Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 10
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El lunes la profesora de los pendientes de galleta escribe en la pizarra Di cosa hai paura? y nos pone por parejas.

—Una domanda, una risposta —dice—. Vera. Una respuesta verdadera. —Y lo repite en inglés, mirándonos a todos—: A true one. Not spiders.

Se ríe la clase. Yo también, un poco tarde, porque era justo lo que pensaba decir.

Me toca con Ingrid. No porque lo elijamos, sino porque la profesora empareja a los que están sentados juntos, e Ingrid, desde hace tres semanas, se sienta a mi lado todos los días sin preguntarlo, llegando la última, con el pelo mojado y algo que comer en la mochila.

Giramos las sillas. Quedamos de cara, con las rodillas casi tocándose, porque el aula es pequeña y las sillas son de esas con pala para escribir que no dejan sitio para nada.

—Tú primero —me dice en inglés.

—No. Tú.

Ingrid lo piensa. Se toca el labio de abajo con el boli, que es una cosa que hace cuando piensa y que yo ya he visto muchas veces, más de las que me gustaría admitir.

Mira por la ventana. Fuera llueve por primera vez desde que llegué, una lluvia fina que no se nota debajo de los soportales pero que moja los tejados y los pone oscuros, casi morados.

—Ho paura… —empieza, y se para a buscar las palabras en italiano, y las encuentra despacio, una a una, con su acento de caja limpia—. Ho paura di volere una cosa. E di non chiederla.

Tengo miedo de querer una cosa y de no pedirla.

Lo dice mirándome. No con intención. O sí, no lo sé. Lo dice con los ojos grises muy abiertos, sin sonreír, que en ella es raro, y luego baja la vista a la hoja y lo apunta, como si fuera un ejercicio de gramática, que es lo que es.

—Now you.

Se me ha secado la boca.

—Ho paura dei ragni —digo. Arañas.

Ingrid levanta la vista de la hoja.

—No —dice.

—Sí. Muchísimo. Son horribles.

—That's not true. —Lo dice sin enfadarse, con una seguridad tranquila, como quien corrige un verbo—. She said a true one.

Y me mira. Espera. No me presiona, no me insiste, solo espera, con el boli en el labio otra vez, y a nuestro alrededor la clase entera murmura sus miedos en un italiano malo: la oscuridad, los aviones, la muerte, los exámenes,

un alemán que dice que tiene miedo de su padre y se ríe muy fuerte para que parezca un chiste.

Y yo digo la verdad.

La digo en español. Deprisa, bajito, sin pensarlo, en un idioma que sé que Ingrid no entiende.

—De que me graben.

Ingrid inclina la cabeza.

—What?

La miro. Tiene una peca más grande que las demás justo debajo del ojo izquierdo, que no le había visto nunca, y tiene la boca un poco abierta por la pregunta, y me doy cuenta de que la estoy mirando a la boca. No a los ojos. A la boca. Y de que llevo haciéndolo un rato, y de que no sé desde cuándo.

—Ragni —digo.

Ingrid se queda un momento quieta. Luego se ríe, muy flojo, por la nariz, y lo apunta en su hoja: Nerea: ragni (not true).

•

No le pongo nombre.

Me paso la semana sin ponerle nombre, que es algo que se me da muy bien, casi tan bien como hacer cuentas.

Lo que pasa en clase cuando Ingrid se sienta a mi lado y me roza el codo con el codo es que me roza el codo.

Lo que pasa cuando se ríe con la mano demasiado tarde delante de la boca es que tiene una risa bonita, y eso lo diría cualquiera.

Lo que pasa cuando me pasa medio bocadillo envuelto en papel de aluminio, sin preguntar, es que es generosa.

Todo tiene una explicación que no es la otra.

Y sin embargo el miércoles me encuentro en la biblioteca de la facultad, que no es mi biblioteca, sentada en una mesa desde la que se ve la puerta, porque ella dijo el lunes que estudiaba ahí los miércoles.

Y cuando llega, con el jersey verde y el pelo mojado, finjo que no la he visto hasta que se sienta enfrente.

No estudiamos nada. Nos pasamos dos horas pasándonos notas en inglés, como en clase, en una esquina de su cuaderno, hasta que el bibliotecario, un señor con chaleco de punto, viene a decirnos algo en italiano que por la cara no necesita traducción.

En la calle, al salir, está oscuro y ha dejado de llover. Ingrid se pone la capucha y se para debajo de un arco.

—Do you come to Lisbon?

—¿Lisboa?

—Nacho. —Pone los ojos en blanco con cariño—. He organizes a trip. The long weekend, the first of November. Very cheap. Kasper comes. I come.

Y se va, sin esperar respuesta, que es una manera de preguntar que empiezo a reconocerle.

•

Lo del viaje está en el grupo. Claro que está en el grupo. Lleva cuatro días en el grupo, en Españoles en Bolo 🇪🇸, que sigue silenciado desde hace un mes y que tiene trescientos doce mensajes sin leer. Lo abro esa noche en la cama por primera vez desde el día que me metieron.

Nacho lo ha organizado todo. Todo es mucho decir: un vuelo de ida el sábado a las seis y diez de la mañana, uno de vuelta el lunes por la noche, un albergue en un barrio que se llama algo con una ele y una a y una erre, en una habitación de doce camas, «pero con desayuno, chavales!!!»

. Treinta y ocho euros de avión, con mochila pequeña.

Catorce euros la noche. Van once. Hay una lista numerada donde la gente se apunta escribiendo su nombre, y en la lista están Nacho, sus amigos de Derecho, una chica de Salamanca que no conozco, dos alemanes de la clase de italiano, Kasper con una ka mayúscula al lado de un emoji de avión, e Ingrid.

Ingrid la novena. Con un sol.

Hago la cuenta. La hago antes de pensar nada más, porque es lo que hago.

Treinta y ocho del avión. Veintiocho del albergue.

Comida tres días. El tren al aeropuerto de ida y de vuelta.

Lo que se gasta sin querer en un viaje, que siempre es el doble de lo que pensabas.

Cien euros como poco. Cien euros de un mes que mi padre me ha pedido perdón por pagar, en un mes en que la beca sigue sin llegar, con Gennaro esperando el día uno al otro lado de la puerta.

No puedo ir. La cuenta es clara. La cuenta no deja nada abierto.

Me quedo mirando la lista un rato largo. Ingrid, novena, con su sol.

Y escribo mi nombre el duodécimo.

Lo escribo sin emoji, porque no se me ocurre cuál, y lo mando antes de poder arrepentirme, y el grupo entero se enciende.

Nacho responde a los cuatro segundos, con mayúsculas y signos de exclamación y un gif de un señor bailando en una boda, y debajo de Nacho, uno detrás de otro, once desconocidos me dan la bienvenida a algo a lo que me he negado un mes entero.

«LA MURCIANAAAAA!!!»

No le contesto. Pero tampoco vuelvo a silenciar el grupo.

Dejo el móvil en la mesilla bocabajo. Arriba, en el quinto, Kasper no hace ruido.

En la calle alguien canta, desafinando, algo que me parece que es de Lucio Dalla, aunque a lo mejor es que desde el jueves todo lo que se canta en esta ciudad me suena a Lucio Dalla.

Y en la nota del móvil, debajo de la línea de los dieciocho créditos y de la cuenta del mes, que me sale muy justa, escribo una tercera línea, «Lisboa: -100», y la miro, y la dejo ahí, en negativo, como una cosa que he decidido yo,

y me duermo pensando en arañas que no me dan miedo y en una peca debajo de un ojo gris que no le había visto nunca a nadie.