13
La cocina de Da Ines mide cuatro metros por tres y en ella caben, a la hora de la cena, tres personas, dos fogones de seis fuegos, una plancha, un horno, una mesa de mármol, un fregadero de dos senos,
un lavavajillas industrial que ruge como un avión despegando y un calor que no he sentido ni en agosto en la barra del Salitre.
Yo estoy en el fregadero.
El fregadero está al fondo, contra la pared de azulejos blancos, debajo de una ventana pequeña que da a un patio y que no se puede abrir porque se atascó en algún momento de los años noventa.
Desde ahí veo la cocina entera de espaldas: a Gianni en los fogones, enorme, sudando, moviendo tres sartenes a la vez con una calma de director de orquesta; a Matteo en la mesa de mármol, emplatando, con la cabeza agachada y una concentración que le borra la cara; y la ventana del pase,
por donde entra y sale Sergio, el camarero.
Sergio tiene sesenta años, lleva cuarenta en esta casa y es la persona más rápida que he visto en mi vida.
Entra por la ventana del pase como un pájaro, recoge cuatro platos en un brazo, grita algo en un dialecto que no es italiano ni es nada que yo conozca, y desaparece.
El primer día me mira de arriba abajo con desconfianza.
El segundo día me llama la spagnola. El tercero me enseña a decir en boloñés una palabra que según él significa «buenas noches» y que según Gianni, cuando se la digo al marcharme, significa algo que no se puede traducir delante de una señora.
Los platos llegan en torres. Platos hondos con restos de caldo, platos llanos con la salsa pegada, cazuelas de barro con el gratinado quemado en los bordes, sartenes con el fondo negro.
Los enjuago, los meto en el lavavajillas, cierro la tapa, el avión despega, lo abro, sale una nube de vapor que me empaña la cara, saco los platos ardiendo, los apilo, llegan más.
Las sartenes y las cazuelas, a mano. Con un estropajo de alambre que me deja los dedos en carne viva la primera noche.
A las doce y media, cuando se va el último cliente, tengo las manos rojas y arrugadas como las de una viejita, el pelo pegado a la frente y la espalda partida por la mitad.
Gianni me da un vaso de vino tinto sin preguntar.
Lo bebo de pie, apoyada en el fregadero.
Está buenísimo y no sé si es el vino o el cansancio.
Matteo, en toda la noche, me ha dicho cuatro palabras: «Ciao», «attenta, scotta» y «buonanotte».
•
No coquetea. Eso quiero dejarlo claro, porque yo esperaba que lo hiciera, y creo que me había preparado para ello, y no lo hace.
En la cocina Matteo es otra persona que en el bar del farolillo.
No canta. No discute de tomates. Trabaja.
Trabaja con una seriedad que da un poco de miedo, sin hablar casi, con los antebrazos marcados moviéndose deprisa y siempre en el mismo sitio, como si hubiera una coreografía dibujada en el suelo que solo ve él.
Cuando se cruza conmigo para dejar algo en el fregadero dice «permesso» y pasa pegado a la mesa, sin rozarme.
Cuando le paso una cazuela limpia dice «grazie».
Cuando termina la noche se quita el delantal, lo dobla en cuatro, lo deja en el taburete, se despide de todos a la vez y se va.
La primera semana me molesta. La segunda empieza a gustarme, y eso me molesta más.
•
El viernes baja Rosa.
Me lo avisa Sergio a las tres de la tarde, cuando llego antes de hora porque Gianni me ha pedido que venga a pelar cebollas: me dice «oggi c'è la signora» con una cara de respeto que no le había visto poner con nadie, y se alisa el chaleco.
La signora es la hermana de Gianni y la madre de Matteo, y vive encima de la trattoria, en el primer piso, y baja todos los viernes a hacer la sfoglia.
La hace como la hacía su madre, que es la mujer de la foto de encima de la caja, la de las manos llenas de harina: a mano, en una tabla de madera enorme que ocupa media mesa del comedor cerrado, con un rodillo que mide casi un metro.
Es pequeña. Pequeña y ancha, como la de la foto, con el pelo gris recogido en un moño bajo, unos pendientes de perla y una bata de flores muy distinta a la de Chiara, planchada, sin una mancha. Tiene los ojos de Matteo. Me cuesta un rato darme cuenta, porque en ella están quietos.
Gianni nos presenta desde la puerta de la cocina.
—Rosa, questa è Nerea. La ragazza nuova. Spagnola.
Rosa levanta la vista de la harina. Me mira. Me mira de arriba abajo como Gianni el primer día, pero no como se mira un melón en el mercado: como se mira un cubierto que alguien ha puesto de más en la mesa y que nadie sabe para quién es.
—Buonasera —dice.
—Buonasera, signora.
Y vuelve a la harina. No me dice nada más en toda la tarde. Ni esa tarde ni las siguientes.
La miro trabajar desde la puerta de la cocina, con un cuchillo en una mano y una cebolla en la otra, y no puedo dejar de mirarla.
Hace un volcán de harina en el centro de la tabla.
Casca los huevos dentro, uno detrás de otro, sin mirar.
Los bate con un tenedor desde el centro, recogiendo la harina de los bordes muy despacio, sin que se rompa el volcán, y cuando se forma la masa la amasa con la base de la mano, empujando y doblando, empujando y doblando, con un ritmo que parece una respiración.
Luego coge el rodillo. Y estira. Estira la masa en redondo, dándole la vuelta, enrollándola en el rodillo y desenrollándola, cada vez más grande, cada vez más fina, hasta que la sfoglia cubre la tabla entera, amarilla, como un mantel, y es tan fina que a través de ella se ven las vetas de la madera.
No usa máquina. No mide nada. No mira ninguna receta. Hace lo que hacía la mujer de la foto, que lo hacía como lo hacía alguien antes que ella.
—Non guardare —me dice Gianni, pasando por detrás, en voz baja—. No mires. Si miras mucho se pone nerviosa.
No se pone nerviosa. Rosa no se ha puesto nerviosa en su vida. Pero dejo de mirar.
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El martes Matteo me enseña a cortar tagliatelle.
No es un gesto romántico. Es que Gianni ha decidido que ya friego suficientemente bien como para hacer otras cosas, y la mise en place de los martes, dice, es la más aburrida, y lo aburrido se le da a la nueva.
Así que a las cuatro de la tarde estoy delante de la mesa de mármol, con un cuchillo enorme en la mano, y Matteo al lado, con otra sfoglia, la de los martes, que la hace él.
—La mia è peggio —dice, señalándola—. La mía es peor. No se lo digas a mi madre.
Me enseña a enrollarla. No apretado: suelto, en un rulo flojo, con las manos planas.
Me enseña a cortar el rulo en rodajas finas, con el cuchillo inclinado, de un golpe, sin serrar.
Y luego me enseña lo mejor: coger las rodajas por el centro con dos dedos y levantarlas de golpe, sacudiéndolas, para que se desenrollen en el aire y caigan en la mesa como cintas, como el lazo de un regalo.
Lo hace tan deprisa que no lo veo. Lo hace otra vez, más despacio, para que lo vea.
Me toca.
Enrollo. Corto. Me salen gordas. Gordísimas. Como tallarines de dibujos animados.
Matteo las mira con la cara del bar, con la de spaghetti alla bolognese.
—Troppo larghe.
—Ya lo veo.
—Otto millimetri. —Levanta dos dedos casi juntos—. Ocho milímetros. Cotte. Cuando están cocidas.
—¿Ocho milímetros? ¿Quién mide eso?
Y me cuenta, muy serio, mientras corta sus rodajas perfectas, que en Bolonia hay una tagliatella de oro.
De oro de verdad. Guardada en una vitrina en un edificio oficial, desde los años setenta, para que nadie se equivoque.
Que mide ocho milímetros de ancho, que es justo la doce mil y pico parte de la altura de la torre más alta de la ciudad, y que todo cocinero de Bolonia que se precie corta sus tagliatelle pensando en esa vitrina.
—Me estás tomando el pelo.
—No.
—Una tagliatella de oro.
—Sì. —Me mira de lado, con un lado de la boca más que el otro—. Te llevo un día a verla.
Y no me lleva ningún día, ni lo vuelve a mencionar, porque Matteo, lo estoy aprendiendo, no promete. Pero lo busco esa noche en el móvil, en la cama, y existe. Hay una tagliatella de oro en Bolonia.
Me salen gordas toda la tarde. En la sexta intentona, él dice «permesso» antes de ponerme la mano encima de la mía, sobre el mango del cuchillo, y me corrige el ángulo, un poco, apenas, y la aparta. Dura lo que dura un corte. Nadie en la cocina se da cuenta. Nadie tiene nada de lo que darse cuenta.
Me salen menos gordas.
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El sábado, a las doce y media, Gianni me da un sobre.
Un sobre blanco, de los de carta, con mi nombre escrito a boli con su letra grande, la Spagnola, porque no se acuerda de cómo se escribe Nerea.
Dentro hay ciento cuarenta euros. Billetes de veinte y de diez.
Lo abro en el baño de la trattoria, sentada en la tapa del váter, y los cuento dos veces, y me los guardo en el bolsillo interior del abrigo.
El domingo, a las nueve y cinco, suena el teléfono.
—Hola, papá.
—¿Qué tal?
—Bien.
Me cuenta que ha llovido otra vez. Que los holandeses se han ido ya, como todos los noviembres, y que Hans le ha dejado la llave del bungaló para que le riegue la planta.
Que hace frío por la noche y que ha sacado la estufa de la oficina.
Que el camping está tranquilo. Tranquilo es la palabra que usa: tranquilo.
Y luego, después de un silencio un poco más largo que los de siempre:
—¿Te llega?
Lo pregunta sin énfasis. Como pregunta si como. Pero es la primera vez que me lo pregunta en su vida, y los dos sabemos que no lo pregunta por preguntar.
Tengo ciento cuarenta euros en el bolsillo del abrigo que cuelga detrás de la puerta.
Tengo los dedos llenos de cortes del estropajo.
Tengo un trabajo sin contrato en una cocina de un país donde no hablo el idioma.
Tengo doscientos euros de él y cuatrocientos ochenta de Gennaro y una beca que llegará seguramente en diciembre.
—Me sobra —digo.
Silencio al otro lado. El zumbido de la depuradora. Los grillos no, que ya es noviembre.
—Bien —dice él.
Y cambiamos de tema. Y hablamos del frío.
Y cuando colgamos me quedo mirando el abrigo detrás de la puerta, con el sobre en el bolsillo, y pienso que mi padre me ha mentido con la palabra tranquilo y yo le he mentido con la palabra sobra, y que los dos lo hemos hecho para lo mismo, y que ninguno de los dos se va a dar cuenta nunca,
porque nos queremos demasiado como para preguntar dos veces.