17
El domingo por la noche imprimo una foto en una copistería de via Zamboni que abre hasta las once y que regenta un señor de Pakistán que se sabe los nombres de todos los estudiantes de la calle menos el mío.
Es la foto de la ventanita de via Piella.
La movida, la del marco de madera en primer plano y el canal verde corriendo detrás.
La imprimo en papel de foto, tamaño postal, y me cuesta un euro con veinte, y el señor la mira antes de dármela y dice «bella», con un acento de Bolonia mezclado con otro que no sé ubicar, y yo digo «grazie» y me la guardo en el bolsillo del abrigo como si fuera un billete.
No sé por qué esa foto. Sí lo sé. Es lo único que tengo que se parezca a lo que quiero decirle.
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Ingrid se va el lunes veinte a las nueve y diez de la mañana, en el tren al aeropuerto, y quedamos a las siete y media en un bar de la plaza de la estación que abre a las seis para los que se van.
Llega con una maleta enorme de color naranja, una mochila, una bolsa de tela llena de cosas que no le han cabido y el jersey verde del agujero.
Tiene la nariz roja y los ojos también, un poco, pero dice que es del frío.
Pedimos dos cafés en la barra, de pie, como los italianos, y dos cruasanes rellenos de crema que aquí se llaman de otra manera, y nos quedamos al lado de la ventana, mirando la plaza, que a esa hora está azul y vacía.
—Kasper told me —dice—. About the cook.
No me sorprende. Kasper se lo cuenta todo a Ingrid y a nadie más, y yo creo que Ingrid es la única persona del mundo a la que Kasper le cuenta cosas porque es la única que las escucha como las dice él, sin buscarles nada debajo.
—Sí —digo.
—Does he ask?
La pregunta me pilla con la boca llena de crema. Tardo en tragar. Ingrid me mira muy seria, con la taza a medio camino, esperando.
Pienso en la cocina de la Bolognina, en los trenes cruzando el techo. En «¿qué te gusta?». En «posso?», en la plaza, con el móvil apuntando al suelo.
—Sí —digo—. Pregunta.
Ingrid asiente despacio. Da un sorbo al café.
—Good —dice.
Lo dice igual que Kasper en la escalera. Con la misma palabra y el mismo peso, como si se lo hubieran pasado de uno a otro, y me hace tanta gracia que me río, y ella no sabe de qué me río pero se ríe también, con la mano demasiado tarde delante de la boca, por última vez.
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A las ocho y media me da un papel.
Un papel doblado en cuatro, arrancado de un cuaderno.
Lo desdoblo encima de la barra. Es una esquina de su cuaderno de italiano.
Hay un dibujo de una cara con la boca en línea recta.
Debajo, con su letra redonda: you look like the angry sea today.
Debajo, la mía, más apretada: un poco. Debajo, la suya otra vez: Normal sea tomorrow?
Y debajo de todo, una ola pequeña, sin espuma, dibujada con boli azul, que es mía, que la dibujé yo un jueves de octubre después de tirar un móvil al suelo en un cuarto del quinto.
—I don't need it —dice—. You need it more.
No sé qué me quiere decir con eso. Creo que sí lo sé.
Creo que quiere decir que ella se va a Suecia, a una ciudad donde en diciembre anochece a las tres, a un hermano que la adora y a una madre que no le pregunta nada, y que se lleva lo que se lleva y que ya le basta.
Y que yo me quedo aquí, y que todavía no sé del todo cuándo estoy enfadada como el mar.
Saco la foto del bolsillo. Se la doy.
Ingrid la mira mucho rato. La ventana de madera, el canal verde, las fachadas desconchadas, el agua moviéndose tan deprisa que ha salido borrosa.
—What is it?
—Agua —digo—. Agua escondida. Hay debajo de toda la ciudad. Hay que abrir una ventana para verla.
No sé decirlo en inglés. Lo digo en español, y luego en italiano, en un italiano malísimo, acqua nascosta, y ella lo entiende, porque Ingrid lo entiende todo aunque no entienda las palabras. Guarda la foto dentro de su pasaporte, entre dos páginas, con cuidado.
—I will open windows —dice.
No sé si es un chiste. Con Ingrid tampoco se sabe siempre. Y no se lo pregunto.
A las nueve menos cuarto la acompaño hasta el andén del tren del aeropuerto, que es un tren pequeño, blanco, que va por encima de la ciudad como un juguete.
Nos damos un abrazo largo, con la maleta naranja en medio, que no nos deja acercarnos del todo.
Me da un beso en la mejilla. Uno. Luego sube, se sienta al lado de la ventanilla y pega la palma de la mano contra el cristal, y yo pego la mía desde fuera, como en las películas, y nos reímos las dos de lo cursi que es, y el tren se va, y ya está.
No lloro. Me doy cuenta de que no lloro en el camino de vuelta, bajo los soportales, y me sorprende, y luego no me sorprende.
No lloro porque no hay nada que llorar. Porque algo se ha acabado cuando tenía que acabarse, sin que nadie mintiera ni nadie esperara nada que no le fueran a dar.
Porque me han preguntado, y he contestado, y ya.
Meto el papel doblado en la funda del móvil, detrás, contra la tapa. Lo llevaré ahí mucho tiempo.
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El miércoles me llama Román.
No es domingo. Román llama los domingos. Pero ha vuelto a Cieza por Navidad y se aburre, dice, y su madre le ha puesto a pelar almendras para no sé qué dulce, y lleva dos horas pelando almendras y necesita hablar con alguien que no sea de su familia o se va a volver loco.
—Pela y habla —le digo.
—Eso hago. —Oigo el crujido de una almendra—. Cuéntame algo. Lo que sea. De Bolonia. De fiestas.
Y yo le cuento de Matteo.
No lo decido. Empiezo a hablar de la trattoria, de que he encontrado trabajo, de Gianni y su barriga y Sergio y su dialecto, y de ahí salto a la cocina, y de la cocina a Matteo, y de Matteo ya no salgo.
Le cuento lo del ragú. Le cuento lo de la nieve y la persiana bajada.
Le cuento lo de «nada que esconder» en el patio, y la foto en la plaza con el móvil apuntando al suelo.
Le cuento lo del reloj de la estación, y se queda callado un momento al otro lado, con las almendras.
Hablamos cuarenta minutos. De esos cuarenta, treinta y cinco son de Matteo. Me doy cuenta al final, cuando ya no hay remedio, y me da vergüenza.
—Perdona —digo—. Te he dado la charla.
—No, no. —Otra almendra—. Me gusta.
—¿El qué?
—Oírte así. —Una pausa pequeña, de las suyas—. Hacía mucho que no te oía así.
No sé qué contestar. Sé perfectamente de qué me está hablando. De que el año pasado, en Murcia, durante seis meses, no le conté nada de nadie. De que me oyó muchas cosas, pero nunca así.
—¿Y él sabe lo de…? —pregunta Román, y no termina la frase.
No hace falta que la termine.
—No.
Otra pausa. Más larga. Oigo a su madre de fondo preguntando algo en el acento de Cieza, que es el mío con un poco más de sal, y a él contestando «¡que ya voy, mamá!» tapando el teléfono.
—Vale —dice luego.
—No hace falta que lo sepa.
—No, no. No hace falta. —Y lo dice sin reproche, sin nada debajo, solo como quien apunta algo—. Solo preguntaba.
Cuando colgamos, me quedo con el móvil en la mesa de la cocina, bocabajo, con el papel de Ingrid metido en la funda contra la tapa.
Y pienso que Román tiene razón y que no la tiene.
Que no hace falta que Matteo lo sepa. Y que lo he dicho muy deprisa, demasiado deprisa, como se dicen las cosas que una ya ha decidido antes de que se las pregunten, para no tener que pensarlas.