?
—Lo queman. —Me mira muy serio—. Con todo lo malo del año dentro.
•
La plaza grande está tan llena que no se ve el suelo.
Miles de personas. Más que en la plaza Verdi un viernes, más que en ningún sitio donde yo haya estado, apretadas desde el palacio del ayuntamiento hasta la iglesia enorme sin terminar, subidas a las fuentes, a las farolas, a los hombros de otros.
Hace un frío que no es de este mundo. Todo el mundo lleva gorro.
Todo el mundo lleva una botella. Hay un escenario con un grupo tocando algo que no conozco y que la gente se sabe, y en el centro de la plaza, rodeado de vallas y de bomberos, está el Vecchione.
Es un muñeco de diez metros. Un viejo con barba de papel, sentado en una silla, con una cara pintada que no es exactamente fea pero que no te gustaría encontrarte de noche, vestido con retales de cosas que no sé qué son.
Tiene la mirada perdida hacia la iglesia.
Parece cansado. Parece que sabe lo que le va a pasar.
Nos quedamos en un lateral, donde Gianni conoce a alguien que conoce a alguien y nos hacen un hueco.
Matteo se pone detrás de mí y me rodea con los brazos por encima del abrigo, para que no me empujen, y apoya la barbilla en mi gorro.
Así, desde dentro de su abrigo, veo la plaza entera, las miles de caras iluminadas por los focos, el aliento de todos subiendo como humo.
Y a unos veinte metros, junto a una farola, veo a Nacho.
Está subido a algo, un banco o un bolardo, por encima de todos, con una peluca de colores y una bandera de España atada al cuello como una capa, rodeado del grupo, los de Derecho, Chus, la de Salamanca, los dos alemanes, todos con peluca.
Me ve. No sé cómo, entre diez mil personas, pero me ve. Levanta los brazos.
—¡MURCIANAAAAA!
Lo oigo por encima del grupo que toca en el escenario. Media plaza se gira a mirarle.
Y yo, desde dentro del abrigo de Matteo, levanto la mano y le saludo.
Lo hago sin pensarlo. Levanto la mano y la muevo, y Nacho da un salto de alegría encima de su bolardo y casi se cae, y los de Derecho lo sujetan, y todos me saludan con las pelucas, y yo me río, y Matteo me pregunta al oído quién es ese, y le digo que es un chico de Zaragoza que organiza cosas,
y Matteo dice «ah» como si eso lo explicara todo.
•
A las doce menos un minuto la plaza se calla.
Diez mil personas, y se callan. Se apagan los focos del escenario.
Solo queda iluminado el Vecchione, con su barba de papel y su cara cansada, y alguien empieza a contar hacia atrás, en italiano, y lo siguen todos.
Dieci. Nove. Otto. Matteo cuenta en mi oreja, bajito.
Gianni, a mi lado, cuenta con la botella en alto. Tre. Due. Uno.
Y el Vecchione arde.
Arde de golpe, entero, desde dentro, como si hubiera estado esperando ese momento todo el año.
El fuego le sube por la ropa y por la barba y por la silla, y en medio del fuego estallan cosas, petardos, luces, algo que suena como disparos, y la plaza entera grita, un grito de diez mil gargantas, y el calor llega hasta nosotros, hasta la cara, a veinte metros, como cuando abres un horno.
Y Matteo me da la vuelta dentro de su abrigo y me besa, con el fuego detrás, con la plaza gritando, y huele a humo y a espumoso y a frío.
Gianni descorcha la botella y nos moja a todos.
El Vecchione tarda un rato largo en consumirse.
Primero se le cae un brazo. Luego la cabeza, que rueda y se queda ardiendo en el suelo, mirando la iglesia todavía.
Luego la silla se hunde y todo se viene abajo en una hoguera enorme que los bomberos vigilan con cara de aburrimiento.
La gente canta. La gente se abraza a desconocidos.
Pino, el del ojo de cristal, me da dos besos y me dice algo al oído que suena a bendición.
Pienso en todo lo malo del año, que según Matteo está dentro del muñeco, ardiendo.
Pienso en abril. En un móvil entre dos libros.
En un pasillo de facultad donde se giraban todas las cabezas.
Pienso que no se ha quemado. Que no se quema así, con un muñeco.
Pero que desde aquí, dentro de un abrigo que no es mío, con el calor del fuego en la cara, parece un poco más pequeño.
•
A las doce y cuarenta me vibra el móvil.
Lo saco pensando que es mi padre, que habrá llamado a las doce en punto y no lo habré oído. Tengo tres llamadas perdidas suyas y un mensaje: «Feliz año hija». Sin exclamaciones. Con la hache.
Pero lo que vibra ahora es otro mensaje. Largo. Muy largo. De Hugo.
Me aparto un poco de Matteo, que está hablando con Gianni de algo, y lo abro debajo de un soportal, con la luz de la hoguera temblando en la pantalla.
«Feliz año, Nerea. No sé muy bien por qué te escribo esto hoy, pero llevo toda la tarde pensando si te lo escribía o no, y al final he decidido que prefiero escribirlo mal que no escribirlo.
Este año el Mar Menor ha cerrado con la mejor transparencia media en diez años.
Tres metros y pico de media, y en octubre hubo un día en Los Nietos que se veía el fondo a cinco.
Ya sé que es un dato. Ya sé que te mando datos.
Es que es lo que sé mandar. Pero me acordé de que la primera persona a la que le enseñé el disco fuiste tú, y me pareció que tenías que saberlo.
Lo dejo este año. Las mediciones, digo. Me han cogido en un proyecto de la facultad, de verdad, con sueldo, poco, pero sueldo, y no me da la vida. Se lo he pasado a un chaval de dieciséis años de Los Urrutias que se lo toma más en serio que yo. Mi abuela estaría contenta.
Y otra cosa. He empezado con alguien. Se llama Candela, es del proyecto, es de Cartagena y se ríe de mí todo el rato. Te lo cuento porque prefiero que lo sepas por mí y no por Lucía, que ya sabes cómo es, y porque creo que si fuera al revés yo querría saberlo por ti.
Espero que estés bien. Espero que Bolonia sea todo lo que querías. Me alegro mucho de que estés lejos, aunque sea lejos del agua, porque creo que lo necesitabas, y lo digo de verdad, sin nada debajo.
No hace falta que contestes. Solo quería decírtelo.
Feliz año.
Hugo.»
Lo leo una vez.
Lo leo otra vez, más despacio, parándome en cada punto, como si fuera un examen y tuviera que encontrar la respuesta escondida.
Lo leo una tercera vez, solo el cuarto párrafo.
Se llama Candela.
No siento nada. Eso es lo que me digo, debajo del soportal, con el móvil en la mano y el fuego al fondo.
Que no siento nada. Que me alegro. Que Hugo es mi amigo desde que teníamos ocho años y que se merece a alguien que se ría de él todo el rato, y que yo estoy aquí, en Bolonia, en Nochevieja, con un cocinero que me acaba de besar delante de un viejo de papel ardiendo, y que no hay nada que sentir.
Y sin embargo me quedo mucho rato mirando la pantalla. Y sin embargo abro el teclado, y escribo «Me alegro mucho», y lo borro. Y escribo «Feliz año, Hugo», y lo borro. Y escribo «Gracias por contármelo», y lo miro, y es verdad, y lo borro también.
No contesto.
No contesto porque cualquier cosa que escriba va a ser demasiado o va a ser demasiado poco, y porque Hugo y yo llevamos toda la vida sin saber decirnos las cosas del tamaño que tienen.
Y porque él ha escrito que no hace falta, y yo, que llevo toda la vida haciendo lo que no hace falta, esta vez le hago caso.
Guardo el móvil. Vuelvo a la plaza.
Matteo me ve llegar y me hace sitio dentro de su abrigo sin preguntar nada. Luego, al rato, con la barbilla apoyada en mi gorro, mientras los bomberos empiezan a echar agua a las brasas del Vecchione, dice:
—¿Todo bien?
—Un amigo de casa —digo—. Feliz año.
—Ah —dice él.
Y no pregunta más. Y esta vez, a diferencia de Kasper, sé que no pregunta porque me ha oído la voz y ha decidido darme el sitio.
Nos quedamos mirando cómo el agua de los bomberos convierte el fuego en humo, un humo blanco y espeso que sube hacia la iglesia y se lleva lo que quede del año viejo, y yo pienso, sin querer, que esa es la primera agua que veo esta noche, y que hasta el agua de una manguera, aquí,
me hace pensar en otra.