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El tren regional a Florencia sale a las siete y cuarenta y dos, cuesta nueve euros con ochenta y tarda una hora y media, y Chiara se duerme antes de que salgamos de la estación.
Se duerme sentada, con la cabeza contra la ventanilla y la boca un poco abierta, y yo me paso el viaje mirando cómo Bolonia se acaba de golpe, sin afueras, y empiezan unas colinas verdes y marrones que se van haciendo montes.
Túneles. Muchos túneles, uno detrás de otro, y en cada uno se me taponan los oídos y veo mi cara en el cristal, y entre túnel y túnel, un pueblo de piedra colgado de algún sitio, una iglesia, un campo de algo que no sé qué es. Me he traído un libro y no lo abro.
En Murcia, en un año entero, solo salí de la ciudad para ir al pueblo. Aquí llevo tres semanas y ya me voy a otra.
—Firenze —dice Chiara sin abrir los ojos, a los noventa minutos exactos, como si llevara un reloj dentro.
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La cola de los Uffizi da la vuelta al edificio.
La miramos las dos desde la esquina de la plaza, con los brazos cruzados, con la misma cara. Cuatrocientas personas, calculo, con gorras y abanicos y botellas de agua, esperando al sol para ver unos cuadros que están dentro desde hace quinientos años y que van a seguir ahí mañana.
—No —dice Chiara.
—No —digo yo.
Y nos vamos.
Chiara tiene una teoría sobre Florencia, que me cuenta mientras cruzamos el Ponte Vecchio entre una marea de turistas que se paran a hacerse fotos delante de las joyerías: que Florencia es un museo con gente viviendo dentro por error, y que lo bonito no está en los museos,
que eso lo tiene todo el mundo, sino en las escaleras.
—¿En las escaleras?
—Las escalinatas. —Hace un gesto amplio—. Delante de las iglesias. La gente se sienta, come, habla, mira. El arte está dentro. La vida está en las escaleras.
Y es verdad. Nos pasamos el día yendo de escalinata en escalinata.
La de una iglesia enorme, blanca y verde, con cuatrocientos estudiantes sentados comiendo bocadillos.
La de otra más pequeña, en una plaza con un mercado de cuero que huele a cuero y a sudor.
Chiara me compra un bocadillo en un puesto ambulante, un pan redondo mojado en caldo y relleno de algo oscuro y blando, y no me dice qué es hasta que me he comido la mitad.
—Estómago —dice—. De vaca. El cuarto estómago.
Me lo termino. Está buenísimo, y eso me hace sentir una cosa rara, como una pequeña traición a la persona que era yo hace un mes y que no se habría comido esto ni muerta.
El río pasa por el medio de la ciudad. Ancho, lento, de color verde tirando a marrón, con unos muros altos de piedra a los dos lados y los puentes cruzándolo cada tanto. Me paro en la barandilla a mirarlo tanto rato que Chiara se sienta en el bordillo a esperarme.
—Te gusta el agua —dice. No pregunta.
—Soy de un sitio con mucha.
—¿Mar?
—Un mar pequeño. Dentro de otro mar. —Intento explicárselo con las manos, la lengua de tierra, la laguna, el Mediterráneo al otro lado—. Es como… un mar con una valla.
Chiara lo piensa.
—Un mare chiuso —dice.
—Más o menos.
—¿Y está bonito?
No sé qué contestar. Pienso en el agua turbia de hace dos veranos, en los peces muertos en la orilla que salían en las noticias, en el olor de agosto. Pienso en la foto de Hugo, en el disco blanco y negro bajando a tres metros y medio.
—Se está poniendo bonito —digo—. Poco a poco.
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A las siete de la tarde subimos a un mirador al otro lado del río, en una colina, subiendo una escalera larguísima de piedra entre cipreses.
Arriba hay una plaza enorme, llena de gente, y desde la plaza se ve Florencia entera, con la cúpula roja en el medio, y el río, y los puentes, y el sol bajando detrás de todo, poniéndolo naranja.
Nos sentamos en la escalinata. La última del día.
Chiara saca de la mochila una botella de vino que ha comprado en algún momento sin que yo la viera y dos vasos de plástico.
Sirve. Brindamos sin decir por qué. Nos quedamos un rato calladas viendo cómo la ciudad cambia de color, y a mí me pasa lo que me pasa a veces con las cosas muy bonitas, que me da un poco de pena, como si ya las estuviera echando de menos.
Y Chiara, sin mirarme, con los ojos en la cúpula, dice:
—¿De qué huyes?
No lo pregunta con dramatismo. Lo pregunta como preguntaría la hora. Pero lo pregunta.
Me quedo con el vaso en la mano.
Podría decir «de nada». Podría decir otra vez «por la comida». Podría hacer lo que he hecho las últimas tres semanas, que es sonreír y cambiar de tema, y Chiara, lo sé, me dejaría, porque Chiara tiene una manera de preguntar que deja la puerta abierta hacia fuera.
Pero el sol está bajando y el vino está bueno y llevo seis meses sin contárselo a nadie que no lo supiera ya.
—De una historia —digo—. Con alguien mayor que yo.
Chiara no dice nada. Espera.
—Era profesor. —Bebo—. No mío. Bueno, sí, mío. Asociado. Solo tenía veintisiete años. —Me oigo justificarlo y me callo un momento—. Fue un secreto. Todo el curso. Y me alejé de todo el mundo por él, de mis amigas, de las clases, de todo. Y al final salió mal. Salió muy mal. Y se enteró mucha gente.
No digo cómo se enteró. No digo la palabra vídeo.
No digo que me grabó sin que yo lo supiera, ni que lo vieron cientos de personas, ni que denuncié, ni que él se fue de la universidad sin que le pasara nada.
Le cuento una historia que es verdad pero que tiene los bordes recortados, como una foto que has cortado con tijeras para que no salga alguien.
—Y aquí nadie lo sabe —termino—. Y quiero que siga así.
Chiara asiente despacio. Da un trago. Mira la cúpula.
—Va bene —dice.
Solo eso. Va bene. No pregunta nada más. No me dice que no fue culpa mía, que es lo que me dijo todo el mundo en mayo y que siempre me ha hecho sentir peor, como si hubiera que aclararlo. No me da un abrazo. Me rellena el vaso.
Y luego, al cabo de un rato:
—Yo me fui de Bari por mi madre.
—¿Qué le pasa a tu madre?
—Nada. —Se ríe—. Ese es el problema. Mi madre es perfecta.
Abogada, perfecta, con una casa perfecta y un plan perfecto para mí desde que tenía cuatro años.
—Hace un gesto de ahogarse con la mano en el cuello—.
Me vine a estudiar Letras a Bolonia para que no pudiera venir a verme cada domingo. Está a siete horas en tren.
—¿Y viene?
—Cada dos domingos.
Nos reímos tanto que una pareja de japoneses se gira a mirarnos, y el sol se esconde del todo detrás de las colinas, y la ciudad se queda azul de repente, y Chiara levanta el vaso de plástico hacia la cúpula y dice algo en italiano que no entiendo y que no le pido que me traduzca.
En el tren de vuelta no se duerme. Me va enseñando palabras. Palabrotas, sobre todo, de Bari y de Bolonia, con sus diferencias, y las repito con mi acento de mar enfadado y ella se tapa la cara, y la señora del asiento de enfrente, que tendrá setenta años, se ríe también detrás de su revista.
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El domingo me llama Román.
Me llama los domingos por la tarde desde que me fui, con la regularidad de mi padre pero a otra hora, como si se hubieran repartido el día.
Hablamos una hora. Me cuenta la facultad, que ha empezado segundo y que el nuevo de Lenguaje Audiovisual es un señor de sesenta años que pone películas en blanco y negro y se duerme en las proyecciones.
Me cuenta que Jimena ha empezado las prácticas en el hospital y que llega a casa con los ojos como platos.
Me cuenta que Vera subió de Alicante el fin de semana pasado, que cenaron los tres en el bar de siempre y que Vera preguntó por mí dos veces.
No me cuenta nada de lo otro. No dice si en la facultad se sigue hablando de mí. Tampoco se lo pregunto.
—¿Y tú? —me dice—. ¿Mucha fiesta?
—Alguna.
—¿Alguna o muchas?
—Muchas. —Me río—. Es Bolonia, Román. Hay una plaza donde se juntan dos mil personas cada noche.
—Qué asco das.
—Ya.
Y luego, con una pausa pequeñísima, de las que solo se notan si conoces a alguien:
—¿Y ligas?
Me acuerdo del cuarto de Kasper, de los tejados de color miel, del móvil rebotando contra las baldosas.
—Un danés.
—Un danés —repite él—. ¿Rubio?
—Rubísimo.
—¿Y qué tal?
Pienso en qué contestar. Pienso en la ducha fría y en el «okay» y en que desde el jueves no he vuelto a subir, y en que él tampoco ha bajado.
—Como una postal —digo.
Román se ríe, y es su risa de siempre, la de la cuarta fila de Espinardo, la que se escapaba por la nariz, y me da tanta morriña oírla que tengo que apartar un momento el teléfono de la cara.
Luego hablamos de fiestas. De la de su piso nuevo, de la de la plaza Verdi, de un concierto al que quiere ir en noviembre.
Hablamos una hora de fiestas y de nada, y cuando colgamos me doy cuenta de que es la conversación más fácil que he tenido en tres semanas, y que lo es precisamente porque no hemos hablado de nada que importe.