18
El vuelo más barato de Bolonia a Alicante para el veintitrés de diciembre cuesta doscientos ochenta y siete euros, solo ida, y lo miro todas las noches durante dos semanas, como quien mira un escaparate de joyería.
No lo compro. Ni lo intento. Lo miro por hacerme daño, o por costumbre, o para comprobar que sigue ahí, y cada noche ha subido un poco, doce euros, treinta, y el día que llega a trescientos cuarenta cierro la aplicación y la borro del móvil.
A mi padre le digo que no voy porque tengo trabajo.
Es verdad. Gianni abre el veinticuatro a mediodía y por la noche, y me ha pedido que venga, y paga doble, dice, aunque doble de siete en un sobre sigue siendo poco.
Mi padre dice que vale, que lo entiende, que el año que viene.
No insiste. No insiste nunca, y este año lo agradezco y me duele a partes iguales.
A Chiara la recoge su madre el veintiuno en coche, desde Bari, siete horas de ida y siete de vuelta, porque la madre de Chiara no se fía de los trenes en Navidad.
Es una señora pequeña y elegantísima, con un abrigo de camello y unas gafas de sol en diciembre, que sube los cuatro pisos sin despeinarse, inspecciona la cocina, mira el termómetro de la farmacia de Bari que marca quince grados, y dice algo que hace que Chiara se ponga roja hasta las orejas.
A mí me da dos besos y me pregunta, en un español perfecto de abogada que ha hecho negocios con Madrid, si como bien.
Le digo que sí. Me mira como si supiera que no.
Kasper se ha ido a Dinamarca. Los franceses del quinto se han ido a Francia. El piso de al lado, el de las tres chicas de Medicina que ponen reguetón los jueves, está en silencio.
El edificio entero se ha vaciado, y yo me quedo dentro, sola, en el cuarto.
•
El veinticuatro la trattoria está llena.
Llena de verdad, las diez mesas dos veces, a mediodía y por la noche, con familias enteras que vienen todos los años, abuelas con abrigo de piel, niños con jerséis de renos, un señor que pide lo mismo desde mil novecientos ochenta y dos y al que Sergio llama por su nombre.
Gianni hace pescado, porque es la víspera y en la víspera no se come carne: bacalao, anguila, unas almejas con pasta que huelen a mar y me dan una nostalgia tan violenta que tengo que salir al patio un momento.
Matteo no levanta la cabeza de la mesa de mármol en seis horas.
Yo friego como no he fregado en mi vida.
A las nueve y cinco me vibra el móvil en el bolsillo del delantal.
No es domingo. Es viernes. Pero son las nueve y cinco.
Salgo al patio con las manos mojadas, secándomelas en los vaqueros, y contesto junto a la silla de plástico de Gianni.
—Hola, papá.
—Hoy no es domingo —dice él. Como si le hubiera pillado haciendo algo.
—Ya.
—Pero es Nochebuena.
—Ya.
Se oye ruido de fondo. No es la depuradora. Son voces, platos, una tele, alguien riéndose muy fuerte. Me cuesta un momento situarlo.
—¿Dónde estás?
—En casa de Chelo. —Lo dice un poco a la defensiva, como si fuera raro—. Me ha invitado. Estamos aquí unos cuantos. Lucía te manda un beso.
Oigo a Lucía de fondo. Oigo su voz, gritando algo que no entiendo, y luego más cerca, como si se hubiera acercado al teléfono de mi padre:
—¡Feliz Navidad, italiana!
Y luego se aleja otra vez, y me quedo en el patio con los ojos llenos de algo que no es el frío.
Lucía. La voz de Lucía, en la casa de su tía Chelo, a mil ochocientos kilómetros, gritando en una Nochebuena en la que estoy yo sola en un patio de via del Pratello con las manos oliendo a lavavajillas.
No hablamos desde junio. No hablamos de verdad desde mucho antes.
Y me ha gritado feliz Navidad por encima del hombro de mi padre como si nada, como si no pasara nada, que es la manera que tiene Lucía de decir que sí pasa algo pero que ya se hablará.
—¿Y el camping? —pregunto, por decir algo, por no llorar.
—Poca gente este año —dice él.
Poca gente. Lo dice rápido, sin pararse, y cambia de tema, y me pregunta qué voy a cenar, y le digo que en la trattoria cenamos todos juntos cuando cerramos, y dice que eso está bien, que eso es lo que hay que hacer, cenar con la gente con la que trabajas.
—Feliz Navidad, papá.
—Feliz Navidad, hija.
Seis minutos. La llamada más corta del año. Y la única que no ha sido un domingo.
Me quedo en el patio un rato, apoyada en la pared.
Pienso en poca gente. En que mi padre ha dicho poca gente del camping en diciembre, y en que el camping en diciembre siempre ha tenido poca gente, y en que no hacía falta decirlo, y en que si lo ha dicho es porque este año es menos que poca. No sé. A lo mejor no quiere decir nada.
Vuelvo a entrar. Hay una torre de platos en el fregadero.
•
A las once y media cerramos. Gianni baja la persiana.
Sergio se va a casa con su mujer, que le espera fuera en un coche con el motor encendido y le toca el claxon dos veces.
Y en la cocina, encima de la mesa de mármol, Gianni pone un mantel de cuadros, cuatro platos, cuatro vasos, una botella de vino con polvo y todo lo que ha sobrado del servicio.
Somos cuatro. Gianni, Matteo, yo y un amigo de Gianni que se llama Pino, que no trabaja en la trattoria, que no sé de dónde sale y que por lo visto viene todos los años a esta cena porque no tiene a nadie más.
Tiene setenta años, un ojo de cristal y un chiste para cada plato. No entiendo ninguno. Me río de todos.
Comemos bacalao frito con los dedos. Comemos las almejas que han sobrado. Bebemos el vino del polvo, que Gianni dice que es de su padre, que lleva en la bodega desde mil novecientos noventa y que es malísimo, y que por eso lo abre cada Nochebuena, para que no se acabe nunca de acabar.
Y a las doce, Gianni se levanta con el vaso y dice algo muy largo en dialecto, mirando la foto de su madre, que alguien ha bajado de encima de la caja y ha puesto en la mesa, apoyada en la botella.
Matteo baja la cabeza. Pino se quita la gorra.
No entiendo lo que dice, pero entiendo a quién se lo dice.
Luego Gianni me mira a mí. Me señala con el vaso.
—E alla spagnola —dice—. Che lava i piatti come un uomo.
Y a la española, que friega los platos como un hombre.
No sé si es un piropo. Matteo se tapa la cara con la mano.
Pino se ríe con su ojo de cristal. Yo levanto el vaso y brindo por fregar los platos como un hombre, en la cocina de una familia que no es la mía, en mi primera Nochebuena lejos de casa, y es una de las mejores de mi vida y no se lo voy a poder explicar nunca a nadie.
•
El día de Navidad, Matteo come con su madre.
Me lo dice el día veintitrés, en el patio, sin rodeos, que es como lo dice todo. Que el veinticinco se come en casa de Rosa, arriba, en el primer piso. Que van él y Gianni. Que se ha comido ahí todos los veinticinco de su vida. Que su madre no invita a nadie de fuera de la familia el día de Navidad.
—No è contro di te —dice—. No es contra ti. Es así.
—Ya lo sé.
—Nerea.
—Que ya lo sé. Que no pasa nada.
Y no pasa nada. Me lo repito el veinticinco por la mañana, sola en el piso, con las dos mantas y los calcetines. No pasa nada. No soy de la familia. Llevo con él dos semanas. Es normal. Es lo más normal del mundo.
Pero Rosa se paró tres segundos con el rodillo.
Y no me ha mirado desde entonces ni una vez, ni los viernes, ni cuando le he dado los buenos días, ni cuando le he pasado la harina.
Y ahora no me invita. Y no dice nada. No hace falta.
Es una línea, trazada muy fina, con harina, sobre una tabla de madera, y yo la veo, y ella sabe que la veo.
Salgo a andar. La ciudad está vacía, más vacía que nunca, con todas las persianas bajadas y todas las campanas sonando a la vez, cada una a su hora.
No hay nada abierto. Ni la pizza de patata de la esquina.
Me compro un paquete de galletas en una máquina de la estación, y me lo como sentada en un banco delante del reloj de las diez y veinticinco, que ahora ya sé lo que es y que ahora miro de otra manera, y pienso en ochenta y cinco personas que tampoco comieron con su familia un día,
y se me pasa un poco lo mío, que al lado es tan pequeño que me da vergüenza.
A las cinco de la tarde llaman al telefonillo.
Es Matteo. Sube los cuatro pisos con un táper en las manos, envuelto en un paño de cocina de cuadros, y me lo da en la puerta.
Lo destapo. Dentro hay caldo, todavía caliente, y flotando en el caldo unos tortellini pequeñísimos, del tamaño de una uña, perfectos, todos iguales, cerrados a mano uno a uno.
—Tortellini in brodo —dice él—. Lo que se come en Navidad.
—¿Los has hecho tú?
—No. —Se apoya en el marco de la puerta—. Mi madre.
Lo miro.
—Me los ha dado ella —añade—. Para ti.
—¿Para mí? ¿Te ha dicho eso?
Matteo se lo piensa. Se lo piensa de verdad, con la frente arrugada, como si intentara acordarse de las palabras exactas.
—Me ha dado el táper —dice al final—. Y ha dicho: «Portali». Llévalos.
—Pero no ha dicho a quién.
—No. —Se ríe con un lado de la boca—. Con mi madre nunca se sabe a quién.
Me los como en la mesa de mármol de la cocina, con Matteo sentado enfrente, mirando cómo me los como, y están tan buenos que tengo que parar dos veces.
Y no sé si Rosa los ha mandado para mí o si le sobraban o si solo quería que su hijo saliera de casa un rato.
No lo voy a saber nunca. Pero son de ella, y los ha hecho a mano uno a uno, y han cruzado media ciudad en un paño de cuadros para llegar hasta aquí, y eso, en la lengua que habla Rosa, que es una lengua sin palabras, puede querer decir muchas cosas, y una de ellas, a lo mejor,
es que la línea existe, pero que de este lado también se come.