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Gennaro llama a la puerta el uno de octubre a las nueve de la mañana, y Chiara aparece en mi cuarto en camiseta, descalza, con un dedo en los labios.
—Non aprire —susurra.
—¿Es Gennaro?
Asiente con los ojos muy abiertos, como en una película de miedo.
Gennaro, me lo cuenta en susurros mientras él sigue llamando, es el sobrino de la dueña del piso, una señora de noventa años que vive en Rímini y que no ha pisado Bolonia desde el siglo pasado.
Gennaro pasa el día uno de cada mes a cobrar el alquiler.
En efectivo. Sin contrato, sin recibo, sin nada: un sobre con billetes y un «grazie, ragazze» y hasta el mes que viene.
El problema no es el dinero. El problema, dice Chiara, es que si le abres entra, y si entra se sienta, y si se sienta te habla dos horas del Nápoles, de su exmujer y de lo mal que está todo, y no hay manera humana de sacarlo.
—¿Y qué hacemos?
—Lo que hacemos siempre.
Lo que hacemos siempre, descubro, es meter los dos sobres por debajo de la puerta. Los dos, el de ella y el mío. Oímos a Gennaro agacharse al otro lado, un crujido de rodillas, un suspiro largo. Luego una voz de hombre, cansada y resignada, que dice algo en italiano con muchas vocales.
—Dice que somos crueles —traduce Chiara, muy satisfecha.
Y los pasos que bajan.
Mi sobre llevaba cuatrocientos ochenta euros.
En billetes de cincuenta y de veinte que saqué ayer de un cajero con una comisión que me dolió más que el alquiler.
Me quedan, de la transferencia de mi padre, veinte euros y unas monedas, más lo que traje ahorrado del verano, que es poco, y la primera parte de la beca, que según la universidad llega «a lo largo de octubre», que es una fecha que no existe.
No pasa nada. Lo hago todo el rato, la cuenta. La hago en la cabeza cada vez que pago algo. Es un vicio de haber cuadrado la caja de un camping desde los diecisiete años, y aquí no me hace falta, porque aquí me llega. Me llega justo, pero me llega.
Me lo repito mientras me hago un café con la cafetera de rosca de Chiara, que a estas alturas ya he aprendido a no quemar.
•
La plaza Verdi, un viernes por la noche, es un río.
No cabe otra palabra. A las once, entre la ópera, la universidad y los soportales, se juntan dos mil estudiantes en una plaza donde caben quinientos, y la gente no está: la gente pasa, empuja, se para, se sienta en el suelo, vuelve a pasar.
Hay unos chicos vendiendo latas de cerveza de una mochila a un euro.
Hay un altavoz en cada esquina y en cada altavoz suena algo distinto.
Hay alguien, siempre, gritando un nombre.
No he venido con nadie. He bajado sola, porque desde mi ventana se oye la plaza entera y a las once y media he pensado que o bajaba o me pasaba la noche escuchando a los demás vivir.
Me compro una lata. La abro. Me apoyo en una columna.
Y los veo enseguida. Al grupo español, quiero decir, que no es difícil de ver: están en el centro de la plaza, en corro, alrededor de un altavoz naranja del que sale un reguetón que conozco de todas las verbenas de mi vida.
Nacho está en medio, con los brazos arriba, cantando.
Me agacho detrás de la columna con una rapidez de la que no me enorgullezco y me voy al otro lado de la plaza, donde suena otra cosa, algo con guitarras que no conozco, en un idioma que no entiendo, y me quedo ahí.
Ahí está Ingrid.
Está bailando con un grupo de chicas que no conozco, con una camiseta blanca de tirantes y la misma cara de estar pasándoselo bien que pone en clase cuando se ríe de mi acento.
Baila mal. Baila con los codos, a destiempo, con los ojos cerrados, sin ninguna vergüenza, y es lo más bonito que hay en la plaza.
Me pilla mirándola. Levanta la lata hacia mí como un brindis, desde lejos, y sigue bailando.
No me acerco. No sé por qué no me acerco.
—Hola.
Es Kasper, a mi lado, con dos latas, una en cada mano, y le ofrece una a la columna antes de darse cuenta de que la columna no bebe y de que yo ya tengo una.
—Hola, Kasper.
—¿Estás sola?
—Sí.
—Yo también. —Lo piensa—. Los franceses están allí. —Señala con la barbilla un corro donde tres chicos morenos discuten a gritos—. Discuten de política. Siempre.
Y se queda. No dice nada más. Se queda a mi lado, bebiendo, mirando la plaza desde su metro noventa y tantos con una expresión que no es aburrimiento ni interés, solo una especie de calma de lago.
Le hago preguntas porque el silencio me pone nerviosa.
Que qué estudia: Ingeniería. Que qué le parece Bolonia: bonita, pero hace calor.
Que qué hace en Dinamarca los fines de semana: bicicleta.
Todas las respuestas son cortas y verdaderas y ninguna abre ninguna puerta.
Es guapísimo. Eso no se discute. Tiene una belleza de anuncio de ropa interior, de las que se ven en las marquesinas de los autobuses y en las que no te fijas porque no tienen nada que ver contigo. La mandíbula, los hombros, esas pestañas casi blancas. Lo miro como se mira una cosa en un escaparate.
Y pienso una cosa.
Pienso que aquí nadie sabe quién soy. Que no hay nadie en esta plaza que me vaya a ver irme con él, ni que lo vaya a contar, ni que se lo vaya a contar a nadie que me conozca, ni que vaya a decir nada de mí el lunes en un pasillo.
Que no le tengo que pedir permiso a nadie.
Que no tengo que esperar a que nadie me elija.
Que no hay reglas, ni secreto, ni nadie que decida cuándo sí y cuándo no.
Que lo puedo decidir yo.
Me lo pienso diez minutos. Los cuento en el reloj del móvil, porque soy así. Diez minutos exactos en los que Kasper me habla de un lago que hay cerca de su casa y en el que se baña en abril, cuando el agua está a nueve grados, y yo le escucho a medias y lo miro entero.
A los diez minutos le pongo la mano en el brazo.
—Kasper.
—¿Sí?
—Vivimos en el mismo portal.
Me mira. Tarda un poco. No mucho, pero un poco, lo que tarda en llegar el agua a nueve grados a un sitio del cuerpo donde duele. Luego asiente, despacio, con la misma cara con la que dijo que le gustaba dormir.
—Sí —dice—. Es verdad.
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Subimos los cinco pisos sin encender la luz.
En el tercero, él se da con la lámpara del rellano y dice una palabra en danés que no necesita traducción, y me río tanto que me tengo que sentar en un escalón.
En el cuarto pasamos por delante de mi puerta, la raya de luz de Chiara todavía encendida debajo, y aprieto el paso.
En el quinto, su piso huele a champú de hombre y a pizza fría, y los franceses no han vuelto, y su cuarto es igual que el mío pero al revés, con la ventana al patio, y con el techo un poco más bajo, porque es el último.
Lo decido todo yo.
Cuándo me acerco. Cuándo le quito la camiseta, que se quita él porque no llego.
Dónde pongo las manos. Él se deja, como se deja todo, tranquilo, amable, con ese cuerpo de estatua que es bonito de mirar y se queda muy quieto cuando lo tocas.
Yo voy por delante. Por primera vez en mi vida, voy por delante y nadie me marca el paso.
Y cuando me tumbo en su cama y lo miro desde abajo, lo que siento no es lo que esperaba sentir.
No es él. Es otra cosa. Es algo parecido a lo que sentí cuando firmé yo sola la matrícula de la universidad, sin que nadie me acompañara, a los veinte años, en una ventanilla de Espinardo. Es la sensación de haber elegido.
Apago la luz de la mesilla. Eso también lo decido yo.
•
A las siete de la mañana bajo un piso, descalza, con las zapatillas en la mano.
Chiara está en la cocina, en bata, con un café y un libro. Levanta la vista al oír la puerta. Mira las zapatillas. Me mira a mí. Mira el techo, hacia el quinto. Vuelve a mirarme.
—Il vichingo? —pregunta, con una ceja.
—Il vichingo.
—¿Y?
Me siento a la mesa de mármol. Me sirvo café de su cafetera, que todavía está caliente. Pienso un momento qué decir, porque la verdad es complicada y son las siete de la mañana, y al final digo lo único que se me ocurre, que además es verdad:
—Como una postal.
Chiara se ríe tanto que se le cae el libro al suelo.
Y yo me río con ella, con el café entre las manos, en una cocina que no es la mía, en una ciudad donde nadie sabe quién soy, y pienso que lo mejor de la noche no ha sido Kasper. Lo mejor de la noche ha sido decidirla.