14
Empieza a nevar el jueves nueve de diciembre a las cuatro y veinte de la tarde, en mitad de la clase de Historia del cine italiano, y yo soy la única de toda el aula que se levanta a mirar.
Lo hago sin pensar. El profesor está hablando de una película en blanco y negro de un niño y una bicicleta, y la chica de mi derecha me da un golpe con el codo y señala la ventana con la barbilla, y veo caer algo blanco, despacio, y me levanto.
Me levanto de la silla y me quedo de pie, con el cuaderno en la mano, mirando por la ventana como una tonta.
Sesenta italianos se giran a mirarme a mí. El profesor se para a mitad de frase.
—È la prima volta? —pregunta, con una curiosidad amable.
—Sì —digo—. La prima volta.
Y es verdad. Tengo veintiún años y no había visto nevar en mi vida.
En Los Alcázares no nieva. En Murcia nevó una vez, cuando yo tenía tres años, y mi padre me cuenta que me asomé a la ventana y me eché a llorar porque pensé que el cielo se estaba rompiendo.
No me acuerdo. Así que esta es la primera.
El profesor me deja mirar. Toda la clase me deja mirar.
Durante un minuto largo nadie dice nada, y la película del niño y la bicicleta sigue congelada en la pantalla, y la nieve cae detrás del cristal, gorda y lenta, y yo la miro, y los italianos me miran mirarla, y alguien, al fondo, aplaude flojito, y luego se ríe todo el mundo, yo también,
y me siento.
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En Bolonia la nieve cae en medio de la calle.
Es lo que descubro al salir: que debajo de los soportales no nieva.
Que la ciudad entera tiene techo y que la nieve solo cae en la franja del centro, en el asfalto y en las plazas, y que la gente va por debajo, seca, mirándola caer como desde un balcón.
Solo los niños salen. Y yo. Salgo al centro de via Zamboni con las manos abiertas y la cara levantada, y me cae un copo en el ojo, y otro en la boca, y no sabe a nada, y es la cosa más rara que he probado nunca.
Le mando una foto a mi padre. Me contesta con un muñeco de nieve. Es la primera vez que me manda un emoji que no sea un pulgar.
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Esa noche no viene nadie a cenar.
Bueno, viene una pareja de señores mayores que viven en la misma calle y que vendrían aunque se acabara el mundo, y dos turistas americanos que han entrado a resguardarse y piden tagliatelle con cara de haber descubierto algo.
Nada más. A las nueve y media, Gianni mira por el escaparate empañado la nieve cayendo en via del Pratello, que ya ha cubierto los coches y los contenedores y las bicis atadas, y manda a Sergio a casa.
—Va' a casa. Tua moglie si preoccupa.
A las diez y media se van los señores. A las once, los americanos, que dejan una propina que Gianni mira con desconfianza, como si fuera un error.
Gianni se quita el delantal. Se pone el abrigo, un abrigo enorme de paño gris que le hace parecer un armario. Se pone un gorro. Mira la cocina, mira la sala, me mira a mí en el fregadero y a Matteo en la mesa de mármol, recogiendo.
—Chiudete voi —dice.
Cerrad vosotros.
Y se va. Así, sin más. Deja las llaves colgadas del gancho de la puerta de la cocina, como si fuera lo más normal del mundo que la friegaplatos española sin contrato y su sobrino cierren solos su trattoria de cincuenta años.
Oímos la puerta. Oímos a Gianni resbalar en la acera y decir algo que se le escapa entero, y reírse solo, y alejarse.
Y luego silencio.
Un silencio de nieve. No se oye nada en la calle: ni coches, ni pasos, ni el bar de al lado, donde a estas horas de un jueves tendría que estar Matteo cantando Lucio Dalla a la señora del perro.
—¿No tocas hoy?
Matteo niega con la cabeza sin dejar de pasar el trapo por el mármol.
—Con la neve no viene nadie. —Levanta la vista hacia la pared que da al bar—. Han cerrado.
Sale de la cocina. Lo oigo en la sala, oigo el ruido de una manivela, y la persiana metálica del escaparate baja con un chirrido largo, de hierro, hasta el suelo. La sala se queda a oscuras, con la luz de la cocina entrando por la ventana del pase. Vuelve.
No hay nadie. No hay nadie en la trattoria, ni en la calle, ni seguramente en todo el barrio. Solo la cocina encendida, el lavavajillas enfriándose con un tic tic de metal, la nieve cayendo al otro lado de una persiana bajada, y nosotros dos.
—¿Tienes hambre?
No he cenado. Nunca ceno los días de trabajo; como algo a las cinco y luego nada hasta que llego a casa y como de pie lo que haya en la nevera.
—Un poco.
Matteo abre la cámara. Saca un táper grande, de metal, tapado con film. Lo destapa. Huele desde donde estoy.
—Ahora —dice— vas a comer ragú.
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Lo calienta en un cazo pequeño, a fuego muy bajo, removiendo con una cuchara de madera. Pone agua a hervir en otra olla y le echa un puñado de sal gorda que no mide. Coge de la bandeja un nido de tagliatelle de la tarde y lo mira a la luz, entrecerrando los ojos.
—Questi li hai tagliati tu.
Los he cortado yo. Son los míos. Se nota: son un poco más anchos que los suyos, un poco desiguales, un poco más gordos en un extremo que en otro.
—¿Te valen?
—Mi valgono —dice.
Los cuece dos minutos. Los escurre. Los echa en el cazo del ragú y los mueve con dos tenedores, deprisa, de abajo arriba, para que se pegue la salsa, y los sirve en un solo plato hondo, con dos tenedores, y los deja en el centro de la mesa de mármol.
Nos sentamos en dos taburetes, uno a cada lado.
Pruebo.
No sé cómo contarlo sin que suene exagerado.
No se parece a nada. No se parece a la boloñesa de casa, la de mi padre, la de tomate frito y carne picada del Mercadona, que me gustaba y me sigue gustando.
Esto es otra cosa. Es carne deshecha en algo que no es salsa, que es más bien un jugo espeso, oscuro, dulce y salado a la vez, con un fondo de vino y otro de algo que no sé qué es y que a lo mejor es la leche.
No se ve el tomate. Se nota, pero no se ve.
Y las tagliatelle, mis tagliatelle gordas y desiguales, lo recogen todo, como si estuvieran hechas para eso. Que lo están.
Cierro los ojos. No lo decido. Se me cierran solos.
Cuando los abro, Matteo me está mirando con los codos en la mesa y la barbilla en las manos, sin haber probado nada, como miraba al bar desde la tarima: como un cocinero mira una mesa para ver si le ha gustado.
—¿Y? —dice.
—No he comido ragú en mi vida.
No dice «te lo dije». No hace ningún gesto de victoria. Sonríe con un lado de la boca y coge su tenedor y come, por fin, del mismo plato, y comemos los dos en silencio, a la luz de la cocina, con la nieve al otro lado de la persiana.
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No sé cuánto tiempo estamos ahí. El plato se acaba. Él abre una botella de vino de la cámara, uno que no está en la carta, y lo bebemos en los vasos de agua. Hablamos. Hablamos mucho, más que en tres semanas de cocina, en esa mezcla de tres idiomas que ya nos sale sola.
Me cuenta que su abuela era la de la foto.
Que Ines abrió la trattoria en el setenta y uno, sola, con dos hijos pequeños y un marido que se fue a Alemania a trabajar y ya no volvió.
Que su madre aprendió la sfoglia antes de aprender a leer.
Que él lleva en esa cocina desde los catorce años, y que se fue dos años a Londres a trabajar en un restaurante de los caros, y que volvió porque allí nadie sabía por qué hacía lo que hacía.
Yo le cuento el camping. Le cuento el Mar Menor, el mar con valla. Le cuento lo de la nieve de cuando tenía tres años, lo del cielo rompiéndose, y se ríe con la cabeza hacia atrás.
No le cuento lo de abril. No le cuento que me fui huyendo. No le cuento lo de mi madre. Pero le cuento más de lo que le he contado a nadie en tres meses, y me doy cuenta tarde, cuando ya está contado.
A las dos de la mañana nos levantamos a la vez para fregar la botella y los vasos, y chocamos delante del fregadero, que es mío, que es mi sitio, y nos quedamos parados. Muy cerca. Tan cerca como en la escalera con Kasper, pero no se parece en nada a la escalera con Kasper.
Y se nos ocurre a los dos a la vez.
No sé quién empieza. De verdad que no lo sé.
Sé que en algún momento tengo su cara entre las manos, y que tiene la barba áspera y la piel caliente de la cocina, y que él tiene las manos en mi cintura, quietas, sin apretar, como si estuviera sujetando algo que se puede romper.
Sé que sabe a vino y a ragú. Sé que detrás de mí el grifo gotea.
Sé que no me acuerdo de nada más durante un rato largo.
Cuando nos separamos, él tiene los ojos cerrados todavía.
Y yo digo lo primero que me viene a la boca, lo que llevo tres semanas pensando sin decir, lo único que me parece honrado:
—Tengo fecha de caducidad.
Abre los ojos.
—Me voy en junio —digo—. A finales. Tengo el curso, y luego me voy. No me quedo. No me puedo quedar. Te lo digo para que lo sepas.
Matteo me mira un momento. Luego asiente, despacio, muy serio, como cuando le digo que he cortado las tagliatelle demasiado anchas.
—Lo so —dice. Y luego, en español, buscando las palabras con cuidado, como quien elige tomates—: Lo sé. Yo también sé contar.
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Vuelvo a casa andando, a las tres, por el centro de las calles, por la nieve, porque debajo de los soportales no hay nieve y yo quiero pisar la nieve.
La ciudad está blanca y vacía y en silencio.
Mis pasos son los únicos en toda via Ugo Bassi, dos filas de agujeros en el blanco.
Paso por la plaza grande, que está entera cubierta, lisa, sin una huella, y la cruzo en diagonal, dejando las mías, y pienso que mañana por la mañana, cuando la gente salga, alguien verá una fila de huellas cruzando la plaza de lado a lado y no sabrá de quién son.
Me lo prometo en la plaza, a las tres de la mañana, con la nieve cayéndome en el pelo.
Esta vez no me lo tomo en serio. Esta vez no. Esta vez sé cuándo se acaba, y lo sabe él, y los dos sabemos contar. Esta vez no me voy a quedar esperando en ningún banco a nadie que no viene. Seis meses, y un billete, y ya.
Lo digo en voz alta, bajito, para que conste.
Y la nieve, que en eso se parece al mar, se lo traga sin contestar.