Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 16
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Para llegar a la Bolognina hay que cruzar las vías.

Hay un puente largo, de hierro y hormigón, que pasa por encima de la estación, por encima de treinta o cuarenta vías que brillan con las farolas, trenes parados con las luces apagadas, trenes que salen hacia el norte, hacia Milán, hacia Venecia,

hacia sitios que en el panel de la estación tienen nombres de canción.

Lo cruzamos el martes a la una de la mañana, después del servicio, andando deprisa por el frío.

El viento sube desde las vías y trae olor a hierro y a freno.

—Il confine —dice Matteo, en mitad del puente, señalando hacia abajo—. La frontera.

—¿Frontera de qué?

—De Bolonia. —Se ríe—. La de verdad está allí. —Señala hacia atrás, hacia las torres—. Aquí vive la gente.

Al otro lado del puente, la ciudad cambia.

Los soportales siguen, pero son más bajos, más feos, de los años cincuenta.

Hay tiendas de kebab abiertas a la una de la mañana, un supermercado chino con la persiana a medio bajar, una carnicería con letras en árabe, una peluquería de señoras con el secador más viejo que he visto nunca.

Hay un grupo de chicos jugando al fútbol en una plaza con la nieve apartada a los lados.

Hay una señora mayor sacando un perro a la una de la mañana, en bata, y que le dice a Matteo «ciao, Matteo» sin pararse.

—La conozco desde hace doce años —dice él—. No sé cómo se llama.

Vive en un tercero sin ascensor. Otro. En esta ciudad nadie tiene ascensor.

•

Su casa es una habitación y una cocina.

Y la cocina es más grande que la habitación, que es lo primero que me dice todo lo que hay que saber de él.

En la cocina hay una encimera de madera gastada, dos fuegos de gas, una mesa redonda con tres sillas, cuatro sartenes de hierro colgadas de la pared, una estantería con frascos de cosas que no reconozco y una ventana grande que da a las vías, a la estación, al puente,

con las luces de los trenes cruzando de un lado a otro en silencio, porque el cristal es doble.

En la habitación hay una cama, un armario, una guitarra en su funda y una pared entera de discos. Discos de vinilo, cientos, en cajas de fruta puestas de lado, con los lomos para fuera.

—¿Son todos de Lucio Dalla?

—La mitad. —Pasa el dedo por los lomos—. La otra mitad son de gente que escuchaba Lucio Dalla.

Y hace calor. Eso es lo que más me impresiona, de verdad, más que los discos: hace calor.

El radiador de debajo de la ventana está ardiendo, y el techo es normal, de dos metros y medio, y el calor se queda abajo, donde está la gente, y me quito el abrigo y el jersey y la bufanda y me quedo en camiseta y me entra una risa tonta.

—¿Qué?

—Que llevo desde octubre sin quitarme el jersey dentro de casa.

—Via Zamboni —dice él, con desprecio de boloñés de verdad—. Palazzi. Cinco metros de techo. Muy bonitos. Muy fríos. —Pone agua a hervir—. Aquí es feo y hace calor. Elige.

No me hace falta elegir. Ya me he quitado el jersey.

•

Nos sentamos en la cocina, con una infusión de algo que sabe a naranja, mirando los trenes. Hablamos poco. No hace falta mucho. La cocina está a oscuras salvo por la lucecita de la campana y la luz naranja que sube desde la estación.

Y en algún momento él me coge la mano encima de la mesa.

No me la aprieta. La coge como cogía mi mano sobre el cuchillo el día de las tagliatelle: para corregir algo.

Luego la suelta. Luego, sin mirarme, mirando los trenes, dice una cosa en italiano que no entiendo entera. La repite en español, despacio.

—¿Qué te gusta?

Lo miro.

—¿Cómo?

—Qué te gusta. —Se gira—. A ti. No sé nada. Quiero saberlo.

Y me quedo callada.

Me quedo callada mucho rato, tanto que él vuelve a mirar los trenes, para darme tiempo, porque se nota que se ha dado cuenta de que la pregunta pesa más de lo que pensaba.

No es que no sepa qué contestar. Es que nadie me lo ha preguntado nunca.

Es la segunda vez en dos meses que me hacen una pregunta que nadie me había hecho en veintiún años, y la primera me la hizo una sueca en una litera de Lisboa, y ahora un cocinero en una cocina de la Bolognina, y me pregunto qué ha pasado en todos estos años, con todos los demás,

para que nadie preguntara.

Me pregunto si es que no preguntaban o si es que yo nunca dejé espacio para que preguntaran.

Si llegaba siempre con la respuesta puesta, con lo que el otro quería ya aprendido, adelantándome.

Pienso en Bruno, que sabía lo que quería y me lo daba antes de que yo supiera que lo quería.

Pienso en el otro, en Murcia, que decidía por los dos y me hacía creer que lo había decidido yo.

Pienso en Kasper, que no preguntaba porque le daba igual.

Y pienso que he pasado años siendo muy buena en saber lo que les gustaba a los demás.

—No lo sé —digo al final. Es la verdad.

Matteo asiente. No se ríe. No le parece raro. Se levanta, deja las tazas en el fregadero, y se apoya en la encimera, delante de mí, con los brazos cruzados.

—Allora —dice—. Lo buscamos.

Lo buscamos. Como quien busca un sitio en un mapa. Como quien prueba una salsa y le pone sal y la vuelve a probar.

Me levanto de la silla.

La última cosa que recuerdo con orden de esa noche es su mano en mi nuca, que no empuja, que solo está, y su voz muy cerca preguntándome una cosa, y luego otra, y yo contestando por primera vez en mi vida sin saber de antemano cuál es la respuesta correcta.

Después ya no hay orden. Después hay un radiador ardiendo y la luz naranja de los trenes cruzando el techo, y un calor que no viene del radiador, y una palabra en italiano que no conocía y que no pienso buscar en el traductor.

•

El sábado se queda él en via Zamboni.

No lo planeamos. El viernes cerramos a la una y media y ha vuelto a nevar, y el puente de las vías está cortado por el hielo, o eso dice él, y yo no lo compruebo.

Subimos los cuatro pisos a oscuras, sin luz, él agachando la cabeza en el rellano del tercero aunque no le haga falta, porque yo le he dicho que ahí hay una lámpara que mata.

A las ocho de la mañana él se va a trabajar, porque los sábados abren a mediodía y hay que hacer el caldo. Le acompaño a la puerta en pijama. Baja él primero. Y en el rellano del tercero, subiendo, con una bolsa de pan en cada mano y la cabeza agachada bajo la lámpara, está Kasper.

Se paran los dos. Kasper mira a Matteo. Matteo mira a Kasper. Desde arriba, desde mi puerta, los veo a los dos en el mismo escalón, uno rubio casi blanco que le saca una cabeza al otro, uno moreno con el abrigo abierto, los dos sin saber quién tiene que apartarse.

Se aparta Kasper. Se pega a la pared, con sus dos bolsas.

Y cuando Matteo pasa, Kasper levanta la vista hacia mí, hacia la puerta del cuarto, y me saluda con la mano, con la bolsa de pan colgando de la muñeca. Serio. Tranquilo. Como si me saludara por encima de un lago.

—Hi —dice.

—Hola, Kasper.

Mira hacia abajo, por donde se ha ido Matteo. Vuelve a mirarme.

—Il cuoco? —pregunta. El cocinero. Así que Ingrid también le cuenta esto.

—Il cuoco.

Kasper asiente, despacio, pensándolo con esa lentitud suya. Luego dice, con toda la seriedad del mundo:

—Good.

Y sigue subiendo.

Me quedo en la puerta, en pijama, riéndome sola, y en la cocina Chiara, que lo ha oído todo desde la cafetera, grita algo en italiano que no hace falta traducir,

y cuando entro me ha puesto un café en la mesa de mármol y me mira por encima de las gafas que no lleva con una cara de triunfo que no le he visto nunca a nadie.

—Te lo dije —dice en español. Es lo único que sabe decir en español—. Molto molesto.

Me bebo el café. Está hirviendo. Fuera sigue nevando en el centro de la calle y debajo de los soportales no, y el radiador del pasillo sigue tibio, y el piso sigue helado, y por primera vez desde octubre me da igual.