Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 9
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El jueves Chiara me dice que me vista, que nos vamos a escuchar música, y cuando le pregunto qué música me contesta que la de los jueves, como si eso fuera un género.

Via del Pratello está al oeste del centro, a quince minutos andando, y es una calle que no se parece a via Zamboni.

Aquí no hay estudiantes sentados en el suelo ni carteles de asambleas.

Hay casas bajas, pintadas de colores gastados, con los soportales más cortos y más torcidos, y una detrás de otra, puerta con puerta, tabernas.

Tabernas de verdad, de las de mesas de madera y fotos de fútbol y señores de sesenta años que están ahí desde que abrieron.

Huele a ragú, a vino, a fritura, a humo de alguien que fuma en la puerta aunque no se pueda.

Suena gente hablando alto en todas las puertas.

—Aquí es donde vienen los de Bolonia cuando quieren que no haya turistas —me dice Chiara—. Y cuando quieren que no haya estudiantes.

—Nosotras somos estudiantes.

—Nosotras somos otra cosa. —Me coge del brazo—. Nosotras venimos los jueves.

El bar está hacia la mitad de la calle. No tiene nombre en la puerta, o si lo tiene no lo veo: solo un farolillo rojo encima del dintel y un cristal empañado.

Dentro es pequeño, alargado, con una barra a la izquierda, seis o siete mesas altas y al fondo una tarima diminuta, a un palmo del suelo, con un taburete, un micrófono y un amplificador viejo con una pegatina del Bolonia fútbol club.

Hay unas treinta personas. Nadie tiene veinte años.

La mayoría tiene treinta, o cuarenta, o sesenta, y hay una señora con un perro pequeño en brazos que parece que viene todas las semanas, porque el camarero le pone una copa de vino tinto sin que la pida.

Chiara saluda a cuatro personas antes de llegar a la barra. Pide dos copas de vino tinto de la casa sin preguntarme y nos quedamos de pie junto a la pared, porque las mesas están todas cogidas.

—¿Quién toca?

—Un amigo. —Y luego, corrigiéndose, porque con Chiara nada es tan sencillo—: El hijo de una amiga de una prima de mi madre. Da igual. Un amigo.

—¿Y qué toca?

—Dalla. —Me mira como si fuera evidente—. Lucio Dalla. Era de aquí. Aquí todo el mundo canta Dalla el jueves.

No sé quién es Lucio Dalla. No lo digo.

•

A las diez y media se abre una puerta lateral que no había visto, una que no da a la calle sino a algún sitio de dentro, a un pasillo, y sale un chico secándose las manos en un trapo.

Lleva un delantal. Eso es lo primero que veo: un delantal blanco atado a la cintura, con manchas de algo rojo y algo marrón, encima de unos vaqueros, y una camiseta negra con las mangas subidas.

Tira el trapo encima de la barra, el camarero se lo coge al vuelo sin mirar, como quien lleva años haciendo lo mismo, y el chico se desata el delantal, lo dobla en cuatro y lo deja en el taburete.

Luego lo piensa mejor, lo quita del taburete, lo deja en el suelo, junto al amplificador, y se sienta.

No es muy alto. Moreno, con el pelo rizado y corto, una barba de dos o tres días y los antebrazos llenos de marcas: pequeñas quemaduras, una cicatriz blanca y larga cerca del codo, un corte reciente con una tirita.

Coge una guitarra que estaba apoyada en la pared.

La afina sin prisa, inclinando la cabeza hacia las cuerdas como si le estuvieran contando algo.

—Buonasera —dice al micrófono, sin levantar la vista—. Tengo veinte minutos. Luego tengo que cerrar la cocina.

Se ríen todos. La señora del perro levanta la copa.

Y toca.

No sé describir lo que toca porque no entiendo las canciones.

Entiendo palabras sueltas, amore, notte, mare, que en italiano es casi igual, y el resto es una lengua que suena a otra cosa cuando se canta.

Pero la gente sí las entiende. La gente se las sabe.

En la tercera, que se llama algo de una plaza grande, el bar entero canta el estribillo en voz baja, sin que nadie lo pida, treinta personas cantando bajito con las copas en la mano, y la señora del perro cierra los ojos.

Él canta sin cerrar los ojos. Mira al bar. Mira a la gente, uno a uno, sin ninguna intención, como mira un cocinero las mesas desde la puerta de la cocina para ver si les ha gustado.

Y en algún momento, en la cuarta o la quinta canción, me mira a mí.

No es una mirada larga. No es una mirada de nada.

Es la misma que le ha echado a la señora del perro y al camarero y a Chiara, y luego la aparta, y sigue cantando.

Pero me pasa una cosa pequeña: que llevo veinte minutos sin mirar quién me mira.

Veinte minutos con los ojos en un chico con los antebrazos quemados que canta en un idioma que no entiendo, y sin contar ni una cabeza.

•

A los veinte minutos exactos se levanta. Dice «grazie» al micrófono, deja la guitarra, recoge el delantal del suelo y viene hacia la barra, porque para llegar a la puerta lateral tiene que pasar por delante de nosotras.

—Chiara.

—Matteo.

Se dan dos besos. Hablan un momento en italiano, deprisa, algo sobre la madre de alguien y sobre una boda y sobre un primo que se ha ido a Milán, y yo me quedo al lado con la copa, sonriendo como sonríe la gente que no entiende nada. Hasta que Chiara me señala con la cabeza.

—Nerea. Spagnola. Vive conmigo.

—Piacere. —Me da la mano, no dos besos. La tiene caliente y áspera, de agua y de cocina—. Matteo.

—Piacere.

—¿Spagnola de dónde?

—De Murcia. —Y como veo que no le suena—: Sur. Cerca del mar.

—Ah. —Se le ilumina algo en la cara—. Mare. —Y en español, con un acento tremendo, muy despacio—: Paella.

—Eso es Valencia.

—¿No es lo mismo?

—No, no es lo mismo.

Se ríe. Se ríe con un lado de la boca más que con el otro.

Y no sé cómo, porque la conversación va y viene entre tres idiomas y la mitad de lo que decimos lo decimos con las manos, en cinco minutos estamos discutiendo de comida.

Me pregunta qué he comido en Bolonia. Le digo que mortadela, y un queso blanco, y pizza de patata, y un bocadillo de estómago en Florencia.

Asiente con aprobación a todo menos a la pizza.

Y luego me pregunta, porque él es cocinero y es de aquí y se nota que es su tema, si he probado ya el ragú.

—En España lo comemos mucho —digo—. Espaguetis a la boloñesa.

Matteo se lleva una mano al pecho como si le hubiera disparado.

Chiara se tapa los ojos.

—No —dice él. Y luego una frase larga en italiano que no entiendo pero que por el tono podría ser la declaración de una guerra—. No, no, no. Spaghetti alla bolognese no existen. No existen. Nadie en Bolonia ha comido nunca spaghetti alla bolognese. Es un invento. Es una mentira internacional.

—Es tomate con carne picada.

—¡No es tomate! —Levanta las manos al cielo—. Es carne. Carne, verdura, un poco de vino, un poquito de tomate, pochissimo. Y leche. Y cinco horas. Y tagliatelle, mai spaghetti, nunca.

—¿Leche?

—Leche.

—Eso es asqueroso.

Me mira muy serio. Me mira como si acabara de ver a alguien meter un gato en una lavadora.

—Tú —dice, señalándome con el dedo, en español, buscando cada palabra—, no has comido nunca ragú.

—Sí he comido.

—No. Has comido tomate con carne. Es otra cosa.

Y yo, que llevo cinco semanas sin discutir con nadie porque no hablo el idioma de nadie, que llevo cinco semanas diciendo «sí» y «grazie» y sonriendo a todo, me descubro discutiendo con un cocinero desconocido en un bar de via del Pratello sobre si el tomate es o no importante,

con las mejillas calientes, con la copa en alto, en un italiano horrible mezclado con inglés y con murciano, y riéndome, y ganando algún punto, creo, y perdiendo casi todos.

Chiara nos mira a los dos con la copa en los labios y una cara que no sé leer.

A los diez minutos alguien le grita a Matteo desde la puerta lateral, una voz de hombre mayor, grave: Matteo! La cucina!

—Mio zio —dice él, poniendo los ojos en blanco—. Me mata.

Se ata el delantal otra vez. Lo hace deprisa, sin mirar, con un nudo que se nota que ha hecho diez mil veces.

—La trattoria está al lado —me dice—. La puerta de al lado. Da Ines. —Señala la pared, como si pudiera verse a través—. Si un día quieres saber qué es el ragú, ya sabes dónde está.

Y se va.

No me pide el número. No me pregunta cuándo voy a ir.

No me dice «ven mañana», ni «te invito», ni «¿te veo el jueves?»

. Dice dónde está y se va, secándose otra vez las manos en el delantal, que ya se ha secado dos veces, y desaparece por la puerta lateral, y la puerta se cierra con un golpe de muelle.

Me quedo mirando la puerta.

•

Volvemos a casa andando, por los soportales, a la una y pico. Hace frío de verdad por primera vez, un frío seco que se mete por las mangas. Chiara va callada, que en Chiara es una cosa tan rara que me pone nerviosa.

—¿Qué?

—Niente.

—Chiara.

—Niente. —Anda un poco más. Luego, sin mirarme—: Matteo no pide números.

—Ya lo he visto.

—No. Digo que no pide números nunca. A nadie. —Se para debajo de un arco y me mira con esa cara suya de estar leyendo un libro que ya se ha leído—. Es el único hombre de Bolonia que no pide números. Dice lo que hay y se va. Si vas, vas. Si no vas, no pasa nada. —Vuelve a andar—. Es muy molesto.

—¿Por qué es molesto?

Chiara no contesta. Se ríe sola, bajito, con las manos en los bolsillos del abrigo, y no me contesta en todo el camino, y cuando llegamos al portal y veo la cinta de carrocero, BELLANDI / BARESSA, me doy cuenta de que llevo quince minutos pensando en el tomate,

y de que no es el tomate lo que me tiene pensando, y de que eso tampoco se lo pienso contar.