Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 15
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El viernes llego a la trattoria a las tres de la tarde con un plan, y el plan es no mirarle.

Lo he pensado toda la mañana, en la clase de semiótica, que no he entendido, y en la de italiano, donde Ingrid me ha preguntado si me pasaba algo y le he dicho que había dormido poco, que es verdad.

El plan es sencillo. En la cocina no ha pasado nada.

En la cocina somos lo que éramos el miércoles: la de los platos y el cocinero.

No le miro. No le hablo más de lo necesario.

No me pongo a su lado en la mesa de mármol.

Y cuando alguien pregunte, que no va a preguntar nadie porque no hay nada que preguntar, digo que no sé de qué me hablan.

Conozco este plan. Lo he hecho antes. Me salió muy bien durante seis meses, hasta que me salió muy mal.

Me da igual. Es el único plan que tengo.

En la sala ya está Rosa, en la mesa grande, con la tabla y el rodillo y el volcán de harina a medio hacer.

Sergio está doblando servilletas en la barra.

Gianni, en la cocina, canta algo mientras pica cebolla con una velocidad que da miedo.

Digo buonasera a los tres, en orden, y me voy directa al fregadero, que a estas horas está vacío, y me pongo a fregar lo que no hay.

Matteo llega a las tres y cuarto.

Entra por la puerta de la calle, con el abrigo abierto y nieve en el pelo, que sigue cayendo un poco.

Se sacude en el felpudo. Saluda a Sergio.

Le da un beso a su madre en la coronilla, por encima del moño, sin que ella deje de amasar.

Entra en la cocina. Deja el abrigo en el perchero. Se pone el delantal.

Y en lugar de ir a la mesa de mármol, se queda en la puerta de la cocina, donde lo ven los tres, y dice:

—Zio. Mamma. Sergio. —Hace una pausa—. Io e Nerea stiamo insieme.

Se me cae el estropajo en el fregadero.

Lo entiendo todo. Lo entiendo como si lo hubiera dicho en español: Nerea y yo estamos juntos. Así. En la puerta. Con los brazos cruzados y el delantal recién atado, como quien avisa de que se ha acabado la harina.

—Ve lo dico perché non mi va di nasconderlo —añade—. Os lo digo porque no me apetece esconderlo. Ya está.

Y se va a la mesa de mármol y coge un cuchillo.

Hay un silencio de tres segundos. En la sala, el rodillo de Rosa se para. Lo oigo. Un rodillo que lleva sonando desde que he entrado, un ruido blando y rítmico de madera sobre masa, y se para, y durante tres segundos no suena nada en toda la trattoria.

Luego Gianni suelta el cuchillo de la cebolla, se da la vuelta, me mira a mí, mira a Matteo, y se echa a reír. Con toda la barriga. Tanto que se tiene que apoyar en la encimera.

—Lo sapevo! —grita—. ¡Lo sabía! Perché credi che vi ho lasciato le chiavi?

¿Por qué te crees que os dejé las llaves?

Sergio, en la barra, aplaude. Tres palmadas, secas, sin dejar de doblar la servilleta que tiene entre los dedos.

Y el rodillo de Rosa vuelve a sonar. Madera sobre masa. El mismo ritmo, sin cambiar nada, como si no se hubiera parado nunca. No dice nada. No se asoma. No me mira. Pero el rodillo se ha parado tres segundos, y yo lo he oído, y sé que ella sabe que lo he oído.

•

No me miro las manos en toda la tarde. Friego.

Pelo. Corto. Me muevo por la cocina como si me hubieran puesto un foco encima, y no hay ningún foco.

Gianni canta. Sergio entra y sale. Matteo trabaja como trabaja siempre, con la cabeza agachada, sin mirarme más de lo que me miraba el miércoles, y cuando pasa por detrás de mí dice permesso, como siempre.

No entiendo nada.

A las seis, en el descanso antes del servicio, salgo al patio a respirar.

El patio es un hueco de tres metros entre la trattoria y el edificio de atrás, con los cubos de basura, una bici sin ruedas y una silla de plástico donde Gianni fuma a escondidas de su médico.

Está nevando otra vez, flojo. Matteo sale detrás de mí. Se apoya en la pared.

—¿Por qué lo has dicho?

Me mira sin entender.

—Porque es verdad.

—Ya. Pero. —No sé cómo decirlo—. No hacía falta decírselo a nadie.

—¿Por qué no?

Y se me queda la respuesta en la boca, porque la respuesta es otra persona, y no quiero meter a otra persona en este patio.

La respuesta es que la última vez que estuve con alguien hubo reglas.

Reglas que no se decían pero que estaban.

Que no se lo contaba a nadie. Que no nos cogíamos de la mano por la calle.

Que en la facultad éramos profesor y alumna y fuera éramos otra cosa que no tenía nombre.

Que nada de fotos. Nada de fotos, sobre todo.

Y yo las cumplí todas, una por una, con mucho cuidado, y me parecían la prueba de que aquello era importante, de que había algo que proteger. No sabía que lo que se protegía era él.

Esperaba las reglas. Llevo desde anoche esperándolas. Estaba preparada.

—No sé —digo—. Pensaba que no querrías.

Matteo me mira un rato largo, en el patio, con la nieve cayendo entre los dos.

—Nerea —dice—. Estamos en la cocina de mi familia. —Señala la puerta con la cabeza—. Si no lo digo yo, lo dice Sergio mañana a todo el barrio. —Y luego, más bajo—: Y no tengo nada que esconder.

No tengo nada que esconder. Lo dice en italiano, non ho niente da nascondere, y lo tengo que traducir en la cabeza dos veces, porque la primera no me lo creo.

•

El sábado por la mañana vamos a la plaza grande, que ya no está nevada sino llena de huellas y de barro y de niños tirándose bolas de nieve sucia.

Han puesto un árbol de Navidad enorme delante del palacio del ayuntamiento, y hay puestos de madera que venden castañas, y una señora con un organillo, y un frío que corta.

Matteo saca el móvil del bolsillo.

Y yo me quedo quieta.

No es como con Kasper. No me tiro a por él. No hago nada. Pero me quedo quieta, con los hombros subidos, como en junio en el pueblo, y él lo ve. Lo ve porque Matteo lo ve todo, porque mira a la gente como mira las mesas.

No levanta el móvil. Lo tiene en la mano, bajado, apuntando al suelo.

—Posso? —pregunta.

Y espera.

No insiste. No dice «venga» ni «solo una» ni «no seas tonta». No se ríe. Espera, con el móvil apuntando al suelo, en medio de la plaza, con el árbol detrás y las castañas y el organillo, a que yo diga algo.

—¿Para qué?

—Para mí. —Lo piensa—. Para tenerla. No para enseñarla. —Y luego añade, porque ha visto algo en mi cara—: Si no, no.

Tardo un poco. Luego digo que sí.

Me hace una foto. Una sola. Luego gira el móvil y me la enseña: yo, con el gorro de lana que me he comprado en un mercadillo y la nariz roja, delante del árbol, con cara de estar a punto de decir algo. Salgo rara. Salgo seria. Salgo, de alguna manera, como soy.

—¿Te gusta? —pregunta—. ¿La borro?

La miro mucho rato.

—No —digo—. Déjala.

•

El domingo comemos en un sitio barato cerca de la estación, porque Matteo vive al otro lado de las vías, en un barrio que se llama la Bolognina y que según Chiara es donde vive la Bolonia que no sale en las postales.

Después de comer, al salir, pasamos por delante de la estación.

Y yo, por decir algo, porque me hace gracia, saco el móvil y busco la foto de mi primer día, la del reloj, y se la enseño.

—Mira. El primer día. —Me río—. Aquí no arregláis los relojes, ¿eh?

Matteo mira la foto.

No se ríe.

Se para en la acera, delante de la estación, con las manos en los bolsillos, y mira el reloj de verdad, el de la fachada, que sigue marcando las diez y veinticinco, y luego me mira a mí, y tiene una cara que no le he visto nunca, ni en la cocina.

—No está roto —dice.

Y me lo cuenta.

Me cuenta que el dos de agosto de mil novecientos ochenta, un sábado, a las diez y veinticinco de la mañana, en la sala de espera de segunda clase de esta estación, llena de gente que se iba de vacaciones, estalló una bomba.

Que murieron ochenta y cinco personas. Que hubo más de doscientos heridos.

Que había niños. Que el reloj se paró a esa hora, y que después, cuando lo arreglaron, decidieron dejarlo así.

Parado. A las diez y veinticinco. Para siempre.

Para que nadie que pase por aquí pueda olvidar la hora.

Lo cuenta despacio, en español y en italiano, sin dramatismo, como se cuentan las cosas que te han contado desde pequeño.

Me quedo sin respiración.

Pienso en mi foto. En mi foto de ese primer día, con la maleta entre las rodillas y el sol en la pantalla, hecha de paso, sin ningún motivo.

En que pensé que aquí no arreglaban nada.

En que me reí. En que la gente pasaba por debajo sin mirar el reloj, y yo creí que era porque no sabían algo que yo sí, y era al revés.

—No lo sabía —digo.

—Lo sé.

—Me reí.

—Lo sé. —Me coge la mano, por primera vez en la calle—. No pasa nada. Ahora ya lo sabes.

Me lleva dentro. A la sala de espera, que sigue ahí, con una pared de cristal y detrás de la pared una grieta enorme en el muro, que dejaron a propósito, y una placa con los nombres.

Ochenta y cinco nombres, con las edades.

Los leo. Algunos muy largos. Algunos de tres años.

La gente pasa por delante con sus maletas, deprisa, mirando el panel de salidas, y alguno, de vez en cuando, se para, y lee un nombre, y sigue.

No borro la foto. Pensé que la borraría y no la borro.

Esa noche, en la cama, la miro otra vez, el reloj redondo, las diez y veinticinco, el sol de septiembre en el cristal, y la dejo donde está, para acordarme de que el primer día de esta ciudad me reí de algo que no entendía, y de que alguien, en lugar de reírse de mí,

me cogió de la mano y me lo explicó.