Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 11
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A las cuatro y media de la mañana del sábado somos doce personas en la puerta de la estación de Bolonia esperando el autobús del aeropuerto, con mochilas pequeñas porque la grande se paga, y Nacho pasa lista.

Pasa lista de verdad. Con el móvil, leyendo los nombres en voz alta, en una plaza vacía, con el reloj de las diez y veinticinco encima de nosotros marcando la hora equivocada.

Los de Derecho contestan «¡presente!» como en el colegio.

Los dos alemanes no entienden el juego y levantan la mano.

Kasper dice «here» con su voz de lago. Ingrid, que ha llegado la última, corriendo, con el pelo mojado incluso a las cuatro y media de la mañana, dice «sì» sin aliento.

—¡Nerea Baresa! —grita Nacho.

—Aquí.

—¡La murciana está aquí! —Y me señala con los brazos abiertos, a mí, a la plaza, al mundo—. ¡Estamos todos!

Nadie le ha pedido que organice nada. Nadie le ha dado el cargo.

Pero Nacho tiene las tarjetas de embarque de todos en una carpeta del móvil, sabe a qué hora sale el autobús, sabe en qué puerta embarcamos y lleva en la mochila una bolsa de caramelos para los que se mareen en el avión.

Es insoportable. Y es la única razón de que doce personas vayamos a llegar a Lisboa.

Ingrid se pone a mi lado en la cola del autobús. No dice nada. Me da un caramelo de la bolsa de Nacho, que no sé en qué momento ha cogido, y se apoya en mi hombro y se duerme de pie.

•

Lisboa es de colores y está en cuesta.

Eso es lo primero. Todo sube o todo baja, no hay un metro plano en toda la ciudad, y las aceras son de piedras blancas y negras pequeñitas, dibujando olas, que con la humedad resbalan como si estuvieran enjabonadas.

Las casas están forradas de azulejos: azules, verdes, amarillos, con dibujos de flores que se repiten, y algunas se caen a trozos y nadie las arregla y siguen siendo bonitas.

Hay ropa tendida en todas las ventanas. Hay tranvías amarillos que suben las cuestas con un chirrido de dolor, llenos de turistas pegados al cristal.

Y hay agua.

La veo desde el primer mirador al que nos lleva Nacho, a las once de la mañana, después de dejar las mochilas en el albergue.

Una plaza pequeña con una parra, unos bancos de azulejo y una barandilla, y más allá de la barandilla los tejados rojos bajando en cascada hasta el río.

Y el río no es un río. Es enorme, ancho como un mar, gris azulado, con barcos, con un puente rojo a lo lejos que parece el de San Francisco, y al fondo, donde se abre, el océano.

Me agarro a la barandilla.

No me había dado cuenta de cuánto lo echaba de menos hasta que lo tengo delante.

Siete semanas sin ver agua abierta, que en mis veintiún años no me había pasado nunca.

En el pueblo el mar está al final de todas las calles.

En Murcia, aunque no se vea, está a cuarenta minutos, y lo sabes.

En Bolonia está a cien kilómetros y tapado.

Aquí está debajo, entero, brillando, y me entra por los ojos como un vaso de agua cuando llevas todo el día sin beber.

—You look at water like other people look at food —dice alguien a mi lado.

Es Kasper. Con las manos en los bolsillos de un abrigo demasiado fino, mirando el río con su cara de siempre.

—Es que soy de un sitio con mucha agua.

—Yes. I know. You said. The sea with a fence. —Lo piensa—. Ingrid told me.

No sabía que Ingrid le contara cosas mías a Kasper. No sabía que Kasper escuchara.

Se queda un momento callado, mirando el agua. Luego, sin girarse, en el mismo tono con el que me dijo que le gustaba dormir, dice:

—Ingrid likes you.

Lo miro.

—Not like a friend —añade, por si acaso. Y se va hacia el grupo, donde Nacho está repartiendo pasteles de nata de una caja de cartón como si fueran la comunión.

Me quedo en la barandilla un rato más. El río brilla. Un barco muy pequeño cruza hacia la otra orilla dejando una raya blanca. Y a mí me pasa una cosa que no sé ordenar, que es que no me sorprende lo que me ha dicho Kasper, y que me sorprende que no me sorprenda.

•

El albergue está en el barrio alto, en una calle tan empinada que en las aceras hay escalones, y la habitación de doce camas es un cuarto con seis literas de hierro pintadas de blanco, taquillas con candado y una ventana a un patio donde un vecino canta por las mañanas.

Huele a desodorante de doce personas distintas.

Me toca una cama de abajo, junto a la ventana.

Ingrid, la de al lado, también abajo. Kasper duerme encima de Ingrid, con los pies sobresaliendo de la cama, porque ninguna litera de ningún albergue del mundo está hecha para él.

El domingo por la noche Nacho nos lleva a escuchar fado.

Es un error y lo sabemos desde que entramos: un restaurante del barrio viejo con manteles de cuadros rojos, fotos de famosos en las paredes, una carta en nueve idiomas y un señor en la puerta invitando a pasar a los turistas.

Nos sientan a los doce en una mesa larga.

La cena cuesta el triple de lo que debería.

Y a las diez apagan las luces y sale una mujer de negro, con un chal, acompañada por dos guitarristas, y empieza a cantar.

Canta mal. Lo digo sin maldad, pero canta mal: pone mucha cara de sufrimiento y muy poca voz, y los guitarristas miran el reloj. Los de Derecho graban con el móvil. Nacho escucha con los ojos cerrados y una mano en el pecho, muy emocionado, porque Nacho se emociona con todo.

A la tercera canción, Ingrid me da un golpe con la rodilla por debajo de la mesa.

La miro. Tiene los labios apretados y los ojos brillantes y está a punto de reírse, se le nota en el cuello, en los hombros, en todo.

Y yo, que llevaba diez minutos aguantándome, la veo a ella aguantándose y ya no puedo más.

Se me escapa. Por la nariz, igual que a ella, un ruido horrible en el silencio del fado, y la señora del chal nos mira desde el escenario con un odio antiguo, portugués, de siglos.

Nos levantamos a la vez. Salimos a la calle, a la cuesta, a la noche, y nos reímos hasta que nos duele, apoyadas en una pared de azulejos azules, doblada ella, doblada yo, con las lágrimas saltadas, mientras dentro la mujer sigue cantando sus penas a los turistas.

Cuando se nos pasa, nos quedamos calladas, respirando. La calle está vacía. Un farol amarillo. La cuesta bajando hacia el río, que no se ve pero se nota, por el frío húmedo que sube.

Ingrid me mira. Yo la miro.

Y no pasa nada. Todavía no. Volvemos adentro a pagar la cuenta, que es un robo, y Nacho nos regaña con mucho cariño por maleducadas.

•

A las tres de la madrugada, uno de los de Derecho vomita en la cama de Ingrid.

No es su culpa. Es de Zaragoza, se llama Chus, lleva todo el fin de semana bebiendo como si el vino portugués tuviera fecha de caducidad y en algún momento de la noche se ha equivocado de litera.

La escena dura cinco minutos y la protagoniza una linterna de móvil, Nacho en calzoncillos dando instrucciones, Chus pidiendo perdón en tres idiomas y los dos alemanes durmiendo encima como si no pasara nada.

Kasper, en la litera de arriba, se asoma, mira el desastre, dice una palabra en danés y se da la vuelta hacia la pared.

Ingrid se queda de pie en medio del cuarto, en camiseta y bragas, con los brazos cruzados, mirando su cama.

Yo me echo hacia la pared.

No lo digo. No lo pregunto. Solo me pego a la pared y dejo un hueco, y levanto un poco la sábana, y la miro en la oscuridad. Ella me mira. Tarda. No mucho, pero tarda.

Y se mete.

La cama es de noventa, o menos, de las de albergue, y no cabemos.

No cabemos de ninguna manera en la que no nos toquemos entera, de los tobillos a los hombros.

Ella huele a la colonia de algún sitio del norte y un poco a vino y un poco al frío de la calle, y tiene los pies helados, y los mete entre los míos sin pedir permiso, y yo doy un respingo y ella se ríe sin ruido contra mi cuello.

En el cuarto se van apagando los ruidos. Chus deja de pedir perdón. Nacho vuelve a su litera. Alguien ronca.

Y en la oscuridad, muy bajito, en inglés, con la boca a dos centímetros de mi oreja, Ingrid dice:

—Do you remember? What I am afraid of.

—Sí.

—To want something and not ask. —Una pausa larga. Noto su respiración, que va más deprisa que sus palabras—. So I ask.

Me giro. En la oscuridad le veo la cara a trozos, lo que deja el reflejo de una farola en el patio: la curva de la mejilla, la peca debajo del ojo, la boca.

—Can I kiss you?

Nadie me lo había preguntado nunca.

Pienso eso antes que nada, antes que cualquier otra cosa, antes de pensar que es una chica, que estamos en una litera de un albergue de Lisboa con diez personas durmiendo alrededor, que en Murcia esto sería una historia que se contaría en algún pasillo.

Pienso que en veintiún años nadie me había preguntado.

Ni Bruno, en la noche de San Juan. Ni el otro, en su casa, a las dos de la mañana.

Nadie. Me besaban, o les besaba yo, y ya estaba, y la pregunta nunca había existido.

Y ahora existe, y está aquí, a dos centímetros, esperando.

—Yes —digo.

Y la beso yo.

•

Por la mañana, Chus nos invita a desayunar a todas las personas a las que ha arruinado la noche, que son todas, en una pastelería al lado del albergue, y pide pasteles de nata para doce con la cara verde.

Ingrid se sienta a mi lado. Me roba medio pastel de nata de la mano, como si fuera suyo, y se lo come mirando por la ventana, y me pasa su café porque el mío se ha enfriado. No me mira de ninguna manera especial. No me coge la mano. No hace nada distinto de lo que habría hecho el viernes.

Y yo tampoco.

Y no pasa nada. Eso es lo más raro de todo. Que no pasa nada. Que no hay un antes y un después, ni una conversación pendiente, ni una cara larga, ni un secreto. Que nadie lo convierte en un problema, ni ella ni yo, y que por lo visto se puede no convertir en un problema. No lo sabía.

Nacho se sienta enfrente con dos cafés. Nos mira a una y a otra. Nos mira un segundo más de lo normal, con esa cara de chico grande y ruidoso que yo creía que no se enteraba de nada.

Y no dice nada.

Se bebe su café, le da un golpe en la espalda a Chus, anuncia a gritos que el tranvía al castillo sale en veinte minutos, y no dice nada.

Ni en ese momento ni en todo el día. Ni en el avión de vuelta, donde se sienta a mi lado y se pasa dos horas hablándome del Real Zaragoza, del ascenso que va a llegar este año, seguro, que sí, que este año sí, y yo le escucho entera, las dos horas, por primera vez,

sin buscar una excusa para cambiarme de sitio.