Lejos del agua (La chica del Mar Menor 3) 8
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El martes me cruzo con Kasper en la escalera, en el mismo escalón que la primera vez, y esta vez me aparto yo.

No nos hemos visto desde el jueves. Bueno, sí: en clase, él delante y yo detrás, mirándole la nuca durante dos horas a la semana.

Pero no nos hemos visto. Yo no he subido.

Él no ha bajado. Y en un edificio de cinco pisos, con una sola escalera, eso requiere un esfuerzo por las dos partes que ninguno de los dos ha reconocido.

Él sube con la bolsa del súper de siempre, una en cada mano. Yo bajo con la mochila. Nos paramos.

—Hola —dice.

—Hola.

La última vez que dejé a alguien fue por mensaje.

Un chico que pinchaba en un sótano de las Cuatro Esquinas, en Murcia, que era bueno y divertido y al que le escribí cuatro líneas una noche de diciembre, desde la cama, mientras tenía la cabeza en otra persona.

Me acuerdo de que tardé diez minutos en escribirlas y nada en mandarlas, y de que me sentí aliviada, y de que el alivio me duró hasta que vi el doble check azul.

No quiero hacerlo así otra vez. No porque Kasper se lo merezca más. Porque yo quiero ser otra.

—Kasper. Lo del otro día no fue por ti.

Él asiente despacio.

—Pero no voy a subir más.

Asiente otra vez.

—Y gracias por no preguntar.

Tres frases. Las he ensayado en la ducha, en la cama y en el camino a la facultad, y me salen más o menos como las había pensado, que es algo que no me pasa casi nunca.

Kasper se queda un momento quieto en el escalón con sus dos bolsas. Lo veo pensar, con esa lentitud suya, como si las palabras le llegaran de muy lejos y tuviera que ir a recogerlas.

—Okay —dice.

Y luego, cuando ya he empezado a bajar, cuando ya creo que no va a decir nada más:

—La luz era bonita.

Me giro. Él me mira desde arriba, muy serio, con la cara de siempre, sin ninguna intención en ella, ni pena ni reproche, y por un instante me parece que no está hablando de la luz. Luego sube, agachando la cabeza en el rellano del tercero para no darse con la lámpara.

En la calle me quedo un rato debajo del soportal, sin ir a ningún sitio.

No siento nada. Eso es lo que me sorprende.

He dejado a alguien en persona por primera vez en mi vida, cara a cara, sin mensajes, sin excusas, y lo que siento no es pena ni alivio ni culpa.

Es una cosa parecida a haber devuelto un libro a la biblioteca: está bien, ya está, y el libro estaba bien escrito, y no me acuerdo de nada de lo que pasaba dentro.

Tres semanas con Kasper. Siete noches, si las cuento, y las cuento.

Y de las siete no me acuerdo de ningún momento en que lo deseara a él.

Me acuerdo de desear la escalera, subirla, llamar a la puerta.

Me acuerdo de desear decidir. Pero a él, a su cuerpo de estatua y a sus pestañas blancas, no. Ni una vez.

Pensaba que el problema del año pasado había sido desear demasiado. Resulta que no desear nada también aburre. Aburre muchísimo. Y lo he descubierto a mil ochocientos kilómetros de casa, en tres semanas, con un danés.

•

El viernes quince encienden la calefacción.

O eso dice la ley. Chiara me lo explica con el mismo desprecio con el que me lo explicó el primer día: que en esta parte de Italia la calefacción de los edificios no se puede encender hasta el quince de octubre, ni un día antes, aunque nieve, y que se apaga en abril, aunque nieve también.

Llevamos una semana durmiendo con dos mantas y con los calcetines puestos.

El termómetro de la cocina, que es un termómetro de publicidad de una farmacia de Bari, marca dieciséis grados por la mañana.

A las ocho de la mañana del quince, los radiadores hacen un ruido.

Un golpe metálico, fuerte, como si alguien diera con un martillo dentro de las paredes, y luego un gorgoteo largo, de tripa.

Chiara sale de su cuarto en bata y con los guantes sin dedos que se pone para estudiar, y nos quedamos las dos delante del radiador del pasillo, con las manos extendidas, como dos personas delante de una hoguera.

El radiador se pone tibio. Tibio es mucho decir.

A las diez sigue tibio. A las doce, tibio. Chiara le da una patada y dice una de las palabrotas que me enseñó en el tren, y el radiador no se da por aludido.

—Cinco metri —dice, señalando el techo—. Cinco metros de techo. El calor sube. Se queda allí. —Señala las vigas, lejísimos—. Allí arriba hace muy buen tiempo.

Al mediodía me miro la cuenta del banco en el móvil, por costumbre, porque el quince es el día.

Y ha llegado.

Me llega un mensaje del banco, una notificación, y lo abro esperando lo de siempre, los quinientos, el concepto con el mes. Y el concepto es distinto.

Transferencia recibida: 300,00 €. Concepto: perdona hija mes flojo.

Lo leo tres veces.

Trescientos. Y el concepto más largo que me ha escrito mi padre en su vida, sin comas, sin tildes, escrito deprisa, con el dedo, en la recepción, con alguien esperando al otro lado del mostrador.

Perdona hija mes flojo.

Me siento en la cama.

No es una tragedia. Me lo digo enseguida, antes de que la cabeza empiece a hacer lo que hace.

No es una tragedia. Hay meses flojos. En el camping hay meses flojos desde que tengo memoria: octubre siempre ha sido de los peores, cuando se van los de agosto y todavía no han llegado los de invierno, y la caja de la recepción se queda tan vacía que da eco.

Mi padre ha pasado meses peores. Yo he pasado meses peores con él, contando monedas encima de la mesa de la cocina.

Pero nunca me había escrito perdona.

Hago la cuenta. La hago en las notas del móvil, debajo de la línea de los dieciocho créditos, que sigue ahí sola desde el primer día.

Trescientos de mi padre. Lo que queda de lo del verano.

La beca, que sigue llegando «a lo largo de octubre».

Menos cuatrocientos ochenta de Gennaro el uno de noviembre.

Menos la comida, que aquí cuesta lo que cuesta.

Menos el abono de autobús, que no me he sacado y no me voy a sacar.

Me sale justo. Me sale muy justo. Me sale que no me puedo permitir que el mes que viene vuelva a ser flojo.

Y ahí está lo que haría cualquiera. Llamar. Coger el teléfono, marcar el número de la recepción, esperar a que conteste con su «Camping Las Salinas, dígame» y decirle «papá, ¿qué pasa?». Preguntar si va todo bien. Preguntar cuánto de flojo. Preguntar si necesita algo.

No lo hago.

No lo hago por lo mismo por lo que no lo he hecho nunca.

Porque si pregunto, él me va a decir que todo bien, que no me preocupe, que eso es suyo, y yo le voy a creer porque quiero creerle, y lo único que habré conseguido es que se sienta peor por haber escrito perdona.

Porque mi padre y yo no nos preguntamos las cosas.

Nos las dejamos escritas en el concepto de una transferencia y cada uno las lee solo.

Abro WhatsApp. Escribo: «Me ha llegado. Gracias papá». Borro el gracias, porque siempre me dice que eso es mío. Escribo «Me ha llegado». Lo mando. Él lo ve a los dos minutos. No contesta.

•

El domingo a las nueve y cinco suena el teléfono.

—Hola, papá.

—¿Qué tal?

—Bien.

Hablamos veinte minutos. Me cuenta que ha llovido, que se ha caído una rama del eucalipto de la entrada, que los holandeses del nueve le han traído queso de su pueblo.

No me cuenta nada del mes. Yo no le pregunto.

Le cuento que en Bolonia ya hace frío y que han encendido la calefacción por ley, y se ríe mucho con eso, más de lo que merece, con una risa un poco demasiado larga.

—Aquí la calefacción la encendemos cuando hace frío —dice.

—Aquí no te dejan.

—Pues vaya país.

—Pues vaya.

Oigo la depuradora de fondo, el zumbido bajo, igual que hace un mes. Me tranquiliza tanto oírla que me da vergüenza. Como si el ruido de una máquina pudiera decirme algo que mi padre no me dice.

Cuando cuelga, me pongo el segundo jersey y me meto en la cama con los calcetines, y me quedo un rato mirando el radiador tibio de la pared, y pienso que el calor de esta casa se va todo hacia arriba, a las vigas, a cinco metros, donde no hay nadie para aprovecharlo, y que abajo, donde vivimos,

hay que arreglarse con lo que llega.