12
En noviembre llega la niebla, y la niebla de Bolonia no se parece a nada que yo haya visto.
En el pueblo, alguna mañana de enero, sale del Mar Menor una bruma fina que se levanta a las diez y deja el aire limpio.
Esto es otra cosa. Esto baja de algún sitio, o sube de la tierra, nadie me lo sabe explicar, y se queda.
Se queda días. Tapa las torres por arriba y deja solo los troncos, cortados a la altura del tercer piso, como si la ciudad se hubiera quedado a medio construir.
Se mete debajo de los soportales. Pone halos alrededor de las farolas.
A las cinco de la tarde es de noche y la gente pasa a tu lado como en un sueño, apareciendo y desapareciendo a tres metros, y todo suena más bajo, más lejos, como con algodón.
Chiara la odia. Dice que es la niebla de la llanura, que viene del río grande, que en Bari no existe y que es la razón por la que los del norte son como son.
A mí me gusta. No se lo digo. Me gusta que la ciudad se esconda. Me gusta ir por la calle sin ver a nadie a más de tres metros y que nadie me vea a mí.
•
Con Ingrid pasan cosas una semana más.
No muchas. Una tarde en su cuarto, que está en un piso de estudiantes cerca de la universidad, con una cama estrecha y una ventana a la niebla y una lámpara de papel que ha traído de Suecia en la maleta, dice, porque en todos los cuartos de alquiler del mundo la luz es mala.
Un beso en la biblioteca, detrás de una estantería de Filología Clásica, que acaba con las dos riéndonos en silencio porque el señor del chaleco de punto nos ha visto y ha vuelto a su mesa con una dignidad enorme.
Una noche entera hablando en su cama, en inglés, de todo lo que no se habla en inglés en clase.
Me cuenta que en Suecia en diciembre se hace de noche a las tres de la tarde.
Que tiene un hermano pequeño que la adora y una madre que no le pregunta nada, que es peor que preguntarle todo.
Que en su ciudad ha salido con dos chicos y con una chica y que con la chica fue la primera vez que alguien le preguntó qué le gustaba.
Me lo cuenta como quien cuenta lo que ha comido.
Yo le cuento el Mar Menor. El camping. Mi padre en el escalón. No le cuento lo de abril. Me doy cuenta de que no se lo cuento y de que a ella no le falta.
El lunes ocho, a la salida de clase, me acompaña hasta el portal. La niebla está tan cerrada que desde la puerta no se ve la acera de enfrente. Nos quedamos debajo del arco, las dos con las manos en los bolsillos.
—I go back on the twentieth of December —dice.
—Lo sé.
—I don't want… —Busca la palabra, mira la niebla—. I don't want to make it a thing. A thing to lose.
La miro. Tiene la nariz roja del frío y la peca debajo del ojo y la capucha del abrigo puesta, con pelo de mentira alrededor, y está muy seria, y un poco triste, y muy segura.
—Vale —digo.
—Vale? —Lo repite con su acento, que convierte mi palabra en algo que suena a Ikea.
—Okay. Que sí. Que no hace falta que sea nada.
Ingrid asiente. Luego sonríe, por fin, con la boca torcida.
—I asked —dice—. That was the thing. For me. I asked, and you said yes. —Se encoge un poco dentro del abrigo—. It's enough.
Y me da un beso en la mejilla, uno solo, y se va hacia la niebla, y a los tres metros ya no se la ve.
Me quedo en el portal mucho rato. Esperaba sentir algo parecido a lo de Kasper, ese libro devuelto a la biblioteca.
Y no. Siento otra cosa, una tristeza pequeña, limpia, sin rabia, como cuando se acaba el verano y no ha pasado nada malo, pero se acaba.
Y siento, debajo, algo que me cuesta reconocer porque creo que no lo había sentido nunca: que algo se ha acabado bien.
Sin que nadie mienta, sin que nadie grite, sin que nadie se entere de nada que no deba.
Que dos personas han decidido lo mismo a la vez, en un portal, en cinco frases, y ya.
No le pongo nombre a lo que ha sido. Ella tampoco. No hace falta, y eso también es nuevo.
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El lunes quince llega la transferencia.
Doscientos euros.
Concepto: Nerea noviembre.
Esta vez no pone perdona. Pone el mes, como antes, como siempre, como si todo fuera normal.
Y eso es peor. Mucho peor. Porque el mes pasado me pidió perdón por trescientos, y este mes me manda doscientos y no me pide nada, y eso quiere decir que ya no le parece una excepción.
Que se ha acostumbrado. O que no le quedan fuerzas para pedir perdón.
No le llamo. Ya sé que no le llamo.
Llamo, en cambio, a la oficina de relaciones internacionales de Murcia, desde el pasillo del palacio de via Barberia, en la hora de descanso, para preguntar por la beca.
Me atiende una chica muy amable que me dice que los pagos del primer tramo se están haciendo, que ha habido un retraso con la resolución, que no me preocupe, que «seguramente en diciembre».
Seguramente en diciembre.
Hago la cuenta. Doscientos de mi padre. Casi nada de lo del verano, porque Lisboa costó ciento veinte y no cien, porque los viajes siempre cuestan más.
Cuatrocientos ochenta de Gennaro el uno de diciembre.
No sale. Por mucho que la hago, no sale.
Me faltan doscientos y pico, y me van a faltar todos los meses si mi padre sigue mandando doscientos, y la beca, cuando llegue, si llega, tampoco da para tanto.
Necesito trabajo.
Lo pienso con esas palabras, en la cocina, delante del termómetro de la farmacia de Bari, y me parece mentira que haya tardado un mes en pensarlo.
Llevo trabajando desde los diecisiete. En el camping, en la recepción, en el Salitre sirviendo copas a las cuatro de la mañana.
Sé trabajar. Es lo único que siempre he sabido hacer sin que nadie me enseñe.
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Lo que no sé es trabajar en italiano.
Me paso tres días recorriendo la ciudad con un currículum que he traducido con el móvil y que Chiara me ha corregido con un boli rojo y mucha risa.
Entro en bares, en cafeterías, en una heladería, en dos tiendas de ropa, en una librería, en un supermercado.
En todos pasa lo mismo. Me miran, cogen el papel, lo leen por encima, y me preguntan algo, siempre lo mismo.
—Parli italiano?
—Un po'.
Y me devuelven el papel. O no me lo devuelven, que es peor, porque lo dejan encima de un montón de papeles iguales.
En una cafetería de la plaza grande me dicen que sí, que me pueden probar, pero que la prueba es una semana y la prueba no se paga.
En un bar de via Zamboni me dicen que sí, pero que tengo que tener no sé qué número de autónoma.
En la heladería, una señora muy guapa me dice «magari a primavera», ojalá en primavera, con una pena tan sincera que me dan ganas de darle yo el trabajo a ella.
El jueves por la noche, en la cocina, con los pies destrozados, se lo cuento a Chiara.
Chiara me escucha hasta el final, con la cafetera en el fuego. Luego apaga el fuego. Luego se da la vuelta.
—Gianni necesita a alguien.
—¿Quién es Gianni?
—El tío de Matteo. —Sirve el café—. La trattoria. El chico que lavaba los platos se ha ido a Milán, con su primo. —Me mira—. El primo que te conté.
No me contó nada. O me lo contó en italiano, el jueves del bar, delante de mí, y no lo entendí. Me acuerdo de la voz de hombre gritando desde la puerta lateral. Matteo! La cucina!
—¿Lavar platos?
—Lavar platos. —Chiara se sienta—. Y luego lo que haga falta. Gianni paga poco, paga en mano y paga siempre. —Hace una pausa—. Y no hace preguntas.
No sé qué me quiere decir con eso último. Lo sé perfectamente.
No he vuelto al bar de los jueves. Lo digo para que conste.
Tres jueves desde aquel y no he vuelto, y no he pasado por via del Pratello, y cuando Chiara me ha preguntado si iba le he dicho que tenía que estudiar, y ella me ha mirado por encima de las gafas que no lleva y no ha dicho nada.
No sé por qué no he vuelto. Sí lo sé. Por Ingrid, primero.
Y luego, cuando lo de Ingrid se quedó en un portal, porque volver al bar sería volver a algo, y yo no he venido a Bolonia a volver a nada.
Pero ahora es trabajo. El trabajo es otra cosa.
—Vale —digo.
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La Trattoria da Ines está pegada al bar del farolillo rojo, pared con pared. Tiene la puerta de madera oscura, un escaparate pequeño con el cristal esmerilado a media altura y, pintado encima en letras de color granate que alguien retoca cada pocos años, el nombre: Trattoria da Ines — dal 1971.
Entro el viernes a las cinco de la tarde, antes del servicio.
Dentro hay diez mesas con manteles de cuadros blancos y rojos, un mostrador de madera con una caja registradora de las de antes, un olor a caldo y a mantequilla que me hace ruido en el estómago, y en la pared, encima de la caja,
una foto en blanco y negro de una mujer pequeña y ancha con un delantal, las manos llenas de harina, mirando a la cámara como si la cámara le estuviera quitando tiempo.
Detrás del mostrador hay un hombre enorme.
Enorme de todas las maneras: alto, ancho, con una barriga que el delantal no consigue abarcar, unas manos como dos hogazas y un bigote gris que le da cara de morsa amable. Está contando servilletas. Me mira entrar por encima de las gafas.
—Buonasera.
—Buonasera. Sono Nerea. Amica di Chiara. Per… —Se me acaba el italiano—. Per i piatti.
El hombre deja las servilletas. Me mira de arriba abajo, sin prisa, como se mira un melón en el mercado.
—Gianni —dice, señalándose el pecho con el pulgar. Y luego, en un italiano lento, que habla para mí, como a un niño o a un extranjero—: Hai mai lavorato?
—Sì. Bar. Camping. Molti anni.
—Quanti anni hai?
—Ventuno.
—Ventuno. —Lo repite, como apuntándolo, y me recuerda tanto a mi padre que se me encoge algo—. E lavi i piatti?
—Sì.
—Tanti piatti?
—Tantissimi.
Se ríe. Tiene una risa que le sale de la barriga y que hace temblar las servilletas.
Detrás de él, en la pared, hay una ventana rectangular abierta a la cocina, de esas por donde se pasan los platos, y por la ventana, entre el vapor, veo moverse a alguien con una camiseta negra y un delantal.
Se para. Mira hacia fuera. Es Matteo. Me ve, levanta la barbilla, un saludo pequeño, de cocinero ocupado, y sigue con lo suyo.
No sale. No viene a la barra. No dice nada.
Sigue cortando algo, con la cabeza agachada, y yo no sé si me alivia o me decepciona, y decido que me alivia.
—Sette euro all'ora —dice Gianni—. Il sabato. In contanti.
Siete euros la hora, los sábados, en efectivo.
—¿Y el contrato?
Gianni hace un gesto con la mano, un gesto amplio, como quien espanta una mosca que todavía no ha llegado.
—Poi vediamo.
Luego vemos.
Conozco ese luego vemos. Lo he oído en otro idioma, en otra barra, a las cuatro de la mañana.
En el Salitre, un hombre que se llamaba Fran y que sabía qué no mirar me dijo una vez que allí nadie firmaba nada por amor.
Aquí, por lo visto, no se firma nada ni por amor ni por nada, y todo el mundo lo sabe, y no pasa nada, y el que pregunta es el raro.
Lo pienso dos segundos. Pienso en Gennaro, en los doscientos, en «seguramente en diciembre».
—Va bene —digo.
Gianni asiente, como si ya lo supiera. Coge otra vez las servilletas.
—Vieni domani alle sei.
Mañana a las seis.
Salgo a la calle. La niebla ha bajado otra vez y el farolillo rojo del bar de al lado es una mancha borrosa, como una fresa en un vaso de leche.
Me quedo un momento en la acera, respirando el frío.
No le he dicho a mi padre que necesito dinero, y no se lo voy a decir, y acabo de aceptar un trabajo sin contrato en un país donde no hablo el idioma, en la cocina de un chico al que llevo un mes evitando, y lo único que siento es una cosa parecida al alivio,
porque por fin tengo algo que hacer con las manos.