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Vuelvo a subir el martes. Y el miércoles.
No porque me muera de ganas. Subo porque puedo, porque está ahí, un piso más arriba, a veinte escalones, y porque cada vez que llamo a su puerta a las once de la noche y él abre y dice «hola» con esa cara de lago, sigo sintiendo lo mismo que el viernes: que esto lo he decidido yo.
Que no me ha elegido nadie, que no me ha convencido nadie, que no le debo nada a nadie.
Es una sensación que no había tenido nunca y que me tiene un poco borracha, y a Kasper le da igual por qué subo mientras suba.
Con él no se habla mucho. Tampoco hace falta.
Me cuenta cosas de Dinamarca con frases cortas, y yo le cuento cosas de Murcia con frases largas, y ninguno de los dos pregunta demasiado.
Nunca me ha preguntado por qué me fui de España.
Nunca me ha preguntado nada que no se pueda contestar con una palabra. Al principio me parece un descanso.
El jueves por la mañana me despierto en su cama a las siete y veinte con una luz que no había visto nunca.
Entra por la ventana del patio, de lado, muy baja, y lo pone todo de color miel: las paredes, las sábanas, los tejados de enfrente, que desde el quinto se ven enteros, uno detrás de otro, rojos y naranjas y marrones,
con las chimeneas y las antenas y un gato sentado en una cornisa como si fuera suyo.
Es la luz de octubre en Bolonia, eso lo aprenderé, y dura media hora como mucho, y luego el día la gasta.
Estoy tumbada bocabajo, con la cara hacia la pared y la espalda al aire, medio dormida, medio no.
Y oigo el clic.
No es un clic de verdad. Los móviles ya no hacen clic. Pero hay un ruido, un roce de sábana, un movimiento de brazo detrás de mí, y hay una cosa en el aire que he aprendido a notar sin mirar, igual que se nota que alguien te está mirando la nuca en el autobús. Me giro.
Kasper está sentado en la cama con el móvil levantado, apuntando a la ventana. A la ventana, a los tejados, a la luz. Y en el encuadre, en la parte de abajo, entra la cama. Y en la cama, mi espalda.
No lo decido. No me da tiempo a decidir nada.
Me tiro a por el teléfono.
Me tiro con todo el cuerpo, por encima de él, y se lo arranco de la mano con tanta fuerza que se le escapa un ruido de sorpresa, un «ah» de niño, y el móvil sale volando y rebota contra el suelo de baldosas y se queda bocabajo junto a la pata de la mesilla.
Me bajo de la cama a por él. Le doy la vuelta.
La pantalla está entera. Tengo las manos temblando tanto que me cuesta tres intentos meter el pulgar donde hay que meterlo para desbloquearlo, y no puedo, claro que no puedo, no es mi móvil, no sé el código.
—Ábrelo.
—Nerea…
—Ábrelo. Por favor.
Lo abre. Me lo devuelve con la galería ya abierta, sin decir nada.
La última foto son los tejados. Los tejados de color miel, el gato en la cornisa, las chimeneas. Y abajo, en una esquina, desenfocada, casi una mancha, la curva de un hombro que puede ser cualquier cosa. Una sábana. Una almohada. Mi hombro.
La borro. Voy a la papelera y la borro otra vez. Reviso las anteriores, una por una, con el dedo temblando: una bici, un plato de pasta, la plaza Verdi de noche, un lago con árboles negros que debe de ser el de su casa. Nada más. Nada mío.
Le devuelvo el teléfono.
Kasper me mira desde la cama con una cara que no le había visto nunca. No es enfado. Es otra cosa, peor: desconcierto. La cara de alguien que ha pisado un escalón que no estaba.
—Era la ventana —dice—. La luz.
—Ya.
—No era… —Busca la palabra en inglés y no la encuentra—. Era la luz.
—Ya lo sé.
Y lo sé. Eso es lo peor. Lo sé perfectamente.
Sé que Kasper no me estaba haciendo una foto a mí, que me estaba haciendo una foto a los tejados, que en Dinamarca a lo mejor no hay tejados así y que quería mandárselos a su madre, o subirlos a algún sitio con una frase sobre la luz.
Sé que en la foto no se me veía. Sé que no ha hecho nada.
Pero mi cuerpo no lo sabe.
Mi cuerpo está de pie en medio de un cuarto ajeno, descalzo, con el corazón en la garganta y las manos que no paran, porque mi cuerpo se acuerda de otra cosa.
De un móvil apoyado entre dos libros en una estantería de Vistabella.
De una lucecita que yo no vi. De un vídeo que dio la vuelta a una facultad entera en una tarde, que llegó a gente que no me conocía, y a gente que sí, y a mi padre no, pero casi.
De Aitor Belmonte, que me quiso a su manera, que era una manera de tenerme, pidiéndome que no hiciera ruido.
Nada de eso está en este cuarto. Aquí hay un danés en calzoncillos y una luz bonita. Y aun así.
—No me gustan las fotos —digo. Es lo único que se me ocurre.
Kasper lo piensa. Lo piensa de verdad, se le nota, con esa lentitud suya.
—Okay —dice.
Y ya está. No pregunta por qué. No pregunta qué ha pasado, ni por qué me tiemblan las manos, ni por qué he mirado su galería como si buscara un cadáver. Dice «okay» como diría «hace frío», y deja el móvil en la mesilla bocabajo, con mucho cuidado, para que yo lo vea, y se vuelve a tumbar.
Es una buena reacción. Es, probablemente, la reacción más respetuosa que podría tener nadie.
Y no la soporto.
No sé explicar por qué. Me visto en silencio, bajo al cuarto, me meto en la ducha y me quedo debajo del agua hasta que sale fría, que en este piso es enseguida, y sigo debajo un rato más, con los dientes apretados.
Y ahí, con el agua helada en la nuca, lo entiendo a medias: que me habría gustado que preguntara.
Que me hubiera dicho «¿qué te pasa?» para poder decir «nada» y que él insistiera y yo le contara algo, una parte, un trozo.
Que Kasper no ha preguntado porque no le importa lo suficiente como para preguntar, y que eso, que el viernes me parecía libertad, el jueves me parece otra cosa.
•
En la clase de italiano no me siento a su lado. Él tampoco lo intenta. Se sienta delante, como siempre, con su espalda enorme tapándome media pizarra, y durante una hora no se gira ni una vez, y no sé si es respeto o es que no se le ha ocurrido.
Ingrid llega tarde, como siempre, y se sienta a mi lado, como el viernes.
A mitad de clase, mientras la profesora de los pendientes de galleta explica el pretérito perfecto, Ingrid me da un golpecito con el codo y me pasa un papel doblado.
Lo abro debajo de la mesa. Hay un dibujo de una cara con la boca en línea recta, y debajo, en inglés, con letra redonda: you look like the angry sea today.
La miro. Ella no me mira; está copiando la pizarra muy concentrada. Pero se le ha subido una esquina de la boca.
Escribo debajo, en español: un poco.
Se lo paso.
Lo lee, lo piensa un rato con el boli en los labios, y escribe algo, y me lo devuelve.
Normal sea tomorrow?
No sé qué contestar a eso. Dibujo una ola pequeña, una ola normal, sin espuma, y se lo devuelvo, y ella la mira y asiente muy seria, como si hubiéramos firmado algo.
A la salida, en la puerta, me da la mitad de un bocadillo que lleva en la mochila envuelto en papel de aluminio.
No me pregunta si tengo hambre. No me pregunta qué me pasa.
Me lo pone en la mano y se va hacia la biblioteca con el jersey verde del agujero, y yo me lo como de pie debajo de un soportal, un bocadillo de algo sueco con pepinillo y un queso muy dulce, y está buenísimo,
y pienso que hay una manera de no preguntar que es no importar y otra manera de no preguntar que es justo lo contrario, y que hasta hoy no sabía que eran dos cosas distintas.